Opinión

Gracias, Don Luis


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Toros

El domingo pasado en la Plaza México vimos lidiarse una corrida de toros en toda la extensión de la palabra. Para muchos aficionados una corrida seria es una corrida grande o pasada de edad, de pitones descomunales y exceso de kilos. Lo del domingo fue el claro ejemplo del significado taurino de una corrida de toros bien seleccionada y escrupulosamente criada durante el proceso lento y romántico del paso del tiempo en los potreros.

Juan Pedro Barroso, actual ganadero de Jaral de Peñas, recibió de su padre, Don Luis Barroso Barona, una gran herencia al mismo tiempo que un gran compromiso. La herencia fue el amor, pasión y dedicación de la crianza del toro bravo, que no es limitante de engordar toros y venderlos, esto va mucho más allá.

Nacer en una casa ganadera de prosapia como la familia Barroso —en aquellos tiempos dueños de Mimiahuapam, hierro crucial en la carrera de grandes toreros y en la historia de la tauromaquia nacional— lleva una doble responsabilidad, no sólo se trata de vender corridas, se trata de que cada animal que salga al ruedo lleve el orgullo y herencia de un gran hombre como lo fue Don Luis, uno de los grandes ganaderos de este país.

Recuerdo como una de las grandes experiencias de mi vida haber podido asistir a algún tentadero dirigido por Don Luis, con Juan Pedro a su lado, libreta en mano, anotando y escuchando a su padre calificar con gran exigencia el comportamiento de sus vacas, serias, bien comidas, con tres años cumplidos, cuyo desempeño en el ruedo tenía como sinodal ni más ni menos en aquella tarde al desaparecido y recordado Mariano Ramos, quien con su gran conocimiento lidiaba las vacas dejándole ver a Don Luis las cualidades de bravura sin intentar esconderles los defectos. Un tentadero es el laboratorio donde el torero aprende a analizar a los animales, a sentir y procesar su conducta para aplicarles la técnica oportuna y con ello poder crear arte, siempre anteponiendo que el ganadero pueda observar virtudes y defectos para evaluar si la vaca merece pastar y dar a luz en los potreros de la ganadería a animales, machos o hembras, que porten con orgullo el hierro y la divisa de esa casa.

Ahí no había prisa, el sol contemplaba sin moverse la faena campera muy a la mexicana, con Mariano vestido de charro, toreando y comentando con Don Luis y Juan Pedro las virtudes de cada vaca, exigiéndoles en el caballo y luego con la muleta lidiándolas, enamorándolas para que su bravura tomara el control de la faena y fuese el instinto de cada una lo que marcara su destino.

Hombre entrañable que predicó con el ejemplo, cuya rectitud y educación sin duda imponía a quien en aquel entonces era un incipiente editor de revistas taurinas. Virtud de Don Luis era tratar a todos por igual, con respeto, dando a cada uno su sitio y sobre todo la oportunidad para ganarse ese sitio.

El domingo 22, emocionante fue disfrutar de esa herencia, ver salir al ruedo seis ejemplares orgullosos de su esencia y procedencia, el juego de ellos muchas veces ya viene siendo un lance del destino. La herencia bien asumida, con respeto y responsabilidad por parte de sus hijos, todos amantes de la fiesta y del toro bravo. Este legado no termina en sus hijos, pues sus sobrinos y la descendencia de estos siguen sus pasos. Germán Mercado, de Montecristo; Fernando Pérez Salazar, de Arroyo Zarco; y Julio Uribe, de Torreón de Cañas, y empresario de Pachuca, son claros ejemplos de esta herencia asumida con orgullo y cariño por esta forma de vida, la del amor y devoción al toro.

“Mazapán”, lidiado en tercer lugar por Diego Silveti, fue un homenaje completo a Don Luis, quien no lo vio nacer, pero que sí tuvo que ver en su ser; un toro bello con la pinta de la casa de sus entrañables amigos Domecq, berreando alunarado, bien puesto, serio, cuajado, sin exceso de kilos con sus cuatro hierbas y la imponente presencia del toro adulto, con la bravura a flor de piel, demostrada en cada arrancada, en cada tramo de embestida donde seguía y acometía los engaños entregado con claridad y poder, sin excusas, de frente y por derecho.

Tuve sensaciones de aquel tentadero hace más de 15 años, más de una vez me vino a la mente esa escena de ver comentar en voz baja a Don Luis y a Juan Pedro las cualidades del toro. “Mazapán” no necesitó de comentarios, sólo una sonrisa cómplice y un apretón de manos del trabajo bien hecho, del saber del deber cumplido.

Gracias Don Luis por haber fincado esa maravillosa herencia, gracias Juan Pedro por asumirla con profesionalismo y fino taurinismo, tu padre estará orgulloso y la afición agradecida de que siga habiendo familias con honor taurino, con valor por sus colores y potreros. Sin prisas, como esas interminables tardes en el campo bravo queretano al lado de tu padre, hoy con tu familia, otra generación de buenos taurinos y finas personas.

Gracias, Don Luis.

Twitter: @rafaelcue

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