¿Qué tan malo puede ser un gobierno populista?
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¿Qué tan malo puede ser un gobierno populista?

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¿Qué tan malo puede ser un gobierno populista?

18/06/2018
Actualización 18/06/2018 - 10:52

La gran ola democrática de 1989 terminó con la crisis financiera de 2008. El mundo entero, pero, sobre todo, los más jóvenes –la generación millennial– identificaron la democracia con la corrupción.

La libertad, en este caso bajo la forma de una muy mala regulación en el sector hipotecario estadounidense, permitió el robo, el engaño, además de que propició una enorme desigualdad. Dado que el ideal socialista ya no era funcional en el nuevo siglo, la lucha contra la democracia liberal y el capitalismo adoptó un nuevo rostro viejo: el populismo, que asumió dos banderas: la lucha contra la corrupción y el combate contra la desigualdad.

Andrés Manuel López Obrador, el candidato populista, no es un fenómeno aislado, local. Actualmente hay más de 60 países en donde el populismo ya tomó el poder o está en proceso de tomarlo. Se trata de una tendencia mundial. Un nuevo capítulo en el enfrentamiento entre la revolución y la democracia, entre el liberalismo y el socialismo.

El populismo se dice democrático porque atiende de forma directa las necesidades del pueblo. Pero no nos engañemos: el populismo es uno de los rostros del fascismo. El fascismo populista –nazi en Alemania, fascista en Italia y soviético en Rusia– no desapareció con la Segunda Guerra Mundial. Pervivió latente en la política como rencor social. El fascismo capitaliza los peores sentimientos públicos: el resentimiento social, el odio, la xenofobia, el deseo de poder y el miedo. El populismo es la expresión actual del fascismo.

No buscará resolver los problemas sociales porque necesita un clima de injusticia y miedo para mantener una atmósfera de odio y vilipendio. El movimiento populista descansa en la fe de un líder redentor, que hará lo que sea para incrementar el apoyo de las masas y así movilizarlas. No debemos permitir que el resentimiento se adueñe de la política.

¿Cómo llegamos aquí? Aumentó la corrupción, la impunidad y la desigualdad. No se combatió con eficacia la inseguridad. Este punto es primordial. La gente tiene miedo y eso hace que busque refugio en el Estado, en soluciones fáciles, como la amnistía a los delincuentes. La gente siente la necesidad de creer. Las soluciones liberales llevaron a la gente a buscar la protección estatista.

¿Qué tan malo puede ser un gobierno populista? Tenemos –eso pensamos– instituciones relativamente fuertes. El problema es que el enfrentamiento que tendrá contra las instituciones no se hará sólo por los canales institucionales, para eso sirve el movimiento (de Regeneración Nacional) que lo está llevando al poder. Un movimiento que López Obrador lleva organizando una década, que no se disolverá con su probable triunfo y que servirá para movilizarlo, si es necesario, contra las instituciones. La estrategia será: democracia en los recintos institucionales y movilizaciones en la calle, alentadas desde el poder. Su política no se basará en el amor y la reconciliación, sino en el resentimiento social. Si no estás conmigo, eres mi enemigo. Así lo ha sido hasta ahora: estás conmigo o eres de la mafia del poder, ¿por qué habríamos de pensar que va de pronto a transformarse?

Hace unas semanas López Obrador hizo un anuncio. Un grupo de expertos –nos enteramos entonces– está trabajando en un nuevo tribunal constitucional, del que muy pocos han oído. En los hechos, este tribunal tendrá atribuciones mayores aun a las que tiene la Suprema Corte de Justicia. También anunció la creación de un nuevo órgano constituyente encargado de redactar una 'constitución moral'. Un Congreso constituyente que podría terminar sustituyendo al Congreso actual. Es muy probable que López Obrador intentará controlar a mediano y largo plazos los medios de comunicación.

¿Qué hacer? Antes de las elecciones: sumar fuerzas, promover el voto útil, mostrar su talante autoritario. Y si gana, debemos vigilar de forma cuidadosa los movimientos del próximo gobierno a través de la lupa ciudadana, pero también revisar autocríticamente la idea liberal, su oferta social. El liberalismo debe recuperar la noción del 'nosotros', en esta época de individualismo extremo.

La democracia desde su origen mostró sus defectos: no gobiernan los mejores, se presta al fraude, propicia la injusticia. Las masas son volubles, manipulables, supersticiosas. Sin embargo, la democracia es un sistema que coloca la libertad de elegir por encima de todo. La democracia no sirve para remediar los problemas económicos ni la desigualdad ni la injusticia. Básicamente es un sistema que sirve para transferir el poder pacíficamente. La democracia conjuga todo: lo bueno y lo malo, como el corazón del hombre. La democracia no tiene destino, la historia no tiene guion. Nos toca construirlo. Nos toca dotarlo de contenido.

A unos días de la contienda electoral debemos reflexionar qué se pierde y qué se gana. En el entendido de que, nos guste o no el resultado de la justa, lo decisivo, lo realmente importante es votar y defender el resultado de la elección. Seguir con la construcción de la democracia. Sin descanso.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.