Opinión

Graham Greene, habanero

    
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La Habana, Cuba. (Bloomberg)

Uno. Dirigía yo, en segunda vuelta, el Instituto de Investigaciones Filológicas. En mi colaboración para este periódico, había propuesto, ejercicio de burlas veras, la asunción de Cuba como franco Parque Temático Comunista, el único de América Latina. La atracción turístico-ideológica se explotaría sin subterfugios. Escenas de la vida cotidiana con diversas tarifas, en dólares por supuesto.

Dos. Fotografías (todavía no estallaba la revolución selfie) al lado de Fidel Castro (con o sin puro, hablando a la historia o simplemente posando), concentraciones de milicianos, levantones policiacos, etcétera.

Tres. Quiso la suerte que el artículo apareciera el día que visitaba la UNAM el rector de la Universidad de la Habana y su comitiva. Médico, al igual que el anfitrión, Juan Ramón de la Fuente. Amigos a todas luces, en algún momento condiscípulos. Durante la comida, me tocó junto a colegas y funcionarios culturales isleños. La verdad es que, salvo alguna excepción, mis relaciones siempre fueron malas con la burocracia cubana.

Cuatro. Al margen de la ocupación que yo guardara (radio, difusión cultural, agregaduría cultural en Nicaragua, Instituto), siempre me rebelé a esa mezcla de coerción y ejemplaridad revolucionarias de que se hacía gala. Alguna vez, en un desacuerdo, se me comentó: “México está obligado a colaborar con la Revolución”. Postergué una y otra vez invitaciones oficiales para visitar la isla. Turista, menos (con la espinita de ver en vivo la conservación patrimonial de La Habana).

Cinco. Penas si abrí la boca. Ignoraba el conocimiento o no del artículo por parte de los comensales. Mi atención se centraba en la mesa de los dos rectores, el momento oratorio. No me decepcionó. El cubano trajo a cuento la añosa resolución del mexicano por comandar la UNAM. “Pero no en estas condiciones” respondió, franco, sincero, natural, Juan Ramón de la Fuente.

Seis. El episodio viene al caso, porque en el ocio decembrino, para el que me permití proponer dos lecturas de John Le Carré, el gran novelista inglés de la novela de espionaje (de antes de los hackers rusos), asimismo releí en edición de bolsillo Nuestro hombre en la Habana, del también británico Graham Greene. Formidable novela medio humorística publicada en 1958, el año anterior al del triunfo de los “Barbudos” encabezados por Fidel Castro, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos. Un inglés, abandonado por su esposa, padre de una adolescente maravillosa, recala en la Habana como vendedor de una compañía que fabrica aspiradoras.

Siete. Cooptado por el Servicio Secreto de Su Majestad, el vendedor inventa una red de colaboradores y la fantasiosa construcción de enigmáticas instalaciones militares en un lugar apartado de Cuba, de las que aduce como prueba los planos de una aspiradora de última generación, “atómica”. Señuelo, fraude, que vuelve locos a los protagonistas de la Guerra Fría (Segunda Guerra Mundial por otros medios, que como usted sabe ya es Tercera).

Ocho. Greene no pudo profetizar la conversión de Castro en dictador y encomendero de su pueblo. Fidel ha muerto, como muerto está su caricatura venezolana, Chávez, y sigue vivo su caricatura nicaragüense, Daniel Ortega. Lo que si profetizó el novelista fue tanto la crisis de los misiles y la detención, de La Habana, en el tiempo. La precisa topografía y fauna del puerto, hace de Nuestro hombre en la Habana un documento histórico. Aunque la esquizofrenia y paranoia de los dobles agentes extranjeros que pululan en sus calles, parecen actualizarse con Putin (fruto esmerado de la KGB) y Trump, ¿agente norteamericano y ruso?

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