Opinión

Franquicias políticas

09 noviembre 2017 6:40
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2018

Los partidos políticos con una representación limitada no tienen, como los grandes, la posibilidad real de llegar al poder, teniendo un presidente propio o una agenda central para impulsar dentro del Congreso. Su papel es el de acompañar a aquel que tiene una oportunidad real de ganar la grande, pero que requiere del apoyo de aquellos cuya plataforma local, monotemática o sectorial, es indispensable para garantizar un triunfo en las urnas. Sin embargo, en México los partidos pequeños fueron creados desde la misma esfera del poder, como parte de la estrategia de políticos cuyo objetivo era trascender a través de ese instrumento, su temporalidad política.

Así, el Partido Verde, el del Trabajo, Movimiento Ciudadano antes Convergencia y Nueva Alianza, surgen de la necesidad de políticos dentro del sistema de mantener un espacio de poder más allá de su inserción en el presupuesto sexenal. Figuras como el desaparecido Manuel Camacho, o Raúl Salinas, Dante Delgado y Elba Esther Gordillo, hicieron de estos partidos franquicias cuyas marcas fueron haciéndose populares e incluso traspasándose de dueños en función de arreglos económicos poco transparentes. Esta combinación de negocio y poder desvirtuó en gran medida el papel de los partidos pequeños, hasta convertirlos en moneda de cambio sin límite ni pudor alguno.

Y si los grandes partidos políticos nacionales han perdido identidad en un pragmatismo que los aleja de sus bases ideológicas, en el caso de las franquicias el único valor es su capacidad de movilizar votantes independientemente de su desprestigio. Ni el Verde tiene una agenda ecologista, ni ahora Nueva Alianza responde a una propuesta educativa-magisterial, ni mucho menos Movimiento Ciudadano logra concretar una propuesta con temas de la cotidianidad del ciudadano común y corriente. Eso sin dejar de mencionar el negocio de Alberto Anaya y familia, quienes en el PT han construido un grupo de choque focalizado cuya presión y chantaje han sido tolerados y fomentados tanto por el PRD y el PRI y ahora por Morena de López Obrador.

No son estos los partidos que México necesita, ni los cuales hay que financiar con dinero público. Pero tanto para el PRI, el PAN-PRD y Morena, estos negocios políticos particulares, familiares o de grupo proporcionan entre el 3 y el 10% de la votación en una contienda en donde la fragmentación será la clave para obtener el triunfo. A diferencia de los grandes partidos nacionales que se desgastan y fortalecen en cada proceso electoral en función de candidatos y coyunturas específicas, a los partidos chicos los sostienen bases electorales clientelares que le son relativamente fieles, independientemente del momento político.

Así que, en una elección en donde el triunfador lo hará con un máximo de 30 a 35%, los negocios políticos de Verdes, maestros, Dante Delgado, y Alberto Anaya, elevan significativamente el precio de sus limitados electores. Por ello el embate contra el Partido del Trabajo, donde el financiamiento a Anaya y su familia pasa por recursos que debieron entregarse a centros de atención infantil, y que hablan del nivel de degradación y apetito insaciable de líderes que, enarbolando las causas de los más pobres, han conseguido saquear una y otra vez el erario público.

Los partidos pequeños son instituciones legítimas que representan intereses locales, regionales, o ligados a temas específicos. En México, esto no ha sido así. El viejo modelo corporativo permitió la creación de estos negocios de poder que hoy no tienen razón de ser, por lo que una reducción del dinero público a los partidos en general y a las pequeñas franquicias en particular, se presenta como una condición necesaria para que estas formaciones se presenten ante el electorado sin las protección de los recursos de la sociedad.

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