Por amor a la precisión intelectual
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Por amor a la precisión intelectual

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Por amor a la precisión intelectual

30/07/2018
Actualización 30/07/2018 - 15:26

Al año siguiente de la caída del Muro de Berlín –agosto y septiembre de 1990–, Octavio Paz organizó un encuentro de intelectuales al cual llamó 'La experiencia de la libertad'. Fue un encuentro plural y polémico, tanto que, habiéndose planeado su transmisión por un canal de cable, a los pocos días tuvo que mudarse a la televisión abierta. Fue ahí, frente a millones de espectadores, que Octavio Paz y Mario Vargas Llosa protagonizaron un breve intercambio verbal que hoy puede verse en YouTube.

La mesa que los reunió llevaba por título 'Del comunismo a la sociedad abierta'. Compartieron su experiencia de ese tránsito el historiador Bronislaw Geremek y el editor Adam Michnik, ambos polacos y protagonistas de primera línea de Solidaridad; el periodista ruso Vitaly Korotich y la socióloga húngara Agnes Heller. Escritores latinoamericanos –Octavio Paz, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa– comentaron a su vez los esfuerzos por consolidar la democracia en nuestros países.

Fue muy notorio en esa mesa de discusión que los autores que provenían de detrás de la Cortina de Hierro hacían una defensa vehemente de la democracia, de la libertad y del libre mercado. Después de décadas de vivir bajo el dominio soviético, los intelectuales del deshielo vivían la transición con mucha intensidad. Es curioso, o más bien sintomático, que los países de donde provenían estos entusiastas demócratas –Polonia, Hungría y Rusia– hayan sucumbido, treinta años después, ante los embates de gobiernos populistas, que es el nombre que ha adoptado el colectivismo en nuestros días.

¿Está ocurriendo eso mismo en México? ¿Cómo explicar el hecho de que, veinte años después de haber alcanzado la democracia, le hayamos entregado un poder casi absoluto, sin contrapesos, a una sola persona? Una explicación a esto es la que ofrece el intercambio de ideas llevado a cabo hace casi treinta años entre Paz y Vargas Llosa. Ante el entusiasmo de los intelectuales del Este con la libertad, Vargas Llosa señalaba que “en América Latina los intelectuales no han dado esa batalla cultural para crear el entusiasmo y la convicción popular a favor de la cultura de la libertad”. Ni entonces, ni ahora, los intelectuales liberales han sido capaces de mostrar que la democracia puede ser siempre perfeccionada. “Si los intelectuales no conseguimos que las democracias se moralicen, se vuelvan eficientes y traigan prosperidad y justicia social, estas democracias pueden desplomarse”.

¿Por qué mencionar que nuestra democracia puede desplomarse justo cuando para millones de personas la democracia por fin comenzó a funcionar? Porque, paradójicamente, millones de mexicanos ejercieron su libertad otorgándole a una sola persona el control político del país, haciendo posible que ese poder –sin límites– se ejerza con autoritarismo. El poder no modera. El poder absoluto tiende siempre a ejercerse absolutamente.

Un elemento crucial: para mitigar ese poder absoluto deben garantizarse los espacios de crítica y opinión. No hay democracia sin crítica. Es indispensable la existencia de revistas, periódicos, estaciones de radio y canales de televisión independientes. Es necesario garantizar el pluralismo e impedir que se imponga el monopolio de una verdad única. “La democracia –sostiene Vargas Llosa en el 'Encuentro Vuelta'– ha demostrado su superioridad sobre los otros sistemas por haber encontrado mecanismos capaces de crear y controlar al poder, que ningún poder pueda avasallar a los demás”.

Para Octavio Paz, México se distinguía de Latinoamérica en el siglo XX porque aquí no habíamos padecido dictaduras militares. “Hemos tenido –decía Paz– la hegemonía de un partido (…) este partido no ha suprimido la libertad en México, pero sí la ha manipulado y controlado”. Vargas Llosa no estuvo de acuerdo: “México es la dictadura perfecta. Es una dictadura de tal modo camuflada que llega a parecer que no lo es, pero que de hecho tiene todas las características de una dictadura (…) [sostenida por] un partido que es inamovible, que concede suficiente espacio para la crítica en la medida que esa crítica le sirve; un partido que suprime por todos los medios, inclusive los peores, aquella crítica que de alguna manera pone en peligro su permanencia”. Contrarreplicó Octavio Paz, “por amor a la precisión intelectual”, para reafirmar que México no era una dictadura sino “un sistema hegemónico de dominación de un partido”.

La diferencia es fundamental. El sistema hegemónico de un partido permite las libertades, encaja dentro de la tradición política mexicana de dominación autoritaria. La dictadura, con su componente militar, es otra cosa: suprime en su totalidad los contrapesos, la crítica y la libertad de expresión. Por “amor a la precisión intelectual”, debo decir que nos aproximamos, o más bien regresamos, a ese modelo de dominación hegemónica. Esperemos que no tome el rumbo de “la dictadura perfecta”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.