Opinión

Fuentes: malahora

 
1
 

 

Carlos Fuentes era un auténtico cinéfilo. (Tomada de Editorial Alfaguara)

Para Georgina García Gutiérrez.

Uno. Debo aclarar que no aspiro al Premio Internacional de Novela Carlos Fuentes. Me explico.

Adscrito a la generación de La Onda, razón cronológica, mi elección del Ateneo de la Juventud, razón ideológica, ha implicado asimismo la del género literario dominante. Variopinto. Fuera de la excepción fulgurante de Martín Luis Guzmán, y más de aplicación que otra cosa de Carlos González Peña, la prosa atenea queda fuera de la órbita de la novela.

Por el contrario: ensayo, texto breve, varia invención, poema en prosa, ficción erudita, sentencia, aforismo, episodios de la vida cultural pasada y presente, vidas y retratos; sin que falten la Historia y el Tratado.

Dos. Tampoco me ocupo del retraso de dos meses de la ceremonia de entrega de su segunda versión; ni el que, pese a los cuantioso de la bolsa, 250 mil dólares; el Fuentes todavía no alcanza el rango “premial” (así se dice) del primer Seix Barral, del Rómulo Gallegos con todo y sus devaneos, o del Príncipe de Asturias (en adelante Princesa de Asturias) que, todo lo indica así, ha recobrado el sano juicio. Ya era hora.

Ni tampoco reitero los méritos indudables del galardonado, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez.

Si bien me place participar que de Ramírez tuve temprana noticia a través de Tito Monterroso y que coincidí con él en alguna ceremonia oficial sandinista en Managua.

El, vicepresidente de la República, ajeno al uniforme de comandantes y subcomandantes. Yo, agregado cultura de la Embajada de nuestro país, en un contexto de ayuda mexicana (de todo tipo) que fluía generosa y que Jorge G. Castañeta evoca, en sus entretelas, en unas memorias de reciente aparición.

Tres. Referente de la literatura centroamericana que parece no importarnos (salvo, en veces, el caso de Darío a quien maltratara la diplomacia porfiriana), a Sergio Ramírez debo dos lecturas, que sin reserva recomiendo.

En una mano, Adiós muchachos, crónica vívida del segundo romanticismo revolucionario latinoamericano (el primero fue el castrismo) pos revolución Mexicana; de su primavera y muerte prolongada (como el castrismo).

En la otra mano: Juan de Juanes, libro en el que Ramírez, además de al íbero Juan Cruz, dedica páginas entrañables a Carlos Fuentes, a su aura y red de amistades (me cuadra lo de Susan Sontag “Tongolele sajona”).

Cuatro. Meno todavía de demoro en que el que apareció orador principal de la entrega, el Presidente de la República, confundiera tiempo atrás, en una entrevista sobre la marcha, a Carlos Fuentes con Enrique Krauze; levantando sin querer ámpula sobre un ríspido episodio del pasado.

Lo que me preocupa es el contenido del discurso presidencial.

Pase lo de la segunda felicitación a Alejandro Gómez Iñarritu, director mexicano de una película nortemericana, Birman, que empezando por él mereció una lluvia de Oscares.

Lo anterior, en una ceremonia de entrega que el cineasta aprovechó para implorar que los mexicanos tengamos el gobierno que nos merecemos.

Pase el silencio sobre Ayotzinapa, expediente negro de la clase política mexicana y sus faltos de ideas y sobrados de presupuesto partidos políticos.

De ahí que tome a puntada la petición de perdón por parte exclusiva del Ejecutivo Federal o de la integración de una comisión de la verdad compuesta por notables.

Como, en cambio, me parece grave que se propague la versión oficial de que la noche nazi de Iguala y Cocula fue obra de la delincuencia organizada, omitiendo a Presidencia y Policía Municipales.

Cinco. Lo en verdad inquietante es la mudanza de un acto de simbología literaria, ocasión de máximo compromiso sobre políticas públicas promotoras de la creación y la lectura placentera y crítica, en incontenible vocería oficial.

El darse por reales la democracia, la diversa oferta de partidos, la rendición de cuentas, la transparencia, la libertad de expresión, la prelación del propósito social sobre el individual, la victoria de las mayorías desprovistas sobre las minorías privilegiadas.

Seis. Ni más ni menos que el repertorio, las cuestiones que encienden el debate público de nuestros días.

Piénsese tan sólo en asuntos marcados por dudas y opacidad: la transparencia, la rendición de cuentas, el conflicto de intereses pan nuestro de cada día. Piénsese también en el desencanto levantado por la democracia electoral, no obstante las constantes modificaciones legales dictadas por los partidos mismos, el escenario de Estados como el de Guerrero y Michoacán.

Piénsese, para abreviar, en las desvergüenzas públicas, los rezagos, las trapacerías, la desigualdad que no cesa.

Ni más ni menos que los problemas y las cuestiones nacionales a los que Carlos Fuentes, el dador del nombre del premio en cuestión, aplicó (con luces y sombras por fuerza) una pluma quirúrgica, culta, políglota, lírica, sapiente si no es que prolijamente enterada, muy en el espíritu de su generación, la de Medio Siglo, la alentada por Mario de la Cueva; la integrada por Sergio Pitol, Rosario Castellanos, Porfirio Muñoz Ledo, Víctor Flores Olea, entre otros.

Mucho me hubiera gustado, en vez de un acto de propaganda gubernamental, del todo fuera de lugar, la cita, así fuera de refilón, como quien no quiere la cosa, de Tiempo mexicano.

Exploración nacional en la que el autor, Carlos Fuentes, me temo, se quedó corto. Como corta se quedó la opinión progresista sobre lo ocurrido.

Twitter: 

También te puede interesar:
Dos regalazos de 2014
Katniss, heroína a la mano
Planes revolucionarios