Opinión

GDF: quemarse con leche

Leí el sábado, como cada semana, a León Krauze en Milenio. Habitual en él, aporta interesantes elementos, en este caso ante el escándalo surgido de la campaña a favor de amamantar lanzada por el Gobierno del Distrito Federal, cuyos detalles son conocidos. Empero, creo que en esta ocasión mi estimado León no da en el clavo.

Citando datos del Journal of Psychosomatic Research donde se habla de “una correlación entre la satisfacción de la imagen corporal y la elección de un método de alimentación infantil”, Krauze expone que no sería aventurado aceptar que “la angustia estética puede afectar la decisión de dar pecho. Desde esa perspectiva, no parece tan descabellado poner como ejemplo a seguir a mujeres que, tiempo después de ser madres, han recuperado plenamente su figura”. Agrega que “si lo que se busca es promover la lactancia, ¿conviene más una estrategia, digamos, aspiracional antes que, por ejemplo, el retrato clásico del acto de dar pecho? De nuevo, parece que sí”.

Las revistas del corazón pueden ser aspiracionales. El GDF también, por supuesto. El problema estriba cuando ambas instancias, las publicaciones que son vistas como frívolas (no me escandalizo, que conste, he colaborado varias veces en ellas) y un gobierno supuestamente de izquierda son aspiracionales de los mismos arquetipos.

Una campaña no sólo debe ser buena en sus propósitos (incentivar que más madres den pecho), sino que sobre todo debe probar que tendrá resultados, y eso pasa por ser creíble en su argumento. Y esta campaña no pasa la prueba de la credibilidad --bueno, ni la del humor fino--, pues al menos en un caso es obvio que esas madres no “quedaron así luego de amamantar”. No, quedaron así luego de haberse matado en el gimnasio (mérito innegable) y, al menos en un caso, es evidente que gracias a la ayuda del bisturí (derecho inalienable que nadie debe criticar).

De ahí que el racional de los publicistas de “miren, ella dio pecho y ahora está así” es, por decirlo leve, de risa loca. Claro que si ese fuera todo el problema, éste sería menor. Pero no. La publicidad cosifica a las mujeres y repite la tendencia que cualquier extranjero detecta en dos días en nuestro país: los mexicanos de la tele están lejos de ser representativos de los de la calle. Los videos que constituyen la segunda parte de esta estrategia confirman el extravío: desde las mansiones, el perrito, la frutita, todo un montaje, aspiracional, del México del 1 por ciento. (https://www.youtube.com/watch?v=LICw1mjs-rA&list=UUdziP_azgaG2fC5bmCTsQ9A)

Sin embargo, que conste también, la campaña no es el problema. Sino el cliente de la misma. Ya sabíamos que Miguel Ángel Mancera había renunciado desde el día uno de su gobierno a tomar el estandarte de líder de la oposición que heredó de Cárdenas, López Obrador y Ebrard.

Lo que no sabíamos era que también ha decidido salir del clóset: lo suyo lo suyo no es la vanguardia de derechos, ni un gobierno como mecanismo igualador socialmente, ni la capacidad de mostrar que en México hay más camino que el trazado por Los Pinos, ni la ambición de hacer de la ciudad un espacio donde se prioriza a los pobres, a las minorías y a la modernidad. Lo suyo es el yoga y los aspiracionales abdómenes planos. Nada criticables, pero socialmente qué poca ambición.

Por eso, el punto no es si se podía hacer o no una campaña distinta a las tradicionales, e inclusive una aspiracional. El punto es qué mensaje se quería enviar. Y eso sí ha quedado muy claro.