Opinión

Fidel, el priista cubano

   
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Fidel Castro

“Los héroes mueren jóvenes”, reza un famoso dicho. No fue el caso de Fidel Castro. La historia es benigna con muchos, pero a otros se encarga de aventarlos de sus manos y dejarlos a la suerte del tiempo 
–que no suele ser benigno–. Fue un personaje singular del siglo XX. Antes de caer en la enfermedad que lo postró hace diez años era quizá el político más atractivo de América Latina.

Nunca fui su fan, pero no se puede negar su lugar en la historia. Un lugar que ha quedado cubierto de polvo, con olor a rancio. Enamorado de sí mismo, Fidel fue incapaz de dejar el poder, y el tiempo lo convirtió en un viejo y en un desastre en qué quedó su ímpetu juvenil, su ansia revolucionaria, su obstinación en ser una isla. Combinó la inteligencia y el talento con el arrojo. Leyó los tiempos de la comunicación perfectamente, sabía que el control de su éxito y permanencia estaba ahí, en el control del mensaje, no sólo el propio sino –sobretodo– el de los demás. Castro fue un dictador. Amó el poder por sobre todas las cosas. Nunca creí que tuviera dinero como se dice por ahí. Castro fue un dictador como lo fue cualquier otro: Somoza, Chávez y los demás.
Pero lo diferenciaban tres cosas: su enorme talento político, su inquietud por la cultura y su desapego al dinero. Fuera de eso, también lo rodean crímenes innumerables, traiciones, terror, homofobia, violencia, soberbia y necedad.

Tuvo una relación entrañable con México según dicen muchos. A mí me parece que su relación entrañable fue con el PRI. Él era un gran priista.

Se acabó el PRI y se acabó lo entrañable. Volvió el PRI, pero Fidel ya no estaba. Ya no era ese personaje encantador, amenazante. Hay que decir que no sólo controlaba a la prensa de Cuba –algo muy sencillo de controlar porque nomás es el gobierno el comunicador–, también controlaba un gran porcentaje de la prensa mexicana. Bastaba un guiño de Fidel contra algún político mexicano para que la prensa nacional la emprendiera contra su compatriota. La palabra de Fidel no era cuestionable. Y, claro, nuestra prensa influía en nuestra veleidosa e ignorante clase política –de todos los partidos, por ejemplo el panista Javier Corral se comportaba como verdadero lacayo del dictador cubano a cambio de alguna conversación y vida loca–, que prefería participar en el linchamiento del nacional que en el del dictador de la isla.

En ese sentido me pareció singularmente estelar el papel que desempeñó Jorge Castañeda como canciller de Fox en un pleito con el gobierno cubano. Castañeda defendió a la democracia y al gobierno como debía ser, aguantó los embates del entonces canciller cubano Felipe Pérez Roque –hoy desaparecido por cierto– que incluía vulgaridades como la de que usaba camisas de “colores afeminados”. Contestarle a los cubanos, decirles “ardidos”, le ganó la animadversión de la prensa mexicana –tampoco había que hacer mucho esfuerzo–, pero dio muestras de cómo defenderse de una fuerza –esa sí– extranjera que nunca dejó de hacer política en nuestro país. Fidel mandaba allá y también acá.

Los héroes mueren de pie, reza otro dicho. Fidel Castro murió en una cama, vencido por la edad, que le dio el tiempo para observar su ruina personal y política.

Twitter: @JuanIZavala

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