Opinión

Giulio Andreotti, artífice de la Italia de postguerra


Me culpan por todo, excepto por las Guerras Púnicas. Giulio Andreotti, 1979. 
 
 
Le llamaban Belcebú, Divo Giulio -en referencia a Julio César- y El incombustible. Fue, con sus claroscuros, desde el auge económico y el alineamiento con Estados Unidos y el Vaticano hasta los tratos con la mafia y los escándalos de corrupción, artífice de la Italia de postguerra.
 
Hijo de maestros de escuela, Giulio Andreotti, nacido en Roma hace 94 años y quien falleció ayer tras una larga enfermedad, estudió leyes en la Ciudad Eterna y dirigió la Federación Universitaria Católica, la única tolerada por Benito Mussolini, junto a Aldo Moro, quien sería su alter ego en la democracia cristiana.
 
Por entonces, sufría migrañas que paliaba con opiacéos y drogas psicoactivas. En plena Segunda Guerra Mundial, como prueba del agudo instinto maquiavélico que le permitiría convertirse en uno de los gigantes del orden bipolar, escribió para el panfleto fascista Rivista del Lavoro, al tiempo que también lo hacía para el diario clandestino Il Popolo.
 
Entre las ruinas de 1947, empezó su carrera como subsecretario del presidente del Consejo de Ministros en el gabinete de Alcide de Gasperi; a partir de ahí, acumuló cargos que lo llevaron a influir en casi todas las esferas, como integrante de la asamblea constituyente, ministro del Interior (el más joven, a los 35 años), de Defensa (en ocho ocasiones) y de exteriores (cinco veces), ocupando un asiento durante 60 años en el Parlamento. En 1972 asumió la jefatura del gobierno, puesto que desempeñaría durante otros siete periodos, además de ser senador vitalicio desde 1991.
 
Como decía Andreotti, nació en 1919, año en que vieron la primera luz el fascismo y la democracia cristiana. 'De los 3, sólo yo sigo', afirmaba orgulloso el hombre que enganchó Italia a la OTAN -de la que derivaría la alianza anticomunista secreta Gladio-, y que llegó a censurar la exhibición del cuadro Masacre en Corea de Picasso, sólo para que en 1976, guiado invariablemente por su pragmatismo y hambre de poder, no vacilara en ser el primer jefe conservador aliado de los comunistas.
 
Envuelto en la polémica desde el fraude bancario Giuffre de 1958, como canciller desplegó una estrategia de acercamiento a Oriente Medio que facilitó el despegue de las transnacionales italianas. Para fines de los setenta, sin embargo, la expansión empezó a agotarse al igual que el modelo político y el secuestro y posterior asesinato en 1978 de Moro, más cargado a la izquierda que Andreotti, por las Brigadas Rojas, sumió al premier en la controversia por negarse a negociar con la guerrilla.
 
En sus últimos años al mando del gobierno, que dejaría en 1992, el declive político de Andreotti se aceleró. Sus ministros lo abandonaron por la ley que avaló el monopolio de Silvio Berlusconi en la televisión y el escándalo Tangentopoli exhibió los amplios vínculos de la mafia con la elite, si bien en su primera etapa Andreotti no resultó involucrado directamente.
 
Pactos
 
Acostumbrado a los pactos ajenos al escrutinio público, Andreotti observó como le pasaban factura numerosos capítulos propios de una mentalidad patrimonialista y corrompida que llevarían a la operación Manos Limpias y el fin de la primera república, así como de los partidos que medraron en su seno. El experimentado líder fue investigado por el homicidio del periodista Mino Pecorelli, quien lo relacionó con el secuestro de Moro, y también se le mencionó por el asesinato de Carlo Alberto Dalla Chiesa, prefecto de Palermo que habría recibido informes de Pecorelli.
 
Por su lado, los tribunales de Perugia y Palermo acusaron a Andreotti por sus lazos con Michele Sindona, miembro de la logia masónica Propaganda 2 que buscó el rescate gubernamental de sus bancos quebrados. Pese a todo, se las arregló para salir indemne y siguió en Italia, a diferencia de uno de sus rivales, el socialista Bettino Craxi, quien murió oculto en Túnez.
 
Su familia decidió que Andreotti será inhumado después de una ceremonia privada, descartando -como en el caso de Margaret Thatcher- un funeral de Estado, evidencia de que su figura todavía divide a Italia. El alcalde romano, Gianni Alemanno, lo llamó 'el político más representativo' del último medio siglo, pero el presidente Giorgio Napolitano, excomunista, indicó que será la historia la que lo juzgará, mientras que el nuevo premier, Enrico Letta, se limitó a considerarlo un 'protagonista' de la vida pública.