Opinión

Gobernabilidad

 
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Bandera México

Uno de los graves problemas que vive la democracia mexicana es el de la gobernabilidad. Esta es la capacidad de las autoridades elegidas de garantizar el ejercicio del poder de manera tal que éste provea de seguridad y certeza a las diferentes partes que demandan bienes y servicios, y que en ocasiones se contraponen entre sí, por lo que el tema de la negociación se presenta como un ingrediente indispensable en la construcción de la gobernabilidad como forma de convivencia política.

En México, la clase política dio muestras de poseer la madurez necesaria para lograr los grandes acuerdos cuando por una u otra razón firmó y llevó a la práctica el llamado Pacto por México, en el que se legislaron y pusieron en práctica las reformas de gran calado que debieron aprobarse hace mucho tiempo.

Pero el tema de la gobernabilidad no se reduce a tener un presidente con la mayoría legislativa necesaria que le permita avanzar en las acciones de gobierno, y para lo cual tendríamos que acordar la formación de coaliciones forzosas para el próximo sexenio.

El debilitamiento del presidencialismo absoluto no produjo un nuevo régimen semipresidencialista o semiparlamentario que sustituyese al poder absoluto del monarca sexenal. Los doce años de la alternancia panista sirvieron para trasladar gran parte del poder a gobernadores, legisladores federales, e incluso a bandas del crimen organizado, las cuales, amparadas en el poder fragmentado dentro de las entidades federativas, se convirtieron en una fuerza real e incluso a veces legítima, capaz de desafiar el débil Estado de derecho en el que se sustenta la República.

Y es ahí donde nos encontramos. Envueltos en una estructura de corrupción y violencia que convive con el desarrollo económico y las reformas aprobadas, de manera tal que al mismo tiempo que podemos presumir la generación de empleos y la inversión extranjera en los nuevos proyectos energéticos y de telecomunicación, tenemos que aceptar la presencia de 'huachicoleros', bandas internacionales de secuestradores, gobernadores saqueadores del erario público sin pudor ni límite alguno, así como grandes segmentos poblacionales hundidos en la pobreza no por falta de recursos, sino por políticas públicas y negocios privados que siguen haciendo de la miseria de la gente la más rentable fuente de ingresos que uno pudiera imaginar.

Estados de la República que crecen a tasas superiores a 5.0 por ciento durante varios años, frente a aquellos otros cuyo crecimiento negativo demuestra el grado de abandono y la persistencia de economías de explotación patrimonialista, ante las cuales los proyectos como las Zonas Económicas Especiales palidecen por su debilidad política frente a los tiburones del gran negocio de la miseria y el caciquismo.

Suponer que es posible seguir manteniendo este desfase entre modernidad y anacronismo, es creer que es viable construir un muro entre ricos y pobres para no ver lo que sucede del otro lado y seguir disfrutando de los beneficios de la desconexión.

Es por eso que el nombre del juego para 2018 es gobernabilidad. Alianzas y coaliciones de uno u otro signo tienen que encontrar la fórmula para construir un nuevo pacto político que debió hacerse desde la alternancia del 2000. Sin esas reglas que rompan la inercia de la impunidad y el fortalecimiento de los poderes ilegítimos, será imposible trasladar los beneficios de las reformas aprobadas a las grandes mayorías desposeídas de este país.

Mientras sigamos jugando a la simulación democrática que le permite a la cleptocracia seguir en el poder, seguiremos acumulando presión social cada vez más difícil de procesar por la vía pacífica y de las instituciones.

No se trata de un llamado alarmista, ni de anunciar la catástrofe inminente, pero si no existe un compromiso real con una nueva gobernabilidad a construir, estaremos impulsando a la violencia como salida para muchos.

Twitter: @ezshabot

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