Opinión

Fracaso olímpico

  
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2 de 8 cuerpos presentan impacto de bala policial

A unas horas de que arranquen los Juegos Olímpicos, se desborda el optimismo y la confianza en la delegación mexicana por conseguir algunas medallas y buenos resultados; sin embargo, la pugna ocurrida entre el Comité Olímpico Mexicano (COM) y la Comisión Nacional de Cultura Física y Deportes (Conade) dejó daños irreparables en el corto plazo, que provocarán el fracaso del deporte olímpico, donde, por supuesto, los menos culpables son los deportistas.

Desde el nombramiento de Alfredo Castillo, en abril del año pasado, como titular de la Conade, comenzaron las fricciones con el COM, que dirige Carlos Padilla Becerra, a tal grado que tuvieron que intervenir personajes nacionales e internacionales para mediar en el conflicto.
El tema del manejo del presupuesto fue la manzana de la discordia entre ambos organismos y que estuvo a punto de provocar que el Comité Olímpico Internacional prohibiera a nuestro país asistir a la justa olímpica, ya que según el ordenamiento del COI ningún gobierno debe intervenir en los asuntos internos de las federaciones, mientras que la Conade argumentó que como buena parte de los recursos que se manejan son públicos, se requiere la supervisión directa.

La Carta Olímpica prohíbe a un gobierno intervenir en las federaciones deportivas que cuenten con reconocimiento internacional de organismos pertenecientes al COI.

Así, las federaciones afiliadas al COM padecieron persecuciones, auditorias y toda clase de atropellos. Los dirigentes de diez disciplinas deportivas fueron desconocidos, entre ellas, box, tiro con arco, pesas y basquetbol.

Las batallas entre los hombres de pantalón largo, caracterizados por el protagonismo y la improvisación no sólo provocaron la escisión, sino que se trastocaron los programas y los apoyos que eventualmente recibirían los atletas que participarán, a partir de hoy, en la justa internacional a celebrarse en Río de Janeiro.

Claro que hay ramas del deporte, como el futbol, que se cuecen aparte y que se libraron del desencuentro provocado por un funcionario público que tiene más experiencia en tareas de procuración de justicia que en el propio deporte. A esta disciplina se le ve cierta posibilidad de éxito, aunque los conocedores apuntan que son mínimas.

Lo cierto es que desde los Juegos Olímpicos celebrados en 1968 en nuestro país, en los que se alcanzaron nueve preseas, no ha ocurrido algo similar, al contrario, en deportes como la caminata, la equitación, el boxeo y la halterofilia, donde se contaba con el reconocimiento mundial, ahora han caído fuera del top ten mundial. Sólo los clavados se han mantenido en un nivel aceptable.

Cuando las políticas públicas no ofrecen incentivos ni programas consistentes de desarrollo para que desde la niñez se incentiven a los futuros atletas de alto rendimiento, pues es entendible el fracaso, que resulta inaceptable en un país que tiene más de 122 millones de habitantes.

Más aún, ante la amenaza que representa el crimen organizado a la juventud, se debería no sólo incentivar la práctica del deporte entre la población, sino considerarlo como una prioridad nacional.

Lamentable que los sueños y anhelos de los competidores nacionales se vean amenazados por las desavenencias provocadas por intereses ajenos al deporte.

Qué lástima que sólo cuando se ahogue el niño se tapará el pozo; sin embargo, nunca es tarde para remediar el desaguisado provocado por una mala decisión en el nombramiento de Alfredo Castillo. De hecho, ya velan sus armas los legisladores de ambas Cámaras para llamarlo a cuentas.



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