Opinión

Gil, en Buenos Aires

 
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Buenos Aires.

Gil sudó la gota gorda. En la sala número 68 del Aeropuerto Internacional de la ciudad de México, la fila para abordar el avión con destino a Buenos Aires se hizo larga como un gusano del pleistoceno (Gamés supone que los gusanos del pleistoceno eran larguísimos). Detenida, la cola no avanzaba. Una voz de aeropuerto, de ésas a las cuales nada se les entiende dijo, según interpretaron varios pasajeros como si fueran exégetas bíblicos, que el vuelo saldría demorado por un problema con la tripulación. Gamés se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y caviló: lo que nos faltaba, la tripulación se fue de fiesta y apenas despiertan y no saben ni cómo se llaman ni a qué se dedican.

Un porteño de fuste y fusta se dirigió a Gilga y le dijo: Y bueno, lio (así le suena la ye argentina a Gil) espero que no se trate de esto, y le mostró una noticia en su celular: “Se suspenden varios vuelos en el aeropuerto de Ezeiza por las cenizas del volcán Calbuco en el norte de Chile”. De modo que tenemos un volcán en erupción, pensó Gamés, mientras maldecía las inestabilidades de la geología. Un argentino oyó la noticia y dijo con gran discreción a voz en cuello y como si fuera geólogo: “¡Liegaron las cenizas a Buenos Aires!”. Confusión, desconcierto, caras largas.

Una hora después los pasajeros del vuelo 525 de Aeroméxico abordaron el avión. En su cómodo asiento de primera clase Gil viajaba de incógnito, ni él mismo se reconoció en el espejo del pequeño baño de la aeronave: ¿Quién es usted?, le preguntó a un hombre que estaba frente a él: my name is Gil, Gil Gamés y voy en una misión secreta a Buenos Aires.

Ezeiza

El aterrizaje en Ezeiza fue una obra maestra de la aeronáutica civil que arrancó un aplauso en la populosa sección del turismo. No desgarren sus vestiduras, en la vida hay turismo y hay primera, cosas del capitalismo salvaje, la lucha de clases, en fon.

Al cabo de nueve horas de vuelo, más una de retraso, más dos de anticipación que hay que ofrendar al vuelo internacional, más una más de traslado al aeropuerto, más otra de aseo y afeites, Gamés concluyó que es un mito la idea de que en la actualidad los viajes son rápidos, vertiginosos. No queda nada de aquel joven atlético que viajaba hasta en carretas, mju. Buenos Aires de noche pasaba por la ventanilla de una camioneta cuyos fanales rompían la oscuridad (lo que se llama prosa inspirada).

Molido a palos, Gamés se derrumbó en la cama y soñó que vivía en Iztapalapa. En una de esas calles y en una de esas casas, el ya no tan expansivo gobernador del Banco de México, Agustín Carstens se acercaba a Gilga y le decía: “México tiene un ‘arsenal’ de 270 mil millones de dólares”. Un arsenal, ¿nos preparamos entonces para una guerra? Carstens insistió: “Desde hace siete años México se ha preparado para enfrentar la tormenta provocada por los bajos precios del petróleo y la inminente alza de las tasas en Estados Unidos”. En el sueño, Gil le decía al ya no tan expansivo gobernador Carstens: “¿Si todo está tan bien, por qué la mayoría dice que la economía va mal?”. Gil se perdió en un laberinto onírico poblado de aeropuertos y aviones.

Palermo

Como un rayo de la vigilia (mju), Gamés caminó por la calle de Santa Fe en busca de Palermo Viejo. Le preguntó a un joven morocho si era la dirección correcta y el joven respondió: “Y sí, aliá nomás dese la vuelta y liega”. Gamés caminó bajo un sol que rajaba tablas a 29 grados en el extraño otoño bonaerense. Veinte minutos después le preguntó a un policía y éste insistió en que era el camino correcto.

Cuarenta minutos después, Gil sospechó que algo andaba mal y le preguntó a otro policía que lo miró con pena: “Y no, va en dirección contraria. Regrese diez cuadras y luego otras quince a la izquierda. Mejor un taxi”. Los mexicanos no saben decir “no sé”, pero algunos, mucho más tímidos, a veces confiesan: “no sabría decirle”; en cambio los argentinos siempre saben. Sí, Gil es un boludo.

Primero lo primero: en Palermo Viejo, Gil hizo un alto en la esquina de Santa Rosa y Jorge Luis Borges: una reverencia. Luego la Plaza Serrano-Cortázar: otra reverencia. Segundo lo segundo: la Feria del Libro de Buenos Aires dedicada a la ciudad de México había empezado con una conferencia de Vicente Quirarte. Gamés se introducirá como incógnito al estand de México en la feria. Por cierto, no se lo digan a nadie, pero Gil no quiere oír muchos tangos, después de la sexta historia desdichada le dan ganas de volarse la tapa de los sesos.

La máxima de Montaigne espetó en el ático bonaerense de las frases célebres: “A quienes me preguntan la razón de mis viajes, les contesto que sé bien de qué huyo pero ignoro lo que busco”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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