Opinión

Todos quieren

 
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Ricardo Anaya, coordinador del los diputados del PAN. (Cuartoscuro)

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil pensaba en la ambición. Un empellón de la prensa lo arrojó a esos pensamientos. Ricardo Anaya, conspicuo miembro del PAN, declaró esto: “Soy un hombre independiente, no tengo dueño. Yo estaría muy honrado de poder representar a todos los panistas, a todos los militantes”. Anaya quiere ser el presidente del PAN, ha sido diputado y presidente de la Cámara de Diputados. Quienes lo conocen afirman que es una bala, un hombre de fuste y fusta que domina el derecho, negocia como Churchill, dispuesto al toma y daca, sin miedo al callejón de las bofetadas.

Gil no lo duda, pero cada vez que ve y oye hablar a Anaya tiene la sensación de que en cualquier momento sacará una sonaja y un chupón. Con estas patas matamos las ratas, y con los talones: ¡matamos ratones! Anaya no se cuece al primer hervor, a los 36 años ha transitado por la vida pública con intensidad. Como dicen los futbolistas, nadie le ha regalado nada. Viene de Querétaro y no piensa volver con las manos vacías.

No sólo es el aspecto de muchacho inteligente, de dieces, al verlo uno piensa de inmediato en su tía: fíjate que Ricardito piensa hacerle un gran servicio a su partido. Desde pequeño, su sonrisa angelical prometía muchísimo.

Gamés se pregunta qué pensará Diego Fernández de Cevallos de Ricardo Anaya, próximo y muy probable presidente nacional del PAN; Gilga está de acuerdo en los recambios, en las nuevas generaciones que tocan a la puerta,  pero tampoco hay que incurrir en exageraciones. Así es la cosa: todos quieren.

Anaya acomete con energía: “Le tengo aprecio al presidente Madero. Lo respeto por convicción y lo respeto además porque yo quiero ser presidente y nadie puede pedir lo que no ha dado. Yo espero también ser respetado”, le respondió a Adela Micha.

Qué curioso, Gamés también respeta por convicción, convencimiento y confianza, ni modo de respetar por interés y desconfianza, pues entonces no sería respeto sino irrespeto. En fon, no entremos en un laberinto lingüístico.

Madero de San Juan
El dirigente panista Gustavo Madero salió más o menos bien librado del escenario desastroso que mostró a su partido al día siguiente de la elección: 108 diputados y 20 por ciento de la votación nacional, varios pisos debajo de lo que logró Josefina Vázquez Mota, inverosímil candidata a la presidencia de la República en 2012.

Gilga lo leyó en su periódico Reforma. Resulta que la Comisión Permanente del blanquiazul acogió sin oposición alguna el balance que Madero presentó a ese órgano ocupado en su mayoría por panistas cercanos al dirigente, muchos maderos. Gil invita a los panistas a cantar: los Maderos de San Juan/piden PAN/no les dan/los de Roque/ alfandoque/los de Rique/alfeñique/¡Los de triqui, triqui, tran!

¿Les gustó su nuevo himno, amiguitos panistas? La verdad sea dicha (muletilla patrocinada por Morena), Madero ha entregado números malísimos. En otro lugar más serio, Madero estaría como se decía antes "de patitas en la calle". En fon. Privilegiar la unidad y no romper a patadas el pesebre puede tener sentido, lo que sea de cada quien.

Fuerza de carácter
En otro orden de cosas. El gordito de las calles de Brasil y Argentina tiene su carácter muy bien puesto. El invisible secretario de Educación ha dicho que “llueve, truene o relampaguee habrá evaluación educativa. Y quienes piensen lo contrario ofenden al presidente Peña”.

La fuerza de estas palabras cimbró los muros del amplísimo estudio. Gil sintió miedo. Por si lo dudaban, aquí hay un secretario de Educación con temperamento, decidido, que da la cara, que enfrenta los problemas, que da los pasos necesarios para que la reforma educativa se cumpla. ¡Qué viva el gordito!

Eso sí, si los sopecitos no llegan a tiempo, arden Troya y la SEP y los horrendos murales de sus paredes. Dicen los más allegados que mientras los maestros declaraban la huelga, el gordito comía sus buenos tamales de dulce; mientras los rufianes de la CNTE desorbitaban la vida de los capitalinos, el gordito se empacaba un kilo de barbacoa, un litro de caldo y sus 18 tortillas. Caracho: el invisible secretario de Educación que ha retirado de las escuelas la comida basura es un gordito socarrón. No somos nada.

La máxima de Oscar Wilde espetó dentro del ático de las frases célebres: “La ambición es el último refugio del fracaso”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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