Opinión

Francia, triunfo del antiestablishment

 
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elecciones Francia. (Shutterstock)

Las elecciones presidenciales en Francia se juegan en dos etapas: todos los candidatos compiten en una primera ronda y, a menos que alguno obtenga la mayoría absoluta (cosa que no ha sucedido hasta la fecha), los dos que obtienen el mayor número de votos pasan a la segunda etapa en la que se decide quién habrá de ser el siguiente presidente de Francia. Los resultados de la primera vuelta, que tuvo lugar el domingo pasado, pusieron de manifiesto un conjunto de cambios y rupturas muy importantes en relación al pasado.

El cambio más notorio: la derrota de los partidos políticos tradicionales de centro-izquierda y centro-derecha (Partido Socialista y Republicano) que han gobernado a ese país durante más de 50 años.

Segundo, un voto fuertemente fraccionado que hace visible la profunda división del electorado francés (Emmanuel Macron (En Marcha) 23.87 por ciento, Marie Le Pen (Frente Nacional) 21.43 por ciento, François Fillon (Republicano) 19.94 por ciento, Jean-Luc Mélenchon (Francia Insumisa) 19.60 por ciento y Benoît Hamon (Socialista) 6.35 por ciento.

Y tercero, el triunfo y, por primera vez, el paso a la segunda vuelta de dos opciones políticas externas al sistema político tradicional y polarmente opuestas entre sí.

El próximo 7 de mayo contenderán, en la segunda vuelta, de un lado Emmanuel Macron, político joven (39 años), sin experiencia electoral previa, brevemente ministro de Economía del actual presidente socialista Hollande, banquero de inversión, quien compite como independiente, a partir de un movimiento político construido de cero hace escasamente un año. Macron representa una opción de centro en cuya propuesta se integra una posición decididamente a favor de la Unión Europea y de una Francia abierta al mundo, así como una oferta electoral en pro del fortalecimiento de diversos componentes del estado de bienestar francés.

Al otro extremo, Marine Le Pen, mujer de 48 años, del Frente Nacional, formación política de la ultraderecha nacionalista fundada por su padre Jean Marie Le Pen en 1972. Marine Le Pen, si bien se dedicó buena parte de su campaña a intentar 'suavizar' las partes más ofensivas e impresentables del discurso de su partido –por ejemplo, su antisemitismo y su racismo–, se ubica, claramente, en la derecha nacionalista radical y ha recibido el apoyo tanto de Putin como de Trump. Le Pen ha manifestado reiteradamente su rechazo a la Unión Europea en particular y a la globalización en general, su intención de imponerle fuertes restricciones a la inmigración a Francia, y su intención de impulsar una fuerte política antiterrorista y una política económica nacionalista.

En menos de dos semanas, Francia tendrá que decidirse entre dos visiones radicalmente opuestas. La de Macron, un liberal en lo económico y de centro-izquierda en lo social y lo cultural, que busca mantener a Francia dentro de una Unión Europea reformada y fortalecida, y la de Marine Le Pen, una nacionalista y xenófoba de pura cepa, que apela y ha logrado movilizar y abanderar el rechazo de una parte importante del electorado francés (7.6 millones de votos en la primera vuelta) en contra de los inmigrantes, de los costos de la globalización y de la Unión Europea, así como de la nostalgia de esos mismos votantes y otros más por la Francia única, profunda, grandiosa y volcada sobre sí misma.

Dos opciones que, además de diametralmente distintas, reflejan, quizá sobre todo, el desfondamiento del sistema político francés tradicional, articulado en torno al eje izquierda-derecha. En suma, la incapacidad de las formaciones políticas que habían dominado la Quinta República para ofrecerle a los electores franceses opciones convocantes, capaces de representar y articular sus preferencias y sus pasiones.

Más allá del suspiro de alivio que produjo el triunfo de Emmanuel Macron el domingo pasado entre los liberales y europeístas de Francia y del mundo, convendría reparar en dos asuntos importantes.

Si bien el triunfo de Macron fue claro (23.87 por ciento), no fue tan lejano del porcentaje obtenido por Le Pen (21.43 por ciento). Por otra parte, si le sumamos a los votos por Le Pen los sufragios emitidos a favor del otro radical, aunque de izquierda (Mélenchon), tenemos que alrededor de 40 por ciento de los franceses que votaron en la primera vuelta están profundamente descontentos con el statu quo, quieren revisar la relación entre Francia y la Unión Europea y se manifiestan por mayores controles –más o menos duros– a la inmigración. Ello, combinado con el hecho de que, a diferencia de Fillon y buena parte de la clase política francesa, Mélenchon no ha llamado a sus votantes a decantarse por Macron o por Le Pen, invitaría a ser cautelosos y no necesariamente cantar una victoria segura para el primero el próximo 7 de mayo.

Finalmente, resulta importante no perder de vista los muy importantes reacomodos que evidenciaron los resultados de la primera vuelta en la arquitectura política tradicional de Francia, mismos que recuerdan los igualmente profundos reacomodos y fracturas en los sistemas políticos tradicionales de diversos países (Hungría, Polonia, Gran Bretaña y Estados Unidos, entre otros). Interesa hacerlo, pues estas transformaciones de fondo y, muy particularmente, el rechazo crecientemente fuerte y visible a los partidos políticos tradicionales, seguramente seguirán produciendo sorpresas y candidatos ganadores, externos a las opciones conocidas en muchos países, incluyendo, quizás, el nuestro.

Twitter: @BlancaHerediaR

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