Opinión

Gabo, o cómo no hacer un homenaje

El lunes por la noche, una vez terminada la ceremonia oficial del homenaje a Gabriel García Márquez, afuera de Bellas Artes cientos de personas esperaban su turno para despedirse del escritor. En esa fila, cuando pasaba de las 9 pm, una mujer de unos treinta años, con un apretado ramo de flores amarillas en las manos, no ocultaba su disgusto. Cuánto lleva aquí, le pregunté. “Cuatro horas, por culpa de Peña”, dijo visiblemente molesta.

No podemos pensar que la larga espera de esa lectora bajo el sol y la lluvia se debía al mismísimo presidente de la República. O sí, si tenemos en cuenta que su equipo, sus colaboradores, armaron de tal manera el homenaje que provocaron no sólo largas esperas de los lectores del colombiano, sino que se dieron algunos aspectos francamente lamentables en una ceremonia que debió ser perfecta, nada menos.

El desacierto más claro es haber puesto (y expuesto) a Peña Nieto a hablar de literatura. El problema no es que sea obvio que es un tema que el mexiquense no domina. El punto es que ni siquiera le tocaba hablar de eso. Para ello estaba Rafael Tovar y de Teresa, quien por cierto dejó mucho qué desear tanto en el tono como en el fondo del discurso que pronunció. Peña Nieto estuvo tenso, consciente de que en esta materia no podía haber el más mínimo error. ¿El resultado? Una intervención llena de lugares comunes. Si en el homenaje luctuoso de García Márquez el mensaje del presidente de México no conmueve ni a un preparatoriano, ¿entonces para qué pronunciarlo?

Peña Nieto debió haber hablado de México. De la hospitalidad de nuestro país. Del ambiente propicio que aquí existía (y existe) para crear y prosperar. El presidente de los mexicanos pudo haber recordado el país que hemos sido, la nación generosa con los no mexicanos que somos. Pudo haber sido cálido con la familia del Nobel y generoso con la comitiva de visita, que presidía el presidente Santos. En vez de eso, el mandatario fue sometido a una prueba inútil. No cometió errores, es cierto, salvo el de aceptar que su equipo lo pusiera a hablar de literatura, asunto del que no dijo nada relevante.

Pero la larga e indebida espera de cientos de lectores del Nobel y el discurso del presidente mexicano estuvieron lejos de ser los únicos desaciertos. Alguien del protocolo decidió que era buena idea dejar sola, completamente sola, a la viuda de García Márquez durante 15 minutos, mientras llegaban las comitivas oficiales al vestíbulo de Bellas Artes. Mercedes Barcha era una náufraga de la primera fila. Enfrente, sólo la escritora Ángeles Mastretta entendió que esa soledad era indebida e injustificable, y durante todo el tiempo, a la distancia, la autora de Arráncame la vida estuvo saludando y mandando cariño a la viuda, que debería ser la figura central junto con el difunto.

Un homenaje sin sustancia, carente de mensajes relevantes (salvo el de Santos), eso fue lo que hizo el gobierno de México para un gran Nobel. Para el olvido. Quedará registrado que cuando debieron ser grandes, se hicieron chicos.

Afuera de Bellas Artes, en cambio, hubo gente que, enojada y todo, esperó su turno para tener el gesto digno, sencillo pero contundente, de dar gracias. Exactamente lo que no pudo el equipo de Peña Nieto.