Opinión

Fijaciones

1
   

   

La tarde de este jueves fue ultimado a balazos el síndico de Tzitzio en Michoacán. (Archivo/Cuartoscuro)

“Cuando los hechos cambian, cambio mi opinión. ¿O qué hace usted?” Una frase de este tipo se atribuye a Keynes, aunque la evidencia más clara apunta a Samuelson. No importa mucho quién la dijo, me parece, sino la frase en sí misma. Pensar no es una actividad sencilla, de forma que los seres humanos tratamos de no hacerlo. De ahí la existencia de muchas “reglas de dedo” o “heurísticos”, que evitan realizar cálculos o pensar demasiado. También de ahí viene la tendencia a etiquetar a las personas, a caer en estereotipos, a generalizar.

Pero hay un caso que me parece ahora de la mayor importancia y es la dificultad que tienen muchos de entender los cambios. Por ejemplo, una gran cantidad de personas insiste en que la pobreza en el mundo aumenta, cuando toda la información indica lo contrario. Bastaría con revisarla, pero eso exige trabajo. No sólo para buscar la información, sino para tratar de entender el cambio, y por lo tanto modificar nuestras creencias.

Ya comentamos aquí la Constitución de la Ciudad de México. Era una idea muy importante de la izquierda en 1988, que redujo su importancia a partir de 1997, y que ahora puede resultar mucho más perjudicial que benéfica. Pero eso exigiría revisar las creencias, y eso es muy complicado, de forma que en todas las reformas políticas desde 1990 la izquierda siguió pidiendo su constitución para el Distrito Federal. Se la dieron por aburrimiento, y lo pagaremos los que vivimos acá.

Otro caso más reciente es la posición de los activistas de derechos humanos. El crecimiento de este tema, en los años setenta, se asociaba con un gobierno autoritario en México y dictaduras en buena parte de América Latina. Eran estados muy fuertes, abusivos, que no era fácil enfrentar, y que asesinaron o desaparecieron personas con frecuencia. El tránsito a la democracia desde fines de los ochenta fue cambiando las cosas. No sólo terminó la Guerra Fría, y con ella las ilusiones del comunismo, sino que los estados debieron reformarse. En el proceso, todos perdieron fuerza, y algunos acabaron realmente muy débiles. Ése es nuestro caso.

En los años setenta en México había un sistema autoritario que concentraba todo el poder en una sola persona, y en el que no se utilizaba la ley para prácticamente nada. Era el presidente el que decidía todo lo importante, y lo que no lo era tanto era decidido por delegados suyos: gobernadores, secretarios, comandantes. Eso acabó en 1997, cuando la pérdida del control de la Cámara de Diputados dejó al presidente sin poder alguno. Desde entonces, el presidente no manda. Los llamados poderes fácticos se liberaron: sindicatos, empresarios oligopólicos, gobernadores, legisladores, y también el crimen organizado.

El problema más importante que tiene México hoy en materia de seguridad y justicia, la falta de Estado de derecho, es precisamente resultado directo de la debilidad del Estado. Fue esa debilidad la que llevó a usar a las Fuerzas Armadas en labores policiales, y es esa debilidad la que se refleja en una gran incapacidad y corrupción, y en los abusos y torturas que se han documentado.

El grave problema que tenemos es que no hay forma de imponer la ley, y por eso los criminales controlan Tamaulipas, o Guerrero, o buena parte de Veracruz, o fragmentos de Michoacán y del Estado de México, y no hay manera de impedirlo. El Estado no tiene fuerza, es un Estado débil. Y por eso las quejas no sólo no resuelven nada, al revés. No fue el Estado, fue su ausencia. Vea usted: sin Estado, los derechos humanos no pueden defenderse.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter:
@macariomx

También te puede interesar:
Reformas y legado
Estado y derechos humanos
Otro rato