Opinión

Fin de ciclo y terapia

   
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Freud y el siglo XX.

“Estás en la tierra, no hay cura para eso”
(Final de partida, Samuel Beckett)

Durante este año que casi concluye, he sido testigo de las vidas de muchas personas. Sería impreciso si dijera que amo mi trabajo sin agregar que también me atormenta. Porque escuchar los relatos íntimos de las vidas de los otros, es un ejercicio de empatía y humanidad, pero también de contradicción: cómo hacer para transmitir sin que se convierta en desesperanza, que la vida del inconsciente define más decisiones de las que nos gustarían, cómo acompañar el dolor de las pérdidas, de la dificultad para amar, de los rasgos de la personalidad que algunos quisieran arrancarse como si se pudiera cambiar de piel.

No hace falta ser psicoanalista para estar de acuerdo con muchas de sus aportaciones, cuyo valor fundamental es que no han intentado, en su mejor versión, sustituir dogmas con dogmas. Si acaso, dejar claros algunos asuntos, como que aunque Darwin afirmó que venimos a la vida a luchar por la sobrevivencia, Freud agregó que a veces parece que venimos a destruirnos, porque existe algo siniestro que llamó “instinto de muerte”, verificable en las muchas formas de masoquismo que la gente practica a diario. Búsquedas frenéticas del placer en todas sus presentaciones, llevan a las personas al consumo de sustancias y de personas, poniéndose al filo de la muerte, muchas veces sin darse cuenta.

Porque somos animales ambivalentes sobre nosotros y sobre nuestros deseos. Sobre el amor, sobre la ciencia, ambivalentes sobre la ambivalencia, odiamos lo que amamos, no tenemos sentimientos encontrados sino opuestos.

Los descubrimientos del psicoanálisis, que pueden utilizarse en cualquier terapia que yo respete (muchas me parecen poco respetables), son aterradores porque nos exponen al hecho de que no existe una cura recetable y verificable en sus resultados para todos los dolores que aquejan a los seres humanos.

Freud se preocupó por encima de todas las cosas, sobre lo impredecible. Sobre el impredecible efecto que tenemos sobre los otros y sobre nosotros mismos.

Nada tiene que ver esta visión con la idea tradicional del modelo médico sobre la cura. No nos podemos curar de nada y aceptarlo enloquece a muchos, pero tranquiliza a otros. Porque una de las muchas contradicciones que atraviesan la vida toda, es que así como es importante que nos adaptemos para sobrevivir, también es importante que seamos capaces de convertir nuestros deseos en realidades viables. Nadie puede vivir frustrando todos los deseos.

Nadie puede alcanzarlos todos. Nadie puede sobrevivir oponiéndose a todo lo que no forme parte de su deseo o de su visión del mundo. Cómo hacer compatible adaptación y deseo es uno de los dilemas permanentes del vivir.

No existe un ser completo ni totalmente sano. Por eso la idea de sanarse tiene algo de ingenua, porque parte de la creencia de que en algún punto del camino perdimos al todo sano que alguna vez fuimos. Pero nunca lo fuimos.

Ana decidió terminar una relación amorosa que hace tiempo dejó de significar amor y se convirtió en lágrimas y desesperación cotidiana. Hablamos decenas de veces sobre lo que ella describe como tendencias masoquistas, que la hacen correr hacia el peligro en lugar de huir. Un día corta lazos con el hombre al que tanto amó y al que ahora odia por traicionarla. Ana lo ama y lo odia. Quiere dejarlo pero no quiere dejarlo. Decide terminar pero no está segura de poder hacerlo. Solo lo intentará.

Jaime siente total indiferencia por sus padres. Sus heridas de infancia son mucho más profundas de lo que reconoce. Su discurso es súper racional y dice que ni los ama ni los odia, que ni siquiera recuerda que lo hayan tratado tan mal ni abandonado tanto. Su síntoma es la indiferencia por el destino de su padre y de su madre. Ni siquiera estaba seguro cuando comenzó la terapia, de querer que las cosas cambiaran. Jaime ignora que su inconsciente se manifiesta en el síntoma de la frialdad, que quizá encubre rencor, odio y amor contenido. Para él la cura se parece más a aceptar que hay sentimientos que no puede obligarse y dejar de sentir culpa por ello.

La terapia no se trata de curarse sino de encontrar nuevas formas de vivir. Tampoco es prometerle a la gente que se va a mejorar, pero sí ofrecerle un espacio para cuestionar certezas, verdades estereotipadas, versiones pobres sobre sus vidas. En terapia, se cuestiona el significado de palabras como confianza, curiosidad, integridad, honestidad, bondad y nada queda sin ser cuestionado.

La terapia de orientación psicoanalítica solamente es para aquellos que la encuentran conmovedora, iluminadora, reveladora, entretenida, emocionante, útil y reconfortante.

Sólo es para aquellos que no quieren respuestas categóricas para ninguna de sus preguntas y que son capaces de tolerar la contradicción irremediable de existir.

(basado en Psychoanalysis; Is it Worth it?, Adam Phillips, One way or another, Penguin Books, 2013)

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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