Opinión

Ganar o perder estados

  
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Depositando el voto. (Cuartoscuro/Archivo)

Los titulares de las elecciones se los llevaron los candidatos independientes (sobre todo El Bronco y Pedro Kumamoto). Sin lugar a dudas sus victorias son cambios emblemáticos, que abren la puerta a un proceso de transformación profunda del sistema. Sin embargo, este cambio es todavía incipiente y fragmentario. En la elección para diputados federales, que se llevó a cabo en todo el país, hubo relativamente pocas sorpresas. En ocho entidades no hubo cambio alguno en la elección de diputados por el principio de mayoría relativa (cada partido ganó exactamente los mismos distritos que en 2012). En Chiapas, donde gobierna el Partido Verde, la alianza PRI-PVEM mantuvo los 12 distritos electorales y se alzó con 69 por ciento de los votos. En ninguno de los 12 distritos hubo atisbos de competencia (en el más reñido, ubicado en la capital del estado, el candidato del PRI-PVEM tuvo una ventaja de nada más 28 puntos sobre el segundo lugar).

En otras entidades el principal cambió se debió a la fragmentación del voto de izquierda, que ahora se reparte entre más y alcanza para menos. Al revisar los casos en los que un distrito cambió de manos entre los tres grandes bloques en los que tradicionalmente pensamos al espectro político mexicano, la vida política de cada estado parece haber sido el factor determinante. Esta vida política local incluye aspectos de índole muy diversa: la popularidad del gobernador, sus escándalos de corrupción, y su capacidad para “operar”, así como los resultados en materia económica y de seguridad. Lo relevante es que tanto las acciones del gobierno federal, como los perfiles de los candidatos que compiten en cada distrito parecen ser factores secundarios.

Este fenómeno no es novedoso. En un análisis que llevé a cabo para la elección federal de 2012 me propuse evaluar si la violencia del crimen organizado había tenido algún impacto sobre los resultados. Es decir, si los ciudadanos “castigaron” con menos votos al partido de gobierno (fuera del presidente o del gobernador correspondiente) ahí donde se había registrado una mayor crisis de violencia. Para evaluar de forma estadística esta hipótesis tomé como referencia la variación de 2009 a 2012 en la votación que cada partido recibió por diputados por el principio de mayoría relativa en los 300 distritos del país. Para mi sorpresa, los votantes no castigaron al partido del presidente Calderón por la violencia. Ciertamente al comparar 2009 con 2012, la votación por el PAN bajó significativamente. Sin embargo, la caída no fue mayor ahí donde la violencia del crimen organizado, medida por el número de ejecuciones, había sido más severa. En cambio el análisis estadístico reveló que los votantes sí castigaron al partido del gobernador, en los estados donde la violencia había aumentado.

Habrá que ver los resultados que se generen del análisis estadístico para el proceso electoral 2015. Sin embargo, a botepronto los resultados que arrojaron los comicios del pasado 7 de junio parecen confirmar que el desempeño de los gobiernos estatales, tal vez más que el del gobierno federal, es crítico para definir la votación que obtienen los partidos (no sólo en relación con la violencia o la seguridad pública, sino en términos generales).

Peña Nieto llegó con números francamente malos a los comicios intermedios. Sus niveles de aprobación bajaron de forma drástica a lo largo de 2014, y en los primeros meses de 2015 se ubicaron por debajo de los que tuvieron Vicente Fox y Felipe Calderón a la misma altura de sus mandatos. Sin embargo, el PRI y sus aliados salieron bien librados en la elección (el saldo de las diputaciones por mayoría relativa fue un avance de siete escaños). En contraste, el PRI sufrió severos golpes en Jalisco (donde Movimiento Ciudadano le quitó 11 distritos), entre otras razones por la crisis de violencia que ha generado el Cártel Jalisco Nueva Generación. En Baja California, donde el PRI sufrió su otro gran descalabro en la elección federal (siete distritos), la población probablemente premió al gobierno estatal panista por la dinámica positiva que se registra en la entidad, tanto en términos económicos como de seguridad. La debacle del PRD se debió en primer lugar a la fragmentación del voto de izquierda, pero también a la mala evaluación ciudadana del jefe de Gobierno en el Distrito Federal, y a la lamentable situación en la que concluyó el gobierno de Ángel Aguirre en Guerrero. El sol azteca tuvo sus mayores retrocesos en dichos estados (perdió 16 distritos en la capital y siete en Guerrero).

Es posible que en 2018 tomen impulso las candidaturas independientes. La reelección de legisladores también podría cambiar el juego y dar más realce al perfil de los candidatos al Congreso. Sin embargo, lo que ocurra en cada entidad seguirá siendo crítico para determinar los votos que al final del día se lleve cada partido. Ante este escenario las dirigencias nacionales harían bien en voltear hacia los estados. Por una parte, para evitar que los candidatos que avalaron se metan en demasiados problemas. Por otra, para identificar a los liderazgos sociales que puedan denunciar y capitalizar el mal desempeño de los gobernadores de partidos rivales. Un estado ganado o perdido podría hacer la diferencia en la grande de 2018.

Twitter: @laloguerrero

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