Opinión

Fórmulas y recetas

Jon Favreau o el filme de receta. Hábil para manejar presupuestos monstruo (Iron Man, Iron Man 2, Cowboys & Aliens), así como mínimos recursos independientes (Made y varios telefilmes), el director Jon Favreau entrega en Chef a domicilio (2014) su film más personal; una suerte de fuga de sus filmes previos hacia algo muy terrenal: la historia del exitoso chef Casper (Favreau as himself), que no puede lidiar con el hijo de su divorcio previo con Inez (Sofía Vergara), ni tampoco con su novia Molly (Scarlett Johansson) con la que sólo parece relacionarse a través de tardías cenas que le prepara en la intimidad como sustituto de cualquier relación sexual. Disfuncional asimismo con el duro jefe Riva (Dustin Hoffman) y con sus propios sous chefs (John Leguizamo & Bobby Cannavale), renuncia en cuanto se le impide crear nuevos platillos para satisfacer al exigente glotón crítico Ramsey (Oliver Platt). Tras ponerse en ridículo por todos las redes sociales posibles, tal cual lo exige el canon contemporáneo, Casper emprende una gira por el sur de Estados Unidos a bordo de un food truck donde prepara sándwiches y cocina diversos platillos de origen cubano, inspirándose en su exesposa y en las interpretaciones de su exsuegro cantante.

Suerte de homenaje interminable a la comida por la comida misma, el filme, escrito por el propio Favreau, establece la receta de ser un buffet de diversos temas: la familia como condimento, la relación a distancia como una rara especia vital, y la aventura en el food truck como eterno platillo principal. Sin embargo, Favreau pretende en cada plano que en sus improvisaciones dramáticas y en su reiterativo trazado de ir de un lugar a otro buscando ingredientes para la comida del día, existe la sustancia de la novedad. Lo que muestra en cambio es la evidencia de la fatiga ante las fórmulas de sus blockbusters que se trasminan al facilón armado de un filme donde lo único que importa y vale es cocinar y comer a cada instante.

Michael Bay o el filme mamut de fórmula. Con habilidades suficientes para manejar presupuestos para filmes costosísimos que no pueden fracasar en taquilla, el ultra hábil Michael Bay, tras siete de años de prácticamente estar produciendo el mismo proyecto, entrega la cuarta parte del mismo: Transformers, la era de la extinción (2014), filme cada vez más largo en su metraje, que ahora narra la resurrección de autobots y decepticons, máquinas que se transforman a voluntad en vehículos y resultan ser los guardianes del planeta desde la era de los dinosaurios. Enormes entidades extraterrestres que vaya uno a saber por qué razón deben regresar a su mundo y para ello existe una nave que los recupera, con ayuda siempre de humanos bastante cooperativos como en este caso el mecánico inventor en desgracia económica Cade (Mark Wahlberg), su hija apenas postadolescente Tessa (Nicola Peltz) y, claro, los esquemáticos malvados de rigor: el malo-malo agente traidor de la CIA Harold (Kelsey Grammer) y el malo-bueno científico gandalla Joshua (Stanley Tucci).

Especie de auto-homenaje interminable a los juguetes que dieron origen a esta franquicia fílmica, el filme, escrito por el sobrevalorado guionista Ehren Kruger, cada vez se desprende más de cualquier contenido humano al hacer que los personajes simplemente corran de un lado a otro tratando de salvarse y de quedar intactos ante las constantes lluvias de metal, las explosiones insólitas y la variedad impresionante de anuncios publicitarios que pueblan cada escenario. Es así que a Bay sólo le interesa la lógica de unos juguetes demasiado gigantes que se transforman a discreción y destruyen una parte de Chicago y casi por completo Hong Kong. Filme mamut de fórmula, apuesta sólo por lo espectacular del Apocalipsis y su metamorfosis en oneroso efecto especial visual; por convertir cada momento, cada escena, cada toma en un vértigo de acciones en las que todo parece esencial, excepto la emoción y los sentimientos.