Opinión

Fiesta de pensamientos

 
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Hay Festival

El domingo terminó en Querétaro una edición más del Hay Festival, iniciativa que surgió hace casi 30 años en Hay-on-Wye, una pequeña ciudad de Gales conocida por su afición a los libros, y que desde ahí se ha esparcido por el mundo, llevando a las distintas ciudades donde se celebra —Segovia, Kerala, Beirut, Cartagena, Arequipa— a poetas, narradores, científicos, periodistas, músicos, artistas gráficos y pensadores de distinto corte, pero de indudable calidad, a exponer y discutir sus ideas, teniendo como horizonte los principales temas y problemas que aquejan a sociedades e individuos.

En México, el Hay Festival cumplió siete años. Comenzó en Zacatecas, luego migró a Xalapa por tres años, para después celebrarse de manera un poco atrabancada en la Ciudad de México, y a la postre asentarse con paso firme en Querétaro, ciudad en la que lleva ya dos ediciones, que prometen convertirse en muchas más.

Durante cuatro días, la ciudad del bajío fue sede de más de 60 eventos en los que se habló del origen del universo y las estrellas, de la Tierra y su naturaleza, de los cambios en su clima, derivados de siglos de explotación descuidada de sus recursos, de la realidad política en el mundo y en nuestro país; del crimen organizado, del desencanto en torno a la democracia, de la concepción actual del tiempo como algo hiperacelerado, de la represión en la Rusia de Putin, de la historia de América Latina, de cómo ejercer el periodismo en la época de la posverdad y, sobre todo, de literatura, de cómo escribir y contar buenas historias, historias pertinentes, que nos ayuden a entendernos como seres humanos y a entender al mundo que nos rodea, historias que al fin y al cabo nos permiten conectarnos con otros seres, algunos inexistentes, que tras deambular durante años en la mente de algunas personas, son convertidos en letras impresas sobre un papel que, al ser leídas por alguien más, les otorgan nueva vida, una vida susceptible de manifestarse de formas insospechadas y de extenderse por los siglos de los siglos. Como la de los dioses, como la de los antiguos héroes mitológicos.

Cuatro días de recintos y plazas llenos para escuchar alguna charla, algún concierto. Para contraponer las ideas de otros a las de uno, para poner nuestros presupuestos en duda, para abrir la mente a los demás y enriquecerla con sus planteamientos, para llevar a casa los libros de aquellos que nos causaron interés y adentrarnos en ellos más lentamente y con mayor detalle. En suma, para pensar e imaginar mundos nuevos, propios y colectivos. Allí, en las mismas calles estrechas donde hace poco más de 200 años se cocinara la idea de un México independiente.

Muchos motivos para celebrar, pues. Y es que el Hay Festival es eso, una fiesta de las letras y el pensamiento en la que caben todos, sin importar nacionalidad, credo, ideología, edad, color de piel, género o preferencia sexual. Todos, asistentes incluidos, tienen la oportunidad de manifestar lo que piensan o cuestionar lo que piensan los demás, y enriquecerse a partir del diálogo y la discusión. Así que larga vida a esta iniciativa que —objetada por algunos, aplaudida por otros— constituye un aporte importante a la vida cultural de la ciudad, a la del país, y a las posibilidades de transformación de éste y de uno mismo.

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