Opinión

Frente a Trump, un nuevo curso de desarrollo

 
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POBRES gUANAJUATO

Los diques y casamatas del Estado y la sociedad civil estadounidenses con los días salen a la superficie y nos permiten asomarnos al panorama de escaramuzas legales y sociales, confrontaciones, desengaños y entusiasmos que recorrerán la patria de Lincoln antes de arribar a una nueva y generosa normalidad. De aquí que las especulaciones sobre las razones del optimismo y la persistente documentación de nuestro pesimismo no tengan fecha de término. Y qué bueno, porque de ahí puede emerger un espíritu público abocado a la deliberación más que a la hoguera; a la reflexión sensata y hasta humilde más que a la arrogancia y el regodeo en las pequeñas vanidades.

Al iniciar mis colaboraciones en EL FINANCIEROl me permití ofrecer una apretada y esquemática síntesis, mi apreciación crítica de la experiencia mexicana que arrancara con la apertura externa y culminara en la firma del TLCAN. Esta 'gran transformación' de fin de siglo, como la llamé en memoria del gran pensador Karl Polanyi y su clásico de clásicos que lleva ese título, en efecto trajo muchos y drásticos cambios en nuestra economía política, en su organización productiva y financiera y sobre el Estado nacional, así como en los arreglos fundamentales que sostienen el régimen y el sistema político.

Como suele reiterarse, la economía saltó a plataformas de comercio exterior impensables pocos años antes; se volvió alta exportadora de bienes industriales de media y hasta de alta tecnología, cambió la geografía regional mexicana y propició grandes migraciones dentro y fuera del país. Asimismo, la larga marcha de la reforma político-electoral culminó con la alternancia en la presidencia de la República y dio lugar a una gran pluralidad legislativa.

Lo mismo ocurrió en los congresos locales y los municipios, aunque con significados disímbolos para el conjunto de la política democrática así inaugurada; sin embargo, tanto y tan magnífico cambio no se tradujo ni en mayor productividad general de la economía, donde reina impasible una heterogeneidad estructural densa y extendida, ni en un buen gobierno del Estado y la sociedad.

La pobreza creció y luego se estacionó en cuotas masivas, en el campo y las urbes; la desigualdad económica se mantuvo en coeficientes muy altos y la inequidad social afecta a capas significativas de la población que no tiene sus derechos sociales garantizados, menos protegidos por el aparato público y el sistema político, diverso sin duda, que no ha sido capaz de plantearse tareas de revisión y transformación política y de las estructuras del Estado que ofrezcan mayor y mejor gobernanza y capacidades ciertas del Estado para cumplir con las obligaciones primordiales que le asigna la Carta Magna, reformada en 2011 como una Constitución expresamente comprometida con la protección y garantía de los derechos fundamentales.

Un escenario como el anterior debería constituir la antesala para la conversación nacional que debemos tener para encarar las agresiones y amenazas del gobierno del presidente Trump en busca, sin duda y siempre, de un entendimiento que permita negociaciones sobre las cuestiones decisivas de nuestra relación, pero claramente articuladas por la defensa del interés nacional que no puede sino demostrarse andando.

La defensa del interés nacional que se requiere pasa por la protección de los más débiles y vulnerables, de los derechos humanos de los migrantes que se queden o abandonen Estados Unidos. Pero también implica la recuperación del ánimo desarrollista que se nos perdió en la ruta elegida para la globalización de México; hay que hacerlo no para ilusamente volver a 'tiempos mejores', sino para abrir las avenidas que nos lleven a la erección de un nuevo curso de desarrollo sometido a criterios de buen empleo, industrialización diversificada, racionalmente integrada y a objetivos de equidad para la igualdad social y la seguridad humana. También sometido a la restricción fundamental de la democracia y el respeto y protección de los derechos humanos. Nada imposible de alcanzar progresivamente y con base en la cooperación que la defensa del interés nacional impone.

Los sueños, sueños son, pero al despertar se tornan compromisos, proyectos y emprendimientos colectivos de lo más diverso. Hoy se trata de no volvernos sonámbulos de tanto presumir de pragmatismo y realismo. En sí mismos, ni la apertura externa ni el TLCAN son el problema. Pero tampoco son, por sí solos, la solución. Esto sí que ya lo vivimos.

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