Opinión

'Gloria'

Es la historia del ángel caído. Con apenas un día de eterna espera, la inquieta Gloria de los Ángeles Treviño Ruiz (Sofía Espinosa, proteica como encarnación de la trágica pop star en la cima durante los 80-90) conoce al fin al eternamente enclaustrado productor narcisista megalómano con interés de hacer un grupo sólo de niñas Sergio Andrade (Marco Pérez, acaso tan desdibujado a pesar de su rizada melena erizada como el original en que se basa) y de súbito pasa a ser el codiciado objeto del deseo para ese infausto grupo aún no nato (“quítate las botas; también la ropa. Necesito ver cómo estás formada”).

Un poco más tarde la vital chica se transforma en otra figura decorativa encerrada en ese castillo de la pureza seudo musical (“¿esa canción es tuya? Es primitiva, muy primitiva”), donde aprende el solfeo elemental que el dictatorial Sergio le imparte a punta de cariñitos/bofetadas, de risitas coquetas/gritos destemplados, hasta seducirla bajo el fetichista piano y luego de inmediato humillarla desnuda llamando a Mary (Tatiana del Real) su novia oficial (“¿Ves? Te dije que no podías confiar en nadie”), obligando con ello a que Gloria huya hacia la calle y el hambre. A pesar de todo, la supuestamente talentosa Gloria continúa componiendo en su modesto depa de Tlatelolco, para regresar con el déspota carcelero Sergio al escuchar cómo se burlan de él en el programa de la ya entonces todopoderosa Paty Chapoy.

En consecuencia, comienza la más aberrante historia de amor/odio entre el explosivo y cada vez más desquiciado Sergio -en el fondo padeciendo por su priapismo obsesionado con chicas pre-púberes a las que convierte con el tiempo en protagonistas del escandaloso e infame Clan Trevi-Andrade-, y precisamente esa Gloria que le manifiesta una lealtad por encima de cualquier atisbo de dignidad humana, puesto que soporta su inopinada boda con la arribista menor de edad Aline (Ximena Romo) y sus devaneos interminables con el interminable desfile de ninfas a las que seduce sin convertir en estrellas de la música, aunque sí en protagonistas de sus intensas orgías.

Esa historia de amor/odio contabiliza los triunfos efímeros de la ahora ya autonombrada Gloria Trevi (“te vas a llamar La Gloria”; “No, Gloria Trevi”) en la tele con sus epilépticos bailes y espontáneos arrebatos que incluyen quitarle los lentes al animador Raúl del programa que la vuelve un fenómeno (“el Tigre te vetó pero el pueblo te amó”), y un aparente ícono para la libertad absoluta con actitudes un tanto descaradas, una sexualidad en ebullición apenas veladamente presentada y una auténtica vida de porquería al interior de una academia/cárcel donde el bocabajeo es constante y la mentira de su propia vida se impone con la lógica de que toda víctima ama a su victimario. Pues la sensible Gloria, a pesar de sus actitudes públicas, en el fondo no pasa de ser una sufrida sumisa convencionalísima que incluso se prostituye con su libidinoso carcelero para ver a su macho cabrío en la cárcel brasileña (“cualquier cosa por Sergio; siempre Sergio”).

Se trata de Gloria (2014, Christian Keller), la desmesurada biopic escrita por Sabina Berman que busca ser el retrato de esa efímera pop star ahora domesticada, y que en el fondo no hizo otra cosa que soportar el camino de la ignominia hacia la fama. Lo que el debutante Keller retrata muy meticulosa cuan esquemáticamente a lo largo de 127 minutos donde reitera una y otra vez su estructura a) canción de éxito vista como videoclip, & b) exagerada escena casera melodramáticamente cada vez más denigrante (“¿sabes Gloria cuándo fui más feliz? Cuando fuimos dos”; “En realidad cuando fuimos, tres, y cuatro y cinco y seis y siete en nuestra casa...”, en la única escena sintética-irónica del film), sin una progresión más allá de representar la caída de un ángel, a veces medio prefabricado y en otras ocasiones convertido en simple objeto sexual en plan “úsese y tírese” que acepta su destino sin resistencia.

Finalmente, Gloria es la convencional crónica de una estrella improbable narrada con el mismo tono crepuscular, por antiguo, que las biografías previas de Sebastián del Amo, El fantástico mundo de Juan Orol y Cantinflas. O sea, la hagiografía simplista de un ángel en perpetua desgracia que se imagina ser una papa sin catsup y que resucita después de la cárcel para convertirse en la mujer de blanco, metáfora de la nada en la que queda deslumbrada, tal vez añorando por siempre la contratada y firmada vida por 99 años al lado de su infeliz torturador vociferante al fin repudiado (“¡nunca volverás a escribir una puta canción sin mí, ¿me escuchas, Gloria? ¡Nunca!”).