Opinión

Fotocopias idénticas


Víctor Roura
 
Los propios hacedores de la prensa cultural a veces son los peores enemigos del ejercicio periodístico de la cultura. Ya no digamos los oficiantes de las otras áreas, que en demasiadas ocasiones minimizan, o de plano ignoran, a los que laboran en los espacios culturales.
 
Una vez me entrevisté con “una personalidad”, según me dijeron, de la prensa mexicana, aunque yo no tenía idea de su existencia por la sencilla razón de que jamás había escrito un solo texto en la prensa. Pero ya había asesorado a un directivo de un periódico de circulación nacional, argumento que lo consolidaba, vaya uno a saber porqué, entre los del gremio. Nuestro encuentro fue casual. Luego de hablar durante quizás una hora, me preguntó:
 
—¿Cómo dices que te llamas?
 
Le dije mi nombre, pero fue como decirle Pedro Páramo, ya que no había leído, jamás, no digamos a Juan Rulfo sino, siquiera, un solo libro completo.
 
—¿Y dices que eres periodista? —me preguntó.
 
Alcé los hombros.
 
—Porque yo sí lo soy —dijo, enfático.
 
Y volvimos a hablar de periodismo. Le pregunté qué había escrito, que me contara algunas anécdotas, qué libros había leído. Nada. No obtuve respuesta. Porque —en ese momento fue cuando me enteré— no había escrito nada, no congeniaba con reporteros, sus lecturas no eran escasas sino tácitamente nulas.
 
—No tienes que hacer periodismo —sentenció— para ser periodista.
 
No estuve de acuerdo. Entonces me contó que él prácticamente había reordenado el trabajo interno de un diario que, según él, estaba de cabeza. Tomó las riendas para conducirlo al sendero del éxito. Así subrayó: “Sendero del éxito”, lo que me hizo afirmar que era no un periodista sino un funcionario de la prensa, una figura muy distinta al hacedor de la información.
 
No le gustó el término.
 
—Es como todos esos bufetes de supuestos expertos de la prensa que andan ahora introducidos en los pasillos de los rotativos —le dije a mi interlocutor— para “renovar” sus contenidos modificando sus páginas sin tener conocimientos de la prensa, sino basados en las experiencias del público de masas, ya televisivo, ya mediático, que no lee periódicos.
 
Me miraba contrariado.
 
—Quieren resolver de un tajo, por supuesto erróneamente, el complejo problema de la lectura en la sociedad transformando los periódicos en diminutas pantallas de televisión, cuando una cosa difiere de la otra. Vamos todos a convertirnos, que es hacia donde nos dirigimos, en cajas de resonancia de la industria del espectáculo.
 
Le conté lo que me ocurrió hace mucho tiempo con un actual jefe de redacción de un diario progresista, a quien quería entrañablemente por haber ambos trabajado en un viejo periódico hoy caído, también, en desgracia. Me decía este compañero que como ya laboraba yo en EL FINANCIERO/
 
¿Entonces trabajas en ese diario... —por fin le caía el veinte al funcionario periodista.
 
Proseguí.
 
—... como ya estaba yo en la nómina de un diario financiero, me dijo este redactor, lo que debía hacer era puro periodismo cultural de números para quedar bien, así me dijo, con las autoridades de la empresa. Le dije cuán equivocado estaba en su punto de vista. Porque el periodismo cultural es o no es, no puede ser de una forma en un diario y de otra muy distinta en otro. Se hace bien o no se hace, y por lo general no se hace bien debido precisamente a esta horrorosa parcialidad de los diarios. En uno sólo hablan de sus amistades, en otro de los aposentados en la cúpula cultural, en aquél de las frivolidades, en ese otro de los enriquecidos.
 
Mi interlocutor me miraba con espanto.
 
—Yo he abierto las puertas a numerosos reporteros que, con el tiempo, han sabido ajustarse a los requerimientos de las instituciones para llegar a donde están, aplaudiendo a los consagrados. Un reportero que creció conmigo en La Jornada/
 
—¿Y también has sido empleado de ese diario? —preguntó el funcionario periodista.
 
Proseguí, sin responder a su impertinencia.
 
—... por ejemplo, dicho reportero hoy es base del Canal 22 porque se ha vuelto un “experto” en asuntos literarios de la cúpula intelectual, cuando antes pintaba para un minucioso cronista. Prefirió, evidentemente, el camino sencillo: el del halago para crecer monetariamente. ¡Y cuántos comienzan así, con esa enjundia, y acaban en las gradas ovacionando a la corte institucional!
 
Por eso digo que los propios hacedores de la prensa cultural a veces son los peores enemigos del ejercicio periodístico de la cultura, ya que se olvidan de las premisas básicas de la pluralidad para acatar las ordenanzas oficialistas de los que toman la temperatura climática de la cultura en el país, la cual le viene valiendo (el clima de la cultura nacional) un sorbete a estos “reformadores” de los diarios, que quieren convertir todos los medios impresos en uno similar (tal como el gazapo que ha pescado Carlos López en su tercer libro, editado por Praxis, sobre las erratas; en un anuncio se lee: “Fotocopias idénticas”). No sé qué urgencia tengan en uniformar los diseños y los contenidos. Al rato ya ningún medio se va a diferenciar, porque todos van a ser parecidísimos, como las fotocopias “idénticas”.
 
Mi interlocutor no cree lo que digo.
 
—Estás equivocado. ¿Cómo dices que te llamas, perdón? —pregunta, de nuevo.
 
Cambio mi nombre.
 
Héctor Aguilar Camín —le digo.
 
Me extiende la mano.
 
—Mucho gusto, lo he visto en la televisión. Pero lo miro algo cambiado —dice.
 
—Los años no pasan en balde —digo.
 
Mas me indica que en las televisoras pareciera tener otra opinión sobre los medios escritos.
 
—Se mira usted orgánicamente convencional —me dice.
 
—Soy bipolar —sugiero.
 
Sin embargo, dice que probablemente se asome a EL FINANCIERO para pedir chamba, ya que es, él, un “reformador” de los tabloides, según dice.
 
—Mi experiencia me avala —sostiene.
 
Dice que pronto nos vamos a ver, y promete poner más atención la próxima vez cuando me mire en la industria televisora.
 
—Nos volveremos a ver las caras —dice, sonriendo, y el experto funcionario periodista se aleja.
 
“Dios no lo quiera”, musito para mí, silenciosa mi voz.