Opinión

Francisco en América

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El Papa Francisco se ha convertido en un tiempo relativamente corto en una figura de cambio. Sus discursos, su mensaje a veces controversial y polémico, la encíclica “Laudato sí”, llamada ya en círculos políticos internacionales como la Encíclica Verde, ha provocado la atención y molestia de muchos líderes y políticos en el mundo.

Para empezar debemos decir que en El Vaticano no goza de la simpatía y de la supuesta veneración que el aparato papal otorga en automático a un pontífice. Francisco se especializa en romper los protocolos, en salirse de la línea rígida y acartonada del ritual pontificio. No vive en los apartamentos papales del Palacio Apostólico sino en la Residencia de Santa Martha, donde convive y se cruza con múltiples prelados, empleados y religiosas que se han acostumbrado a verlo diariamente.

Es decir, desarticuló rápidamente el entorno de misterio y secreto que rodeaba al Sancto Sanctorum donde el Papa trabajaba y recibía a líderes del mundo. Francisco sale, entra, saluda a los guardias y a los choferes, entabla conversación con las monjas que atienden las múltiples oficinas vaticanas. Pareciera un intento de relajar el ambiente y las relaciones, de imprimirle un tono casual.

Apenas la semana pasada se salió en un coche no oficial, sin escolta ni motocicletas, sólo con chofer y un acompañante para ir a una óptica en el centro de Roma para cambiar sus lentes. Entró como cualquier cliente y pidió a su optometrista de muchos años, que por favor le cobrara la tarifa correcta, sin descuentos ni ofertas por su rol como Sumo Pontífice. Hay quienes afirman en Roma que se trata de una disfrazada naturalidad, que es sólo una envoltura para provocar un efecto de cercanía. El caso es que genera enormes descalabros y disgustos entre la curia y el Colegio Cardenalicio, donde se bromea que lo único que falta es que sea guía de turistas en la Basílica de San Pedro.

Francisco viajó a Cuba este último fin de semana y llegará hoy a Washington como un símbolo de consolidación del diálogo, negociaciones y restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba. El Papa jugó un activo papel para que este largo e histórico proceso se concretara y avanzara a pesar de la oposición interna en Estados Unidos.

En Cuba fue recibido con calidez a pesar del extendido secularismo y la muy reciente (menos de 15 años) recuperación del culto y de la libertad religiosa. Raúl Castro le expresó simpatía y miles de fieles y de curiosos en la isla acudieron a expresarle respeto y admiración. Cuba y algunos contados países en Europa (Italia por supuesto) son los muy selectos territorios que han registrado la visita de los últimos tres papas: Juan Pablo II, Benedicto XVI y ahora Francisco.

Algo que sucederá a partir de hoy en Washington, donde Francisco recibirá la honrosa distinción de que el presidente Obama le dé la bienvenida al pie del avión y no en la oficina Oval de la Casa Blanca como es costumbre.

Francisco tiene previsto dirigirse al Congreso de Estados Unidos, dominado por una mayoría conservadora y republicana que no aprecia su discurso transformador. Se enfrentará ahí al sector más tradicional que sostiene posiciones diametralmente opuestas al mensaje innovador de Francisco. El Papa ha sido muy crítico del capitalismo que se distancia de causas sociales; ha impulsado la tolerancia a la diversidad sexual y muy recientemente, iniciado un proceso de aceptación de los divorciados en el seno de la Iglesia católica. En su encíclica “Laudato sí”, no sólo hace un llamado a combatir las causas del deterioro del medio ambiente, sino que establece una relación con la desigualdad social como resultado de un capitalismo voraz, que busca sólo el enriquecimiento como causa última.

En uno de los debates entre aspirantes republicanos, Jeb Bush criticó al Papa por su participación en política y declaró que el papel de las iglesias y la religión es “hacernos mejores seres humanos” y no intervenir en política.

La visita a Estados Unidos será fundamental para marcar, tal vez de forma definitiva, si este discurso –a veces improvisado y juguetón– que con frecuencia utiliza Francisco, respecto al cambio y la transformación de la Iglesia y del creyente del siglo XXI en su relación con Estados y gobiernos, tienen en verdad sustento y una estrategia profunda.

Twitter: @LKourchenko

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