Opinión

Genéricos e intercambiables

El espectáculo apocalíptico recicla sus ideas dominantes buscando crear sensaciones profundas que sustituyan al acontecimiento real. Pero no es nada nuevo. Si en los 1970 Terremoto (1974, Mark Robson) recurría al sonido Sensurround para producir el impacto de un temblor ultra realista, ahora En el tornado (2014, Steven Quale) basa su efectividad en el formato de falso realismo 4DX. Y si en los 1990, Tornado (1996, Jan De Bont), pretendía llevarnos de la mano hacia el interior de un tornado hecho con efectos especiales, ahora En el tornado lo que consiguen los efectos especiales es reemplazar la sensación del tornado, especialmente inspirado en videos reales recopilados de You Tube. Para mayor efectismo.

En esencia En el tornado es una Disaster Movie muy de los 1970 que se ha convertido en genérica e intercambiable. Porque ya no importa una historia, un relato. Su valor está en reciclar la misma línea argumental de Tornado: un grupo de investigadores, con un impresionante armatoste, persiguen tornados por el medio oeste estadounidense. Este grupo es encabezado por el ansioso meteorólogo inescrupuloso Pete (Matt Walsh), que abusivamente presiona a su diminuto equipo de rodaje y a la especialista en tornados Allison (Sarah Wayne Callies), todos en ruta directa al centro de un monstruo de aire desatado categoría 5 en la escala Fujita. Trata con ello de mostrar tanto el horror como la grandeza de la naturaleza sin control.

La destrucción constante queda, por supuesto, retratada con lujo de detalles y pensada para un cine 4DX que se mueve a cada instante produciendo el impacto de estar, cierto, al interior de un tornado.
Pero, a la vez, confirma la obsesión del mundo contemporáneo por andar todos cámara en mano fotografiando el desastre desde todos los ángulos posibles. Porque en el fondo ya no interesa la dimensión emocional o psicológica de los personajes, así se trate de tiernos adolescentes que a lo mejor no sobreviven la noche, como el caso de Donnie (Max Deacon) y Kaitlyn (Alycia Debnam Carey).

Nada de emociones y sentimientos, pues, pero sí una sobrehumana capacidad para que todos los personajes se fotografíen entre ellos hasta en la muerte, confirmando así que el espectáculo definitivo es el desastre que se transmite en vivo y en directo. Sobre todo el desastre de un género intercambiable de tan efímera presencia como la sensación que existe en vivir la experiencia desde la comodidad de una butaca.

Ora bien, el género de terror se ha vuelto tan genérico que ya perdió su presencia dominante tipo 1970, era en la que se fundó, evolucionó y agotó el famoso género giallo, mórbido e hiperviolento, con tan destacados autores como el maestro Dario Argento & Lucio Fulci, Sergio Martino, Umberto Lenzi, Riccardo Freda, Mario Bava y un largo etcétera que pusieron en el mapa al cine italiano como anuncio del luego asqueado género del slasher film. Ahora ni sombras ni cenizas quedan de esos incendios estéticos.

Esto lo demuestra el moroso film Terror en Neverlake (2013, Riccardo Paoletti) que se supone cuenta una historia de brujería etrusca en la Toscana, lugar a donde llega desde Nueva York (para justificar que se hable en inglés un film italiano) la apenas post adolescente ávida lectora de Shelley Jenny (Daisy Keeping).

Jenny descubre que su padre el Dr. Brook (David Brandon, en todo momento actuando pésimamente), es un peligroso sicópata que ha engendrado hijos ahora fantasmas para que le sirvan de proveedores de órganos y salvar así -en contubernio con su amante enfermera Olga (Joy Tanner)-, la vida de su adorada hija ilegítima con extraña enfermedad mortal Maya (Anna Dalton).

Contar tan sencilla historia le toma su tiempo a Paoletti, entretenido con tomas sin sentido (hechas con repelente fotografía mal encuadrada de Cesare Danese), acciones gratuitas, personajes que son lugares comunes de lugares comunes, y un vacío existencial para sus escenarios sin sustancia, como el film mismo, llevado al extremo de la inexpresividad y abrumado por incontables efectos gratuitos de sonido que lo hacen más tremendista de lo que realmente es. Aunque, con fortuna, demostrando lo ridículo que resulta tanto su planteamiento. Como su nudo. Y desenlace. Un desastre cuyo único horror está en descubrir que le lleva 86 minutos a Paoletti narrar algo que daba para apenas un modesto cortometraje, tan genérico e intercambiable como olvidable de principio a fin.