Opinión

Gracias Chihuahua

  
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PASIVOS

Chihuahua ha sido siempre una tierra generosa. Mi primera estancia fue cuando mis padres decidieron mudarse del entonces Distrito Federal a la Cd. de Chihuahua. Fue un cambio que marcó mi vida porque en aquellos años las comunicaciones no eran lo que ahora, la distancia y la nostalgia se sentían más.

Afortunadamente estos sentimientos duraron unos cuantos días. La calidez de las familias vecinas que entonces con gran naturalidad se acercaban a darnos la bienvenida con sus 10 o hasta 12 hijos, nos hacían sentir como una familia más, y cuando mi mamá, orgullosa, compartía que tenía 7 hijos, ya no parecían tantos.

Cursé mi sexto año en la escuela pública Praxedis G. Guerrero, con una excelente y muy exigente profesora. Y si bien había que dedicarle un buen número de horas al estudio, los días resultaban muy largos y en verano era común jugar en las calles con los amigos hasta que la llegada de la oscuridad nos hacía regresar a nuestras casas, que casi nunca cerraban sus puertas con llave.

Terminado ese sexto año de primaria, mis padres, con pesar, emprendieron el camino de regreso para evitar la separación de la familia, pues para mis hermanos mayores las opciones de estudios no eran muchas.

Regresé años más tarde a vivir a Chihuahua ya con mi propia familia. Ni México ni Chihuahua eran lo mismo. Las luchas por la democracia; la histórica movilización ciudadana a favor de las libertades y el respeto al voto; las memorables batallas que, con poderosa autoridad moral, libraba Don Luis H. Álvarez; el cierre de los templos, y un segundo triunfo de Pancho Barrio en las urnas que finalmente le fue respetado, cimbraron a México entero y pusieron a Chihuahua en el alma de miles de mexicanos.

Durante esos años mis hijas vivieron muy felices. Caminamos varias veces pedazos de la sierra Tarahumara; visitamos distintos lugares y nos enamoramos de los amaneceres y los cielos cuajados de estrellas.

Conocimos los campos menonitas y nos sumergimos por primera vez en un ojo de agua. El desierto nos obsequió arcoíris extraordinarios y aprendimos el valor del agua, pues en época de sequía se secaba también la economía y el ánimo de la gente. Aprendimos que cuando llovía, también llovía vida.

Fue en esta etapa de mi vida que Chihuahua me permitió coincidir con Don Luis H. Álvarez, mi héroe eterno; conocer de manera cercana a Pancho Barrio y a su esposa Tencha, ambos muy respetados y queridos. Tuve el privilegio de coincidir y construir amistad con mujeres y hombres genuinamente comprometidos con México.

En esos años Chihuahua nos obsequió amigos entrañables.
Ya empezaba a hablarse de que llegaban algunos “malos” al estado, pero entonces se escuchaba decir a la mayoría que “mientras no se metieran con uno, pues el problema no sería mayor”. Muy pocos años después, la violencia del crimen demostraría el tamaño del error.

Fue en Chihuahua donde festejé el triunfo de la alternancia política en el año 2000 y meses más tarde regresé a la capital del país para incorporarme al Congreso.

Regresé muchas otras veces a diversas ciudades y regiones del estado, con distintas responsabilidades. Todas ellas con enorme gratitud y afecto. Todas ellas con ese deseo de quedarme un poco más.

Después de casi dos décadas finalmente pude regresar a caminar pedazos de esa sierra que tanto amo, disfrutar sus amaneceres y recordar que en sus cielos es imposible contar las estrellas.

“Es momento de que juntos hagamos germinar el amanecer, juntos empujemos la aurora. Esta no es obra sólo de un gobernante...” convocaba Javier Corral a los chihuahuenses, en su reciente toma de protesta como gobernador.

Recordé muchos instantes de mi vida y tuve el privilegio de descubrir otros lugares que son razones de orgullo. La Norteñita, que produce y abastece una gran parte de las manzanas que se consumen en el país. También visité la mina Pinos Altos y conocí, en ambas empresas, el esfuerzo, orgullo y talento de sus colaboradores.

Volví a abrazar al incansable y valiente luchador de derechos humanos, a mi querido sacerdote jesuita, Javier El Pato Ávila, quien afirma: “no entendemos que el Tarahumara quiere seguir siendo como es, pero no quiere seguir estando como está”.

Al contraseñar mi equipaje en el mostrador del aeropuerto, me sorprendió la calidez con la que una mujer de sonrisa maravillosa me dijo: “qué bueno verla por aquí, nunca olvidaré el nombre de su hija menor, que Dios la bendiga”.

Gracias, Chihuahua, hoy y siempre. Que Dios bendiga a Chihuahua.



Twitter: @JosefinaVM

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