Opinión

Foro de la Cineteca: redimensionando



V. EL ARRAIGO INFANTIL. En 75 habitantes, 20 casas, 300 vacas (Argentina, 2011), eminente documental sobre arte del director/guionista/productor/editor porteño de 32 años Fernando Domínguez, se narra la vida como niño refugiado en Francia del formidable pintor barcelonés-argentino hoy octogenario Nicolás Rubio por medio de sus recuerdos verbalizados en off y reconstruidos mediante la enorme cantidad de lienzos monotemáticos (600) que ha realizado durante décadas...
 
... lienzos irrealistas/realistas, falsamente naïves, en una fabulesca confluencia del pintor-artista gráfico valenciano Joaquín Sorolla y el francorruso colorista onírico Marc Chagall, todos dedicados a su estancia en Vielles, un pueblito insignificante del centro de Francia, en la Auvergne, al asentarse allí su familia tras la derrota de la guerra civil española.
 
El arraigo infantil evoca espacios idealizados por la memoria, una desaparecida cotidianidad ritualizada más que apacible (ese acarreo incesante de baldes de agua), con sus niñines en batita (también conservados en foto) y sus excéntricos tipos populares (ese matinal labriego Bonjour-Bonjour), musicalizados y sublimados por ecos de vocerío y ladridos. El arraigo infantil de ninguna manera significa una regresión a la niñez, ni un abandono a la nostalgia o la añoranza, ni un vivir sólo de recuerdos, ni una imposibilidad de reelaborar vivencias adultas, sino, muy por el contrario, una constatación excepcional de que el artista plástico Rubio jamás ha salido vivencial, visualista e imaginariamente de la infancia, pues en lo espiritual continúa residiendo en ese paraíso perdido, a cada paso reencontrado/reencantado y recontado/recantado/decantado, utilizando todo lo vivido en darle forma y seguir afinándolo, acumular experiencias y vivir sólo para configurarlo.
 
El arraigo infantil se dispara irónicamente por el olvido de un detalle que parece crucial: a propósito la dificultad para rememorar cuántas ventanas tenía la ingente casa paterna, lo que impide que se realice el milagro creativo de El sol del membrillo (el austero filme del vizcaíno Víctor Erice 92), debiendo recurrir a telefonemas (decepcionantes) en 3 idiomas (castellano, catalán, francés) y a la recepción de un envío amistoso de diapositivas improyectables, pero visualizables a trasluz contra fondos caprichosos que le añaden misterio a su incompletud, sólo para descubrir que el número efectivo de finestras aún está lamentablemente escondido, oculto tras un conjunto de árboles frontales, permaneciendo en el secreto y negando su revelación cual si se tratara de otra Hipótesis del cuadro robado (Raúl Ruiz 77), aunque compensado por una súbita fantasía cromática, gracias a una gran cadena de cadencias impresionistas, por montaje sabio.
 
Y el arraigo infantil viaja de un imaginario a otro, tanto el imaginario del canoso pintor patriarcal actuando en solitario sobre sus cuadros en proceso, incansablemente corrigiendo y recreando y diversificando y arrasando con diferente color fachadas caseras completas, como el imaginario de esas entrañables figuras autónomas, excepcionalmente intervenidas para que parezcan animarse, volar realmente, o que la nube blanca emigre levemente, superponiendo y completando un incesante imaginario memorioso-plástico a un imaginario fílmico, ritmado sobre estridentes o rasgados puntos musicales de Pablo Grinjot, hasta que su desfile de hibrideces culmine en un video documental casero, anacrónicamente llegado por correo, sobre el deterioro y las transformaciones del pueblaco, hoy por completo desidealizado, pálido, triste y deshabitado, casi espectral por banalización, divagante y amorfo, cual si se hubiese extraviado toda dimensión afectiva o real, porque su esencia, dulcemente redimensionada, ha transmigrado al arte, a su doble ultraimaginario e hiperreal que garantiza, ahora si, la eternidad unánime.
 
VI. EL TRABAJO OMINOSO. En La gloria de las prostitutas (Austria-Alemania, 2011), límite documental-ensayo shocking del comprometido y nada gratuito cineperiodista austriaco de 52 años Michael Glawogger (que también ha incursionando en la ficción llana con Slumming 00 y El espectáculo de papá 09), poco a poco va descubriéndose que el título elegido no puede ser más irónico, sarcástico, mordaz y cruel, pues aquí no se trata de ninguna gloria, sino de mostrar (y demostrar) la miseria humana más atroz a través de tres puñados de infelices sexoservidoras que laboran (y algunas habitan), concentracionariamente de facto, y a veces por decisión propia o ya por inercia, en un impersonal burdel-pecera VIP por ficha llamado El Acuario de Bangkok, en una sórdida red de callejones laberínticos de Bangladesh llamada La Ciudad del Gozo (no muy distinta del viejo Órgano) y en La Zona de Reynosa (tipo la Merced hoy), ya que, con este inmisericorde tríptico, el realizador está cerrando, además, una multinacional trilogía ominosa sobre el trabajo extremo en el mundo, que comenzó por la poco difundida Megacities (98) y prosiguió con el filme fulgurante La muerte de un trabajador (05) que parecía basado en las impactantes fotos artísticas de Sebastiao Salgado al visualizar, pero con qué colorido fauvista superior al de nuestro esclarecimiento burdelero, los cinco trabajos más peligrosos del planeta, en una archinsegura mina ucraniana, en las fumarolas de un volcán indonesio y así, que anteceden de modo puntual, sin duda y nada paradójicamente, a los equivalentes riesgos e irreversibles daños psicoexistenciales del ejercicio prostibulario.
 
El trabajo ominoso jamás aborda la prostitución como fenómeno sociopolítico ni como objeto de airada denuncia, e incluso parecería demasiado light y superficial o reticente ante los inmensos abusos consabidos (tráfico de personas, esclavitud sexual), sino como una vivencia brutal en sí, que degrada tanto a las mujeres que viven de eso como a los elitistas clientes de pago con tarjeta que lo consumen, a ras de la banqueta, del doble cristal que separa higiénica y mutuamente a las pececitas sedentes de sus usuarios comodinos, del airado jaloneo de cilíndricas rameritas a sus callejoneros clientes despistados o entre ellas, de las envilecidas avidomeretrices retacadas de crack para aguantar a sus homólogos parranderos en pick-up que escupen acres salvajadas contra sus genitales suavepresas por un rato.
 
El trabajo ominoso no retrocede ni ante el espontáneo y casi involuntario humor ácido, biliar, grotesco o negro-negrísimo de la docuficción viviseccional, como el insertar un epígrafe de Emily Dickinson para inaugurar este universo sin Dios (porque Dios envidia la capacidad humana para los Juegos) y su descenso a los infiernos, las pirujillas tailandesas rezándole a Buda a media calle, o esas lágrimas de servilleta-mofa tamaulipeca. Y el trabajo ominoso echa encima un espectáculo políticamente incorrecto que indigna, deprime y trastorna al mismo tiempo ('Uy, nosotros nos la pelamos').