Opinión

"Fuera Dilma"

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(Reuters)

Los conteos son variables, para algunos alcanzaron los 250 mil manifestantes en Río de Janeiro este domingo, para otros alcanzaron hasta un millón de personas. Una larga, inmensa corriente verde amarella, mucho más frecuente en los eventos deportivos que políticos, marchó por la emblemática avenida Paulista de Río, para protestar en contra del gobierno.

Los temas van en aumento en los últimos meses. A los escándalos de corrupción en Petrobras, se suman ahora el aumento en las tarifas de energía eléctrica, más impuestos, degradación constante y denunciada de la calidad educativa, un sistema de salud en grave deterioro y precios al alza.

Una crisis que inició en lo político, que la presidenta Dilma Rousseff logró sortear apenas en las pasadas elecciones –hace cinco meses–, ha estallado en una movilización popular de clases medias y educadas. La mayoría de quienes se sumaron a la multitudinaria marcha en Río y por decenas de miles en otras ciudades brasileñas, fueron profesores, profesionistas, académicos, empleados preocupados por sus salarios y molestos por la corrupción.

A esto se suma una oposición activa y enérgica en un Congreso que la presidenta no controla y que ha decidido ir con todo para limpiar el desastre de Petrobras. Hasta ahora han sido detenidas 27 personas a las que se suma el director de servicios de la petrolera, Renato Duque. Según los medios brasileños, la justicia investiga a más de 50 políticos vinculados en los últimos años a Petrobras para rastrear la profundidad y la dimensión del desfalco.

Pero entre esos políticos, estuvo ni más ni menos que la propia Dilma Rousseff, primero como secretaria de Energía en el gobierno de Lula da Silva (2002-2010) y luego como presidenta (2010-2014) en su primer período. Y la gente lo sabe, los brasileños no se explican cómo su presidenta pudo estar tantos años ligada al tema energético y luego al poder máximo sin tener responsabilidad alguna en la corrupción del petróleo, por lo menos, de omisión.

La demanda extendida y mayoritaria el pasado domingo fue “Dilma fuera”, expulsada del poder, descalificada como líder del país. Ha perdido, al parecer de forma muy amplia, la credibilidad y la confianza del pueblo brasileño que la votó, por una ligera mayoría, el pasado noviembre.

Partidos políticos discuten en el Congreso procedimientos de “impeachment”, de destitución del presidente y las causas constitucionales estipuladas para ello. Los analistas en televisión hacen debates en torno a una corrupción rampante que nadie detuvo, nadie impidió ni denunció, lo que inevitablemente llega hasta el Palacio Presidencial.

Suponiendo la inocencia de Dilma, la gente se pregunta dónde estaba cuando todo esto pasó.

En el telón de fondo, sucede también el fin de la era del desarrollo y de los beneficios sociales para millones de brasileños; sucede el término de una etapa de crecimiento consistente, de generación de empleos, de abundancia y la inevitable sensación de que el tren que los jalaba hacia el desarrollo no se detendría jamás. Existe el ánimo quebrado, la ilusión rota entre millones de brasileños a quienes tal vez, lo que más les duele, es que Dilma les haya mentido. Apenas hace unos meses estaba en campaña, y nada se habló del desastre de Petrobras, cuando ya se sabía.

La confianza se ha roto porque Dilma aparece en televisión con una retórica increíble de que los culpables están afuera, de que la caída del precio internacional del crudo y de las exportaciones hacia China han golpeado la economía. Pero no hay reconocimiento de culpa, no hay señalamiento de responsabilidad compartida, sólo anuncios y promesas de reformas políticas y judiciales para llevar a la cárcel a todos lo culpables. Y la gente, mucha gente, ya no le cree.

Twitter: @LKourchenko

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