Opinión

Flagelos de los que no se habla: todo va bien


 
 
En menos de una semana, autoridades mexicanas rescataron a 440 personas que se encontraban privadas de su libertad.
Unas estaban en manos de narcotraficantes en el municipio de Díaz Ordaz, Tamaulipas; otras, de dueños de una empresa jitomatera en San Gabriel, Jalisco.
El primer grupo estaba integrado por 165 migrantes, la mayoría centroamericanos y el resto mexicanos; el segundo, por 275 personas, entre jornaleros y sus familias, procedentes de San Luis Potosí, Veracruz, Hidalgo y Guerrero.
Más de 400 personas secuestradas masivamente. Y sin que ninguna autoridad se percatara.
Los dos rescates se debieron a denuncias. En el primer caso, por parte de los vecinos del lugar, y en el segundo por una de las víctimas, que logró escapar.
Según las primeras informaciones, la empresa jitomatera lleva el nombre de Bioparques de Occidente y, paradójicamente, en 2010 recibió un premio como empresa “socialmente responsable”.
Lo que hacía con estas familias se llama trata de personas. Las hizo llegar al sitio con engaños, las sometía a extensas jornadas de trabajo, les pagaba con vales menos de lo ofrecido y les hacía descuentos con cualquier pretexto, incluso “por castigo”. Los jornaleros y sus familias no podían salir del lugar.
Mano de obra esclavizada. Las utilidades por encima de cualquier principio. Trabajo gratuito para el enriquecimiento sin escrúpulos.
A los migrantes, por otra parte, se les retenía con propósitos de extorsión. Debían dar el número telefónico de sus familiares en Estados Unidos a los que exigían miles de dólares a cambio de su libertad. Historia conocida y sin embargo vigente, reiterada, una y otra vez, desde 2007, cuando se detectaron los primeros secuestros de migrantes.
Como los delitos en contra de éstos llevan años y como la trata de personas se ha extendido y multiplicado, puede asegurarse que ahora mismo, en nuestro vasto territorio nacional, hay migrantes secuestrados y trabajadores retenidos por fuerza en algún lugar, algunos lugares, muchos lugares.
Permítame el lector un relato personal: hace unos días, con motivo de la publicación de mi libro Amarás a Dios sobre todas las cosas, (Tusquets Editores, 2013), que narra la odisea de los migrantes centroamericanos en su paso por México, un periodista me preguntó cómo le había hecho para imaginar los detalles con que se realizan los secuestros de migrantes, así como la extrema crueldad a la que son sometidos.
Tuve que decirle que no había imaginado nada, que todo era producto de testimonios de migrantes que habían padecido esta durísima experiencia. Y agregué que, infortunadamente, lo relatado en la novela no se refiere a un remoto pasado o a un país lejano, sino al México de hoy.
En este momento, le dije, en varios puntos del país hay migrantes secuestrados, sufriendo lo inimaginable, el extremo de la crueldad humana, en la indefensión absoluta.
No se trataba de una suposición ni de un alarde de adivinación. Es así, subrayé.
Ese día el Ejército rescató a 165 migrantes en Tamaulipas. ¿Cuántos seres humanos, en este momento, en este país, se encuentran secuestrados o son explotados por la delincuencia?
Pero de esto no hablan las autoridades. Dicen que todo va bien.