Opinión

Germán Larrea y su derrame en Sonora

Le va a costar nuevamente mucho hígado a Germán Larrea sobreponerse al desafortunado derrotero que está teniendo el accidente por el que su mina Buenavista del Cobre, en Sonora, derramó 40 mil metros cúbicos de solución ácida de sulfato de cobre en el cauce de dos ríos de la entidad. Ya tiene encima a la PGR, a la Semarnat, a la sección 65 del sindicato y, peor aún, a la opinión pública.

La única buena noticia de este derrame es que no hubo muertos; aunque la foto de portada de La Jornada del viernes —que mostraba la cara de una mujer con fuertes afectaciones cutáneas en más de la mitad del rostro—, basta para darse una idea de lo colosal que le puede resultar a este rígido grupo cambiar la percepción que hasta el momento existe sobre su responsabilidad en el asunto.

Sí, es cierto: Grupo México ha invertido mucho en esa localidad, generando empleo; repartiendo tres millones y medio de pesos en las siete comunidades afectadas; movilizando casi 900 pipas; entregando agua potable, y habilitando auto tanques y plantas purificadoras. Pero eso importa poco en la mente de la colectividad, a la que le basta con una foto o una imagen de un río que parece apestar para que se le descalifique por completo.

Lo más desafortunado del caso es que este simple y llanamente es un accidente, como los que ocurren en cualquier parte del mundo, pero que está siendo caracterizado como si se tratara de una acción deliberada; vaya, como si fuera un caso paradigmático de lo peor del capitalismo salvaje, cuyos empresarios sólo propugnaran por utilidades financieras a costa del medio ambiente y de la salud de la gente. Así se está percibiendo.

Parte del problema que tiene contra las cuerdas a Grupo México consiste en que sus líderes del más alto nivel pecan de conservadores. La empresa se está refugiando en comunicados y desplegados; cuando la ciudadanía lo que observa del otro lado son personas de carne y hueso afectadas o en condición desfavorable alrededor de esta mina. No hay desplegado que contrarreste eso.

Si Germán Larrea va a insistir en su perfil bajo, al menos debería habilitar a un amplio equipo directivo que en estos casos dé la cara diario frente a la gente. Recuérdese la forma extraordinaria en la que respondió Alejandro Ramírez cuando una bala perdida cayó en su Cinépolis de Ermita y mató a un niño de diez años que simplemente estaba sentado mirando una película.

¿A qué le apuesta Germán Larrea con su peculiar forma de vincularse a la comunidad en casos de crisis? Es difícil comprender. Ojalá este accidente, que la verdad no es tan grave y está prácticamente remediado, sirva a este empresario para adoptar estándares internacionales de respuesta ante las crisis.

Twitter: @SOYCarlosMota