Opinión

García Márquez

Gil metió todos sus libros de García Márquez en una caja roja que se convirtió en el acto en una poderosa caja roja repleta de historias extraordinarias puestas en una prosa de prodigios. Gilga copia un puñado de frases que lo deslumbraron a través de los años sin más orden y concierto que la admiración.

No se sentían ya como novios recientes. Era como si hubieran saltado al arduo calvario de la vida conyugal, y hubieran ido sin más vueltas al grano del amor.

De El amor en los tiempos del cólera, 1985.

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El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.

De El amor en los tiempo del cólera, 1985.

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Le había enseñado que nada de lo que ocurra en la cama es inmoral si contribuye a perpetuar el amor.

De El amor en los tiempos del cólera, 1985.

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Cuando el hombre se acostó, a las nueve de la mañana, era en cierta manera un animal cansado, fatigado y hastiado de ser feliz. Toda la noche, hasta el amanecer -y un poco más- tomándose la dicha a sorbos, con agua y hielo picado, era ya suficiente motivo para que a las nueve de la mañana, el hombre se sintiera dignamente fatigado de haber estado untándose el ungüento de la felicidad en el tubo digestivo y en compañía de sus mejores contertulios.

“Día en Blanco”, en Textos Costeños, 1948.

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Por fin, después de haber vivido un año entero sometidos a la fastidiosa vigilancia de la cordura, llega el instante en que se nos garantiza el derecho a volvernos locos. Quizá no tendría ninguna gracia el carnaval; quizá pasaría inadvertida esta etapa febril, si no fuera porque cada uno de nosotros, en su fondo, siente el aletazo de la locura.

“El derecho a volverse loco”, en Textos costeños, 1949.

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Otra hubiera sido mi suerte si hubiera heredado su virtud de ver las cosas antes de que sucedieran, como si la vida fuera de vidrio.

De Diatriba de amor contra un hombre sentado, 1995.

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Nada se parece tanto al infierno como un matrimonio feliz.

De Diatriba de amor contra un hombre sentado, 1995.

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Para que vuelva entrar la buena suerte en una casa desollada por la desgracia no hay nada más eficaz que un ramo luminoso de flores amarillas. Es incluso un conjuro invencible contra las nubes oscuras que suelen perturbar en ciertos días inciertos el oficio misterioso de escribir. Cuando los dedos se enredan en la tecla equivocada, cuando no conseguimos que los personajes respiren con su aliento propio en el ámbito de la novela, cuando uno no encuentra la palabra compasiva para que lo ayude a morir sin dolor, es porque algo falta en el aire del cuarto en que se escribe. Y lo que falta casi siempre es una flor (...) Mi abuela tenía relaciones con los misterios más reveladoras que las de los científicos, y lo que siempre me dijo fue que las rosas en los dormitorios suscitan sueños indeseables que nos persiguen hasta la muerte.

“Cómo sufrimos las flores”, en Notas de prensa 1961-1984, 1981.

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Siempre he creído que no hay grosería más detestable que la que abusa de la buena educación del adversario.

“La realidad manipulada”, en Notas periodísticas, 1961-1984, 1982.

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Graham Greene lo ha dicho: escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, o los que no pintan o no componen música para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana. Rilke dijo lo mismo de otro modo: “Si usted cree que es capaz de vivir sin escribir. No escriba”.

“Graham Greene: la ruleta rusa de la literatura”, en Notas periodísticas, 1961-1984, 1982.

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Escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir un cuento es vaciar en concreto. No sé de quién es esa frase certera. La he escuchado y repetido desde hace tanto tiempo sin que nadie la reclame que a lo mejor termine creyendo que es mía. El cuento parece ser el género natural de la humanidad por su incorporación natural a la vida cotidiana. Tal vez lo inventó sin saberlo el hombre de las cavernas que salió a cazar una tarde y no volvió sino hasta el día siguiente con la excusa de haber librado un combate a muerte con un fiera enloquecida por el hambre.

“¿Todo cuento es un cuento chino?”, en El amante inconcluso y otros textos de prensa, 2000.

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