Opinión

“Gobernabilidad” costosa

Me producía cierto vértigo la idea de regresar a un gobierno tricolor. Tras 12 años de desconexión entre “gobierno” y país, sin embargo, y viendo al PRI manejar con tanta destreza los resortes del poder, empecé a tranquilizarme. Bien lo de recuperar la dignidad del gobierno y muy bien lo de rescatar algún sentido de país.

A año y medio de inaugurado el gobierno del PRI, sin embargo, empiezo a ver cosas que no me gustan. Me incomoda un estilo de gobernar cuya brújula central pareciera consistir en privilegiar el control político, la estabilidad, la producción de un orden mínimo, y la acumulación del poder del grupo hoy a cargo del gobierno por sobre todo lo demás. Dicho de otra manera, un estilo de gobernar que, más allá del estruendo de las “reformas estructurales”, dedica el grueso de su tiempo, su energía y sus recursos a operar un modelo de “gobernabilidad” en extremo costoso para la eficacia de la política pública y, muy particularmente, para el crecimiento y la seguridad. Me explico.

Hablo con un ingeniero experto en carreteras, con un economista que sabe mucho de energía, con un mediano empresario del sector automotor, con un abogado que le entiende a lo laboral, con un politólogo consternado por el aumento exponencial de la corrupción, entre muchos otros, y detecto un patrón común. Lo que vincula las quejas de todos es lo mismo: un gobierno obsesionado con la gobernabilidad en clave gobierno de los amigos, en clave repartidora de “goodies”, en clave “mando y quiero seguir mandando para siempre”, y en clave profunda y preocupantemente personal.

Mis interlocutores, simplemente, relatan sus experiencias individuales. Hablan de trabas inescalables para obtener un permiso; de las enormes dificultades para operar una empresa de autopartes en medio de la extorsión creciente de mafias criminales y gubernamentales; de corruptelas gigantes y pequeñas; de incompetencias casi increíbles en cargos clave de la administración pública federal; de casos de prepotencia gubernamental que cuesta trabajo creer. Me comparten historias sobre pérdidas millonarias a costillas del erario; sobre empresas quebradas como resultado de los planes políticos fallidos de algunos funcionarios; sobre previsiones presupuestales inexistentes, a pesar de resultar indispensables para hacer frente a cambios legales cuya materialización exige recursos cuantiosos.

Una sucesión de anécdotas aparentemente inconexas que parecen salidas de una novela (de terror). Pero, al final, emerge un patrón, una obsesión consistente: reparto discrecional del presupuesto y acuerdos personalísimos entre sujetos concretos como ejes centrales de una gobernabilidad entendida como control político, disciplina vertical, neutralización de la oposición y preservación del poder. Un estilo de gobernar centrado no en la construcción o fortalecimiento de instituciones, sino en tejer acuerdos privados entre personas concretas. Un estilo con momentos brillantes como el Pacto por México, pero plagado, también, de una larga sucesión de arreglos gelatinosos y oscuros que le están costando carísimos al país.

¿Cómo producir crecimiento con tantas reglas y tantos “amigos” a cargo de operarlas? ¿Cómo reducir la violencia con capacidades institucionales tan limitadas y con un modelo de “gobernabilidad” que lejos de desalentar el crimen, termina por alentarlo, por acción y omisión?

No soy neo-lib, entiendo que gobernar México no es cosa simplemente de importar el diseño institucional de moda en el mundo hoy (i.e. más pesos y contrapesos, menos regulación y menos Estado). Entiendo que gobernar México en las circunstancias presentes requiere, muy probablemente, re-centralizar aspectos del ejercicio del poder e involucra alguna dosis de negociar el deber ser. Pero, me parece que al gobierno en turno se le está pasando la mano. Urge poner orden adentro del gobierno. Si no por lo mexicanos, por interés del propio grupo hoy en el poder.