Opinión

Gerardo René Herrera Huízar: El Proyecto de Nación

10 febrero 2014 5:11 Última actualización 15 julio 2013 5:32

 
 
“El hombre no es esclavo ni de su raza, ni de su lengua, ni de su religión, ni del curso de los ríos, ni de la dirección de las cadenas montañosas. Una gran agregación de hombres, sana de espíritu y cálida de corazón, crea una conciencia moral que se llama nación.”
 
Ernest Renan.
 
 
Atrapada por una realidad, cada vez más mediatizada, la sociedad actual, se desenvuelve en una cotidianidad difusa que cierra el acceso a la perspectiva más inmediata, en los aspectos más elementales de la vida diaria. Condicionada por decisiones que las más de las veces, en su fondo y finalidad, le son ajenas o, al menos, incomprensibles, sujeta su actuar al derrotero que la circunstancia presente le va marcando.
 
 

La certidumbre colectiva es cada día más distante. En un juego de suma cero, cede su espacio a la suerte o a la esperanza, pese a las desilusionadoras experiencias que pasiva y dócilmente, se aceptan como naturales en una democracia moderna.
 
La construcción de una nación, ciertamente, es una tarea colectiva, cotidiana y permanente, por lo tanto inacabada, sujeta a innumerables antagonismos que deben ser afrontados, conforme a su naturaleza, en el tiempo y espacio requeridos. Pero la intensidad de las adversidades temporales será menor y reductible, en tanto los anhelos colectivos se orienten hacia horizontes claros, asumidos y validados por el conjunto social.
 
 
La función estatal en su más pura acepción es, teleológicamente, la de responder a esos anhelos. Su interpretación adecuada se traducirá en un proyecto de vida trascendente a cualquier ideología o periodo administrativo, un derrotero filosófico balizado por grandes objetivos de carácter imperecedero, a los cuales debe responder, de manera pragmática, la gestión gubernamental en cada etapa, estableciendo sus propios objetivos de acuerdo a su circunstancia, pero que deben, en todo caso, responder, alinearse y alimentar la conquista de los más caros propósitos del gran proyecto nacional.
 
 
En la vorágine de la modernidad, de la mundialización, de la moda, con más frecuencia se ofrecen alternativas coyunturales para responder a la situación inmediata, con modelos externos condicionantes de la decisión doméstica, cuyos beneficios abarcan, de acuerdo a la historia reciente, universos acotados y, en no pocas ocasiones, polarizantes de la condición social interna.
 
La decisión política que en cada periodo gubernamental se adopta, se recrea, con más recurrencia, en la exclusividad del espacio del discurso triunfal, en la discusión cupular, en el manejo mediático o en la crítica intelectual, donde el gran conglomerado social es sólo espectador y, en todo caso, un agente reactivo que, según ejemplos recientes, puede responder a estímulos diversos de manera imprevista e incontrolable.
 
 
La joven democracia mexicana, como todo adolescente, parece estar adormecida en el desconcierto y, aunque lo niegue, demanda de la guía de la experiencia, del consejo adulto, de principios y valores fundamentales que le eviten más tropiezos y sinsabores, aunque se les juzgue arcaicos e impertinentes frente a la moderna modernidad.
 
 
La herencia histórica de México, es una gran memoria que no debe quedar confinada a un oscuro rincón de biblioteca que sirva sólo a la conmemoración protocolaria. Los héroes que veneramos en cada celebración, tuvieron que actuar, en su momento y en su circunstancia, movidos por una visión, un anhelo y una responsabilidad superior al interés propio, su idea de patria generó los principios de lo que se ha llamado proyecto nacional, producto de los ideales plasmados en el texto original de la Magna Carta, diluidos poco a poco por el pragmatismo temporal.
 
 
Las enseñanzas del pasado son buen sustento para construir futuro, con bases éticas y objetivos prácticos.
 

Siguiendo a Renán: “La manera de tener razón en el futuro consiste, en ciertas ocasiones, en saber resignarse a no seguir la moda”.
 
 
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