Opinión

'Food trucks', guerra y capricho de niños ricos

Si tuviéramos que hacer la lista de la cocina informal y callejera que se vende por la ciudad de México, tendríamos que incluir en primerísimo lugar tres variantes móviles que nos han acompañado durante los últimos treinta años. La primera son los “tamales calientitos”; la segunda, los camotes y plátanos fritos bañados en leche azucarada; la tercera, los elotes y esquites.

Pero a lo largo de las décadas se fueron extendiendo las propuestas callejeras de venta de comida. Algunas ganaron notoriedad, como la famosa y omnipresente camioneta color rojo quemado que en buenos barrios se estaciona en esquinas inocentes con una manta que dice “Productos Oaxaqueños”. Pero no es la única. Los jóvenes que con una corneta que emite un sonido que asemeja la onomatopeya del pato (cuac, cuac), y que venden pan dulce a porteros, albañiles y policías, son también famosos.

La ciudad de México es una paradoja. En el barrio de Polanco conviven las tiendas Louis Vuitton y Hermes con los tamales calientitos. Una manera de ver este fenómeno es a través del variopinto y alegre folclor que caracteriza a nuestra cultura. Pero otra lente nos diría que se trata de las expresiones de la informalidad más recalcitrantes.

La aparición de los food trucks en México representa un reto para enmarcar la comprensión de esta paradoja. Los individuos identificados como “hípsters” se dicen felices por la aparición de estos comercios callejeros en barrios como la Condesa o la colonia Roma. Pero yo crecí buena parte de mi niñez en la Roma y lo famoso eran las quesadillas fritas de la calle de Mérida, casi esquina con Puebla.

Los food trucks son, en alguna medida, el capricho de algunos niños ricos que habiendo estudiado gastronomía en las universidades del poniente de la capital se entusiasman con sentirse neoyorquinos mientras aparcan su incólume camioncito en la Av. Álvaro Obregón. Habrá que ver cuántos de estos chicos darán su vida y dejarán el antro para deslindarse del posicionamiento “cool” que les provee espetarle a los demás que tienen un food truck.

Pero el problema tomó otro cariz más complejo esta semana. Ahora el delegado de Cuauhtémoc Alejandro Fernández se apresta a hacer una limpieza de food trucks en su delegación, argumentando que los vecinos se oponen a su instalación y que generan inseguridad.

Llegó la guerra de los food trucks. En una esquina los niños mimados que acusan discriminación porque a ellos los está retirando la grúa y a los puestos de lámina no los tocan. En la otra los burócratas locales que por lustros han sido partícipes de los beneficios de permitir circular con libertad al de los tamales calientitos. Y en medio, de árbitro, la carente regulación.

Twitter: @SOYCarlosMota