Opinión

Finalmente, ahí viene
el crecimiento

Esta semana participé en un encuentro con la Asociación de Empresarios Mexicanos de Estados Unidos en la Ciudad de México, y me quedó clara la enorme diferencia de percepción que hay entre quienes vemos a México desde afuera y quienes lo ven de adentro. De ninguna manera digo que una percepción sea mejor o peor que la otra, pero me queda claro que cuando uno ve a México desde afuera, se tiene el privilegio de la comparación.

Mientras nuestro país hace reformas estructurales –buenas, regulares y malas- nuestros principales competidores parecen estancarse por motivos diferentes. El Mundial de futbol es una vitrina que favorece poco a la imagen de Brasil, que parece un país burocrático, complicado, corrupto, con infraestructura deficiente, y con problemas que distan mucho de reflejar la promesa que los inversionistas internacionales creyeron.

Chile ha pasado de ser la chica guapa del barrio a, en cuestión de minutos, amenazar con políticas populistas claramente de izquierda que están provocando un éxodo masivo de conglomerados empresariales internacionales. Rusia se define como una cleptocracia zarista y China da muestras crecientes de un proceso de desaceleración de pronóstico reservado.

Aún el más escéptico con respecto a México no puede ignorar los 380 mil millones de dólares que México exportó el año pasado, cuatro de cada cinco de éstos en manufacturas. El porcentaje de exportaciones de manufacturas de media y alta tecnología es el tercero más alto del mundo (16.7 por ciento), sólo superado por Corea del Sur (28.9 por ciento) y Alemania (24.8 por ciento), pero mayor al de China, Francia o Estados Unidos.

El nivel de reservas internacionales está en su punto máximo, con 186 mil millones de dólares, mientras que la inflación está totalmente bajo control, como lo ha estado los últimos 20 años, 3.97 por ciento en 2013. Sigue haciendo falta crecimiento. Veremos que éste arranca en el segundo semestre. La reforma energética de México cambia radicalmente el potencial del país. Para inversionistas internacionales, éste es bienvenido, pero su paciencia será limitada.

Claramente, parte del atractivo de México proviene de estar en el barrio correcto. Parte importante de la apuesta está en la idea, que comparto, de que la economía dominante del mundo seguirá siendo la estadounidense. Ésta ha sido afectada en los años recientes por un proceso de desendeudamiento de las familias estadounidenses, que han reducido sus niveles de consumo. Éste está avanzando y gradualmente recuperarán su potencial, fuertemente impulsados por su extraordinaria producción de energía. Nuestro país se suma al afortunado proceso que hará a América del Norte el gran proveedor de energía del mundo.

La transformación no es una ilusión. En 2013, Estados Unidos exportó más petróleo, gas natural y petroquímicos que productos agrícolas, equipo de transporte o bienes de capital. Pasó de ser importador neto de 2 millones de barriles diarios de petróleo en 2008 a exportar más diésel y turbosina que Rusia. En 2015, exportará más petroquímicos que Arabia Saudita. La producción de gas ha crecido tanto que la diferencia en precios entre petróleo y gas, que tradicionalmente era de 7 a 1, ahora es de 20 a 1. A estos precios, la generación de electricidad se abarata y hace viables industrias intensivas en uso de energía, como la del acero, aluminio, la química y otras. Ya un millón de estadounidenses trabajan en la industria de gas y petróleo.

Pero, además, nuestra reforma abre la posibilidad de que México aproveche las ventajas de costo de nuestro vecino. Nos permite ser potencialmente competitivos, conforme se le permita a la industria hacerse de energía en mercados abiertos e incluso importarla, si hace sentido, o producirla y vender los excedentes, si así lo deciden.

Pero tan importante como es, la reforma energética no es más que un medio que hace factibles otras transformaciones indispensables. Los grandes retos están por venir y estamos muy lejos de estar listos para enfrentarlos. El mundo envejece y eventualmente México lo hará también. En los próximos 20 años se duplicará la población mundial de más de 65 años, pasará de 600 a mil 100 millones.

El bono demográfico de México simplemente significa que la población en edad de trabajar es hoy mayor que la suma de jóvenes que aún no trabajan y viejos retirados. Pero, eventualmente, nosotros también envejeceremos. La calidad de vida que tendremos dependerá de cómo eduquemos hoy a los jóvenes y qué infraestructura desarrollemos. Países como Corea del Sur tuvieron enorme éxito en ese proceso, lo cual potenció el crecimiento económico conforme la población envejeció. México no lo está haciendo.

La reforma energética de México da la oportunidad de que el país desarrolle su potencial y saque del subsuelo productos que tendrán que ser transformados eficientemente en infraestructura y capital humano que den prosperidad a generaciones futuras. Estamos, todavía, lejos de plantar las semillas para lograrlo. Pero tenemos una oportunidad que antes no existía.

Correo: @jorgesuarezv