Opinión

García Márquez

 
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Gabriel García Márquez ha sido traducido a varios idiomas / Bloomberg

Hace un año murió Gabriel García Márquez. El mundo lo recuerda como lo que era: uno de los más grandes prosistas de todos los tiempos. Gamés caminó sobre la duela de cedro blanco, se acercó a sus libreros y vio uno tras otro los volúmenes de esa hazaña de la imaginación. Gil está convencido de que la Obra periodística de García Márquez (Cinco tomos, Diana, 2010) no va a la zaga de ninguno de sus grandes libros. Escribió toda su larga vida en periódicos y revistas; le llamaba “el mejor oficio del mundo”. Gilga toma el volumen 5 de esa obra y arroja a esta página del fondo algunos párrafos como palomas de volar y de estallar.

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Escribir libros es un oficio suicida. Ninguno exige tanto tiempo, tanto trabajo, tanta consagración en relación con sus beneficios inmediatos. No creo que sean muchos los lectores que al terminar la lectura de un libro se pregunten cuántas horas de angustias y de calamidades domésticas le han costado al autor esas doscientas páginas.

“Desventuras de un escritor de libros”

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Esta vez parece ser verdad: Ernest Hemingway ha muerto. La noticia ha conmovido en lugares opuestos y apartados del mundo, a sus mozos de café, a sus guías de cazadores, a sus aprendices de torero, a sus choferes de taxi, a unos cuantos boxeadores venidos a menos y a algún pistolero retirado (…) En el universo de Hemingway la victoria no estaba destinada al más fuerte, sino al más sabio, con una sabiduría aprendida de la experiencia (…) El tiempo demostrará también que Hemingway, como escritor menor se comerá a muchos escritores grandes, por su conocimiento de los motivos de los hombres y los secretos de su oficio.

“Un hombre ha muerto de muerte natural”

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Todos los años, por estos días, un fantasma inquieta a los escritores grandes: el Premio Nobel de Literatura. Jorge Luis Borges, que es uno de los más grandes y también uno de los candidatos más asiduos, protestó alguna vez en una entrevista de prensa por los dos meses de ansiedad a que lo someten los augures. No recuerdo pronóstico certero. Los premiados, en general, parecen ser los primeros sorprendidos. Cuando el dramaturgo irlandés Samuel Beckett recibió por teléfono la noticia de su premio, en 1969, exclamó consternado: “¡Dios mío, qué desastre!”.

“El fantasma del Premio Nobel”

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También Proust murió sin conocer su gloria (el Premio Nobel). En 1916, el primer tomo de su obra máxima había sido rechazado por varios editores, y entre ellos Gallimard, por decisión de su consejero literario, André Gide, quien por cierto había de ser el muy justo Premio Nobel de 1947. Fue publicado por cuenta del propio autor. Luego, en 1919, publicó el segundo volumen –A la sombra de las muchachas en flor–, que le valió un prestigio inmediato, y la distinción mayor de las letras francesas: el Premio Goncourt. Pero hay que ser justos: sólo un poder adivinatorio real hubiera podido prever lo que sería el espléndido monumento literario de este siglo: En busca del tiempo perdido, sólo publicada en su totalidad después de la muerte del autor.

“El fantasma del Nobel ( y 2)”

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Debo ser un lector muy ingenuo, porque nunca he pensado que los novelistas quieran decir más de lo que dicen. Cuando Kafka dice que Gregorio Samsa despertó una mañana convertido en un gigantesco insecto, no me parece que sea el símbolo de nada, y lo único que me ha intrigado siempre es qué clase de animal pudo haber sido. Creo que la burra de Balaam habló –como dice la Biblia– y lo único lamentable es que no se hubiera grabado su voz; y creo que Josué derribó las murallas de Jericó con el poder de sus trompetas, y lo único lamentable es que nadie hubiera transcrito su música de demolición. Creo, en fin, que el licenciado Vidriera –de Cervantes– era en realidad de vidrio, como él lo creía en su locura; y creo de veras en la jubilosa verdad de que Gargantúa se orinaba a torrentes sobre las catedrales de París. Más aún: creo que otros prodigios similares siguen ocurriendo, y que si no los vemos es en gran parte porque nos lo impide el racionalismo oscurantista que nos inculcaron los malos profesores de literatura.

“La poesía, al alcance de los niños”

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Cierto. Los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los camareros acercan las bandejas que soportan el Glenfiddich, Gilga pondrá a circular la máxima de Samuel Taylor Coleridge sobre el mantel tan blanco: “La fantasía no es otra cosa que un modo de memoria emancipado del orden del tiempo”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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