Opinión

Genocidio de chinos en Torreón

1
   

   

me china

Ahora que China es una gran potencia quisiéramos olvidarlo. Borrar de la memoria esos dos días nefastos en los que murieron, a manos de una turba enfurecida, 303 chinos en Torreón. Hombres, mujeres, ancianos y niños. Golpeados, mutilados, destazados. Al crimen masivo por motivos raciales se le llama genocidio. Eso ocurrió en México durante la borrachera revolucionaria, entre el 13 y el 15 de mayo de 1911. Pero no fue un hecho aislado. El antichinismo nacional no inició con la matanza de chinos en Torreón y tampoco concluyó con ella. Somos un país xenófobo y racista que navega por el mundo con la bandera de la cortesía y la apertura comercial.

¿Para qué volver a contar esta historia? Manuel Lee Soriano, presidente de la Unión Fraternal China de Torreón, lo dice: “Esa historia es de nosotros los laguneros. No es un asunto que incumba a nadie más.” ¿Entonces, por qué revivirla en estos días? Julián Herbert, autor de La casa del dolor ajeno (Random House, 2015) parece tenerlo claro: vivimos recordando y olvidando, más lo segundo. Olvidar es una función natural. Lo inusual es lo otro: recordar, conservar, preservar. Herbert recuerda la matanza de chinos con un propósito: que no quede impune. Ni esa ni otras matanzas actuales. En los hechos, el gobierno mexicano jamás ha admitido la responsabilidad de los sucesos. A pesar de las reclamaciones del gobierno chino, nunca se pagó indemnización alguna por lo ocurrido. Los auténticos responsables no fueron castigados. Se ha privilegiado la versión que de que todo ocurrió al calor de los acontecimientos, como inesperada inercia de la toma de Torreón a manos de las tropas maderistas. Que, de manera espontánea, una turba eligió a la comunidad china como chivo expiatorio. Que una noche de sangriento frenesí popular no tolera que se nos califique de genocidas, xenófobos, racistas.

La diáspora china hacia América comenzó en 1848 y se agudizó tres años más tarde debido a la rebelión de Taiping. En los siguientes años casi 300 mil cantoneses llegaron a California, atraídos por el oro y los ferrocarriles. “Vinieron –dice Herbert– de un mundo que se caía a pedazos y estaban dispuestos a trabajar más que nadie, y en cualquier oficio, por la mitad o menos del salario”. La reacción ante semejante oleada no se hizo esperar. Comenzó la matanza de chinos: 18 muertos en Los Ángeles en 1871, 30 muertos en Wyoming catorce años después. Para tratar de frenar el flujo migratorio se aprobó en EU en 1882 el Acta de Exclusión. En parte por ello y en parte debido al fracaso de la política de puertas abiertas a la inmigración europea que impulsó el gobierno de Porfirio Díaz, un considerable afluente de esa corriente oriental recaló en México en los estados del norte de la república. Para 1910 se calcula que había 13 mil chinos radicando en el país. Por su capacidad de trabajo, ahorro y solidaridad de grupo en el exilio, los chinos se abrieron paso, lo que provocó, también en México, una reacción xenófoba.

Una parte importante de ese afluente se instaló en Torreón, quintaesencia de la modernidad económica que impulsaba el gobierno de Díaz. Torreón es una de las ciudades más jóvenes de México, cruce ferroviario axial del norte del país e importante centro algodonero. Estratégicamente la colonia china eligió Torreón como centro neurálgico de su crecimiento en nuestro país, por lo que recibió importantes apoyos de capital provenientes de China, Estados Unidos y Canadá. Eso les dio visibilidad y, sobre todo, poder. La comunidad cantonesa de Torreón, sostiene Herbert, era “la única que competía abiertamente con las altas burguesías estadounidense y nacional en 1911”. Ese poder económico quedó hecho añicos luego de la matanza de ese año. Tanto la burguesía, como el pueblo llano que encontró una salida a su frustración en un grupo inerme, como la infame tropa maderista, conspiraron para hacer de Torreón durante ese par de días un infierno en la tierra.

La matanza ocurrió porque había un clima que la propició. Antes, las muestras de racismo eran palpables en todos los niveles. “El tufo de linchamiento estaba en el aire”. Campeaba en “la prensa, las conversaciones de café, los chistes, las leyes, las segregaciones, el vituperio, los golpes”. Esa política (porque fue una política) la pusieron en práctica alcaldes, gobernadores y hasta dos presidentes de la república: Obregón y Calles. Al día siguiente de la masacre, en Torreón, la tropa maderista organizó un concurrido baile. En la capital, El Ahuizote publicó varios textos en apoyo al genocidio. El antichinismo es una expresión radical de nuestro racismo, manifiesto contra los indios de México por siglos. Es el espejo que Herbert pone frente a nuestros ojos. Es el espejo de nuestro miedo; de nuestro perpetuo rechazo al que es diferente.

Twitter: @Fernandogr

También te puede interesar:

Libros del 2015

Crónica de un desastre

El candidato de Slim