Opinión

Francisco superestrella

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Papa Francisco

Para Ligia Cuevas.

Se ha especulado sobre las razones por las que el Papa Francisco
—quien lleva ya dos años y medio al frente de la Iglesia— no ha visitado todavía México, el segundo país con más católicos en el mundo. La protesta de la Cancillería en febrero pasado, cuando el Papa dijo que la situación de seguridad en Argentina corría el riesgo de “mexicanizarse”, se cita como una posible razón. También se ha dicho que el Papa no nos ha visitado simplemente como una manifestación de repudio a la compleja situación en materia de seguridad que se vive en algunas regiones del país.

Sea cual sea la razón, es una lástima. Con los escándalos de corrupción, la violencia, y la ausencia de una explicación verosímil de hechos como los ocurridos en Iguala, en Tanhuato o en Tlatlaya, el país pasa por un momento sombrío. Una voz como la del Papa podría contribuir en mucho, no sólo a renovar el optimismo entre los creyentes, sino también a generar un mayor compromiso de todas las fuerzas políticas con la solución de algunos de nuestros problemas más apremiantes.

El mensaje de Francisco ha demostrado ser universal y es una fuente de inspiración para católicos y no católicos por igual. Sus buenos oficios podrían ser un factor decisivo para que la transición que se vislumbra en Cuba se conduzca de forma pacífica, y desemboque en una verdadera reconciliación entre los cubanos. Después de la reciente visita del Papa a Estados Unidos, el Presidente Obama declaró sentirse motivado “a ser mejor y a hacer mejor las cosas”; la intervención de Francisco en el Congreso mereció la ovación unánime de Demócratas y Republicanos. Sobre todo, Francisco ha logrado sacar a la Iglesia de su papel sectario como abanderada del conservadurismo social y posicionarla como una verdadera fuerza moral, comprometida con la paz y con la protección de los menos privilegiados.

En este sentido, destaca el exhorto que el Papa hizo en repetidas ocasiones durante su reciente gira, por una política más humana hacia los migrantes y los refugiados; su enérgica condena a los muros “que generan odio sin solucionar los problemas”; y su invitación a recibir a los extranjeros con empatía y con el corazón verdaderamente abierto.

Durante su paso por Estados Unidos, el Papa también logró movilizar y cohesionar a la comunidad latina. Como pocas veces en la historia, las misas en español celebradas por Francisco en Washington y en Nueva York colocaron a dicha comunidad como protagonista de la vida pública norteamericana (sin duda, una buena noticia en tiempos en que un aspirante presidencial abiertamente antiinmigrante se perfila como puntero en la carrera por la candidatura del Partido Republicano).

Francisco no es sólo una figura carismática. Es un modernizador que ha dado pasos firmes para poner fin a los grandes males del Vaticano: en particular la opacidad y la complacencia con las que por años se solaparon desde abusos sexuales a menores, hasta el uso de las enormes riquezas de la Iglesia en beneficio de unos pocos. Muchas personas en la Curia Romana están descontentas con el Papa Francisco precisamente porque ha tomado medidas enérgicas para terminar con los grandes negocios que se hacían con el patrimonio de la Santa Sede (que es dueña, entre otras cosas, de una quinta parte de todos los bienes raíces de Italia). Igualmente, el Papa Francisco se ha propuesto convertir al Vaticano en un actor global, y en dejar atrás la tendencia de la Curia a concebirse como una institución fundamentalmente europea, a pesar de que sólo el 16 por ciento de los católicos del mundo son europeos.

El Papa predica con el ejemplo. Desde el inicio de su pontificado decidió no vivir en el suntuoso Palacio Apostólico (la residencia histórica de los papas), sino en un austero apartamento de 70 metros cuadrados. En contra de la tradición, usa una sotana sencilla y no calza zapatillas de terciopelo. La sencillez de Francisco, que no es faramalla sino una convicción personal, ha demostrado ser una fórmula eficaz para ganar el respeto y la confianza de la gente (que en su gran mayoría vive en un mundo muy distante al lujo y el despilfarro característico de las cúpulas políticas y religiosas).

Vale la pena notar el paralelismo entre la figura del Papa Francisco y la del expresidente uruguayo, José Mújica, quien también trascendió su papel como mandatario de un pequeño país para convertirse en una figura con peso y autoridad moral en el ámbito internacional. Mújica, coincidentemente, rechazó también el palacio presidencial y decidió quedarse a vivir en su modesta casa y donar el 90 por ciento de su sueldo. Decían que era “el presidente más pobre del mundo”. En resumen, la humildad, la sinceridad y la congruencia del Papa nos recuerdan que el cinismo y el oportunismo no son la única forma de ejercer el poder. Por el contrario, la verdadera vocación de servicio a los demás puede construir liderazgos más poderosos. Ojalá lo tengamos pronto de visita.

Twitter: @laloguerrero

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