Vuelo turbulento
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Vuelo turbulento

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Vuelo turbulento

09/11/2018

Pese a que varias encuestas anticipaban el triunfo de la opción Texcoco, sorpresa y estupor fueron las reacciones luego de la consulta de fines de octubre para decidir el futuro del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM); si se continuaba la construcción o bien, se optaba por la habilitación de la base militar de Santa Lucía, el actual aeropuerto y el de Toluca.

El Presidente Electo informó que la “decisión racional, democrática” de los ciudadanos por desechar el NAIM ahorraría 100 mil millones de pesos y que su gobierno no iba a “estar al servicio de una minoría”. Concluyó señalando que la decisión (más política que técnica) la tomó el pueblo.

La incertidumbre generada en los mercados financieros derivó en nerviosismo.

Las calificadoras Fitch Ratings y HR Ratings cambiaron la perspectiva de la deuda soberana del país de “estable” a “negativa” y Moody’s mantuvo sin cambio su perspectiva y advirtió que la decisión mandaba una señal de “incertidumbre”.

No es fácil asimilar una noticia de esta magnitud. Cancelar la obra de infraestructura más importante del país va a representar un costo de casi 110 mil millones de pesos, estimación que contempla lo ya invertido, lo ya cimentado y el avance de la obra (30%). En su momento, en el IMEF sostuvimos que la consulta era un instrumento para evaluar la continuidad del proyecto de Texcoco, pero no tendría que haber sido el único.

De acuerdo con las mejores prácticas de administración financiera, la evaluación de proyectos contempla aspectos técnicos, económicos, sociales y legales, entre otros. Lo anterior adquiere mayor relevancia ante el hecho de que todavía no existe un proyecto acabado para el uso de la base de Santa Lucía, misma que cuenta con el rechazo de los propios pobladores de la zona.

A juicio del IMEF, es preocupante la cancelación del nuevo aeropuerto. La señal enviada a los inversionistas es, en efecto, de incertidumbre. Sin lugar a dudas, los mercados financieros no mandan al Estado. Se trata de la suma de inversionistas, personas e instituciones, que buscan maximizar sus rendimientos en un ambiente de confianza y certidumbre. México compite con otras naciones por atraer capitales y para ello necesita generar confianza, sobre todo en momentos coyunturales, como la llegada de un nuevo gobierno a Brasil, con una visión de apertura a las inversiones, razón de peso que puede restar atractivo a nuestro país.

Como era de esperarse, los inversionistas están atentos a otras decisiones de la administración entrante. Si perciben incertidumbre reaccionarán de forma negativa provocando volatilidad y altas tasas de interés. Lo que quieren es rendimientos en un ambiente de confianza.

El nuevo gobierno contuvo la crisis, creando un grupo de contacto de alto nivel con los empresarios y reuniéndose con los contratistas del NAIM a fin de ofrecerles participación en los proyectos y, según parece, dándoles garantías sobre el cumplimiento de las cláusulas de terminación anticipada de sus contratos.

Por ahora, se evitó una escalada de conflictos entre el gobierno y el sector privado. Una vez remontada la turbulencia, que llevó a pérdidas de hasta 4.21% del peso respecto al dólar y una caída de la BMV de poco más de 4%, los mercados se tranquilizaron. La Bolsa subió entre el 30 de octubre y el 6 de noviembre 6.4% y el alza del dólar retrocedió para llegar a 3.7% ese día.

Sobre el futuro inmediato de la economía, coincidimos con lo señalado por Enrique Quintana en estas páginas, “en buena medida el comportamiento de los siguientes meses dependerá de lo que suceda con las señales relativas al Paquete Económico, al Presupuesto… y a Pemex”. A estos factores, podemos sumar el impacto que tendrán factores externos como el resultado de las recientes elecciones en Estados Unidos.

El margen de maniobra no es, pues, muy amplio, y se espera vuelo con turbulencia. Como siempre, el IMEF estará atento y ofreciendo propuestas integrales para un trayecto seguro por los aires de la economía.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.