Opinión

Francisco en México

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Papa.

Jorge Cardenal Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, fue ordenado Papa en un momento de grave crisis al interior de la Iglesia católica. El deterioro de la imagen de Benedicto XVI, su incapacidad política y su falta de control para lidiar y contener a las “mafias” al interior de la curia romana provocaron su renuncia. La gravedad de los daños internos, el oscuro manejo de los dineros –ninguna novedad– y la creciente crisis por la pederastia en muchos rincones del planeta –Alemania, Irlanda, México, Estados Unidos– apuntaban a una Iglesia enviciada, corrompida por las fuerzas del dinero y el poder político fuertemente enraizados al interior del Vaticano.

La súbita decisión de Benedicto, acosado por los vatileaks, la traición de su secretario particular y la pérdida de un liderazgo internacional obligó a la convocatoria y celebración de un nuevo cónclave.

El argentino, el obispo de los barrios populares, el alto prelado humilde de voz directa que tan elevada votación había obtenido en el muy reciente cónclave del que salió electo Benedicto –según revelaciones indiscretas por un cardenal alemán en su testamento–, regresó al encierro de la Capilla Sixtina para salir, esta vez, como Sumo Pontífice. Cautivó a la gente de inmediato al pedir, desde la logia central de San Pedro ante una plaza repleta: “recen por mí”.

Francisco ha roto por completo con el protocolo vaticano al grado de convertirse en una figura incómoda. No le gusta a la Guardia Suiza, no lo aprueba el Colegio Cardenalicio, no lo apoya el viejo y en muchos sentidos anquilosado aparato burocrático de la curia romana, el gobierno que rige a la Iglesia católica en el mundo.

Francisco es un revolucionario, es un hombre de cambio, de transformación, de contacto directo con la gente, de difundir la palabra de Dios en comunidades vulnerables, alejadas, golpeadas por la pobreza. Su vocación pastoral es infinitamente superior a su capacidad política, terreno en el que con frecuencia tropieza y traslapa al decir lo que piensa, el externar sus ideas sin el filtro del trono pontificio o de su estatura como jefe de Estado.

Francisco ha criticado a la curia, la ha llamado el “cáncer de la Iglesia”, ha chocado con los obispos en el último sínodo –noviembre 2015– al pretender impulsar una serie de cambios que provocaron la rebeldía abierta de 16 cardenales que en carta abierta se inconformaron.

Me gusta su impulso, su sencillez, su carisma, su tono franco y abierto, su sentido del humor –bromeó a Valentina Alazraki la semana pasada en la plaza de San Pedro al decirle: “¿Qué no sabe?, la visita se canceló”, que casi provoca un síncope en mi querida amiga y colega. Parece un Papa renovador, un líder del cambio, de la transformación urgente que requiere la Iglesia católica.

Pero al mismo tiempo tiene esta faceta de dicharachero, de ocurrencia solaz, a la ligera, que pareciera una improvisación increíble. Dice muchas cosas al aire, de los divorciados, de la Iglesia, de los homosexuales, de los pederastas; pero eso no significa que se conviertan en doctrina. Son afirmaciones del Papa, pero no pasan a formar parte en automático del derecho canónico o de las posturas y principios de la Iglesia. Esto confunde a muchos creyentes en el mundo que afirman “lo ha dicho el Papa”.

Tal vez Francisco quisiera avanzar a mayor rapidez en cambios y reformas, en motivar una actitud renovada en sus hermanos pastores y clérigos, pero con frecuencia parece que se topa con pared.

Me preocupa que no le alcance el tiempo o la fuerza –tiene 79 años y un estado de salud lejano de potente– me preocupa que la inercia de la institución acalle su voz y deje pasar a un “simpático ocurrente” –como se escucha decir a varios cardenales en Roma– para retomar el poder al término de su pontificado. Sería una pérdida enorme para la renovación de la Iglesia.

Su mensaje en México será puntilloso, afilado, señalará problemas sociales que a políticos y gobiernos incomodarán. Qué bueno. Pero eso no resuelve nada. No es su papel venir a México a resolver ningún problema, con señalarlo es suficiente.

Eso es lo que me preocupa: con decir que la curia es un cáncer, o que hay corrupción en la Iglesia, no resuelve ningún problema.

La denuncia es apenas el primer paso.

Twitter: @LKourchenko

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