Nadie llorará su muerte
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Nadie llorará su muerte

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Nadie llorará su muerte

05/03/2018
Actualización 05/03/2018 - 19:14

¿Cuándo comenzó a hablarse del fin del PRI? En 1975, Gabriel Zaid le preguntó a Daniel Cosío Vellegas si veía el fin del PRI y para cuándo. “Tenemos PRI para rato”, respondió el historiador.

Un año después, en febrero de 1976, el editor y escritor Armando Ayala Anguiano se imaginó lo inimaginable. Publicó en la revista Contenido, El día que perdió el PRI, una novela en la que un ayatola panista encabeza una revuelta contra la corrupción que termina violentamente con el sistema impuesto por el PRI. Según Ayala Anguiano, la idea le vino “de las ganas de creer en la posibilidad de que algún día llegara a su fin un régimen irregenerable que está cubriendo de ignominia al pueblo mexicano”. A pesar de que ese número de Contenido vendió cientos de miles de ejemplares, el sistema siguió tan campante. Fue la primera llamada.

Casi diez años después, en junio de 1985, la revista Vuelta publicó un número notable titulado PRI: Hora cumplida. “Nos llovieron ataques de gente que no quería ni pensar en algo tan horrible, y hasta una declaración presidencial a ocho columnas” (Gabriel Zaid, Adiós al PRI, Océano, 1995; un libro que debería reeditarse). Los ataques no desmoralizaron a los autores –Paz, Zaid, Krauze– de los textos de ese número audaz, por el contrario. Dice Zaid: “La vehemencia hostil me alegró. Parecía la única manera (por entonces) de que el fin del PRI se volviera pensable”.

Octavio Paz hizo, en ese ejemplar de Vuelta, un notable repaso histórico. “El PRI ha dado estabilidad al país y, así, ha hecho posible su desarrollo, por más desigual y defectuoso que haya sido éste”. Luces y sombras. “El PRI –continúa Paz– ha sido el gran canal de la movilidad social. Al mismo tiempo ha inmovilizado nuestra vida política y no ha vacilado en usar la fuerza y la represión para conservar el poder. Su influencia ha sido determinante en la corrupción que padecemos”. Remataba Paz su reflexión: “Tenemos que acabar con todo esto. El único camino para lograrlo es la democracia”.

En ese número de Vuelta, Gabriel Zaid publicó sus Escenarios sobre el fin del PRI. En uno de ellos, proféticamente, escribió: “Un terremoto que acabara con la Ciudad de México podría acabar con el PRI”. Enrique Krauze, por su parte, terminaba su texto, titulado Ecos porfirianos, con la siguiente admonición: “El gobierno tiene una sola forma de aprovechar esta oportunidad: cuidando la transparencia de las próximas elecciones”. Pocos meses después un gran sismo sacudió la Ciudad de México, pero no acabó con el PRI. Al año siguiente, el gobierno operó un gran fraude en Chihuahua, pero tampoco terminó con el Revolucionario Institucional. En 1988 operó el fraude a nivel nacional. El dinosaurio seguía allí. Estaba tocado. No lo sabíamos, pero ya era un animal moribundo.

En 1997, el PRI perdió por vez primera el control de la Cámara de Diputados y tres años después la presidencia. Fox tuvo la oportunidad de desmantelar el sistema, pero le resultó más cómodo pactar con él. Durante dos sexenios prepararon los priistas su regreso oponiéndose a todas las reformas panistas que, ya con Peña, presentarían como suyas. El PRI volvió al poder en 2012. Votaron por él con la peregrina idea de que eran corruptos pero eficientes. Nunca hicieron la más mínima autocrítica de su desempeño pasado. Intentaron restaurar el viejo sistema político, pero fracasaron. Han sido muy corruptos, han manejado con gran torpeza el grave problema de la seguridad y su desempeño económico es más bien mediocre.

Cuesta trabajo entender el rechazo que provocaron en su momento las críticas contra el PRI. Como si fuera eterno. Como si criticarlo equivaliera a criticar a México. Hoy el PRI camina inexorablemente hacia su fin.

Todo indica que ocupará el tercer lugar en la contienda por la presidencia de la República. Que utilicen abusivamente el aparato judicial en contra de Ricardo Anaya revela su impotencia y desesperación. Los pocos defensores que le quedan al PRI alegan que la justicia debe operar siempre, sin importar que sea en medio de un proceso electoral. Los que eso dicen guardan silencio cuando se les recuerda que la prisa que hoy muestra la PGR contra uno de los candidatos, no la exhibe en los casos de Odebrecht o la 'estafa maestra'. Todo indica, también, que el PRI perderá las nueve gubernaturas en juego. De nueve, cero. Esa debacle será semejante con los candidatos a diputados y senadores del PRI. El paisaje después de la batalla será desolador. La fuga de sus militantes hacia el partido ganador, Morena o el Frente, terminará por sepultarlo.

No debe entristecernos la muerte del PRI. Vivió una buena y larga vida. Abusó del poder. Construyó y reprimió. Esencialmente siempre fue un partido antidemocrático. Corrupto. Al negar a los mexicanos formas de participación democrática nos acostumbró al paternalismo. Toda nuestra clase política abrevó de su cinismo. El que no transa, no avanza, fue su lema. Los panistas al llegar al poder se comportaron como priistas. Morena representa hoy al PRI de los setenta, corrupto y clientelar. Cuando finalmente ocurra, nadie debe llorar su muerte. A Peña Nieto, que le correspondía revitalizar a su partido, le tocará enterrarlo. La historia no absolverá al Partido Revolucionario Institucional.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.