Opinión

Gracias, Don Julio

Murió el periodista más importante de México desde el fin de la Revolución al inicio del siglo XXI. Más que eso: murió el mejor.

Todos estos días se escribirán páginas y páginas sobre Julio Scherer. Eso va a ocurrir porque somos muchos los que tenemos algo que agradecerle. Yo le doy las gracias por haberme hecho periodista.
Lo bueno que tengo como periodista se lo debo a Scherer, y lo malo, que es mucho, es asunto mío.

Como maestro iba poco a dar clases en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Generalmente mandaba a sus adjuntos, Armando Ponce y Gerardo Galarza, y se presentaba un par de veces en el semestre y encargaba el trabajo final que, eso sí, calificaba él mismo.

Tenía fama de “barco”. Nunca reprobaba a nadie. “Yo no lo repruebo, la vida lo va a reprobar a usted”, solía decir a los incumplidos y desidiosos.
El último día de clases del último semestre de la carrera, me lo encontré en la puerta del salón y me pidió mi trabajo final, que leyó de principio a fin mientras a mí me temblaba todo. Al final de la clase me tomó del brazo y me dijo: “usted se viene conmigo a Proceso”.

Eso ocurrió a mediados de 1980, y a partir de ahí inició mi carrera y creció, cada día, mi admiración y gratitud por Don Julio.

Para él, ser periodista lo era todo. Antes que ser amigo era periodista. Antes que ser padre era periodista. “La realización del ser humano está en el trabajo, antes que en la familia”, me dijo una vez.

Muchos años después, por una desgracia familiar suya, comprobé que no era cierto: antes que ser periodista Don Julio actuó como padre: pidió un favor.

Lo anterior no quita el más mínimo haz de brillo a su carrera, al contrario, lo humaniza.

De él se van a escribir artículos, ensayos y libros. Su significado para México, el valor de hacer una revista crítica en la época de la sumisión completa de la prensa y la televisión al gobierno. Scherer fue el pionero de la libertad conquistada. La usó sin pedir permiso, la hizo suya, y ese es su valor histórico. Echeverría lo sacó de Excélsior con un golpe de traición consumado por uno de sus amigos más cercanos, cuyo nombre casi nadie recuerda, ni si vive o no vive, ni dónde vive.

Sin embargo, antes que el Scherer-personaje histórico, a mí me subyugaba el Scherer-director. Una vez me encargó la investigación sobre una red de contrainsurgencia de los militares salvadoreños que operaban en México. La reconstruí –según yo– paso a paso. Obtuve sus direcciones, dónde se reunían y las empresas en que trabajaban. La redacté y subí a su oficina. Me preguntó por la fuente: quién decía que esos personajes que yo ponía como agentes de la dictadura salvadoreña eran en realidad miembros de la contrainsurgencia. Nadie podía decirlo. Lo decía yo. “Paulus, la mejor nota es la que no se puede publicar”, me contestó y no salió el reportaje.

Así era de riguroso Don Julio. Un desmentido le podía costar la vida a la revista. Por ser una publicación crítica, no podía darse el lujo de publicar algo de lo que no tuviese todos los elementos para sustentarlo.

La pasión por la noticia y la rigurosidad fueron el mejor legado de Don Julio a los periodistas que lo conocimos. Pero mucho de esos valores, lamentablemente, se han perdido.

Twitter: @PabloHiriart