Mujeres y poder
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Mujeres y poder

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Mujeres y poder

02/04/2018

Nunca como ahora las mujeres en México participan en política: en las próximas elecciones, las candidaturas a las cámaras del Congreso federal y de los congresos locales deberán de integrarse de modo paritario. Pero también nunca como ahora ha aumentado el número de feminicidios en nuestro país: siete mujeres mueren al día víctimas de la violencia machista. En los últimos diez años han sido asesinadas más de 24 mil.

¿De qué modo la participación de las mujeres en la política podría revertir esta situación? Para contestar esta pregunta primero tenemos que considerar una anterior: ¿Cuál es hoy la realidad de la participación política de las mujeres en México? Nunca hemos tenido una mujer presidenta, a diferencia de Chile, Argentina, Brasil, Jamaica, Trinidad y Tobago, Bolivia, Nicaragua, Panamá, Costa Rica y Ecuador, para sólo nombrar a los países americanos. En el sexenio actual sólo tres mujeres, de un total de 18 cargos, han ocupado puestos en el gabinete. De 11 ministros de la Suprema Corte, sólo dos son mujeres. De los 32 estados, una sola mujer ocupa el cargo de gobernadora. Únicamente el 14% de los 2 mil 445 municipios son conducidos por mujeres.

Las mujeres, pese a ser mayoría en la población, siguen recibiendo trato de minoría.

La violencia contra las mujeres la ejercen, primero, los familiares (el mayor número de violaciones es obra de los parientes de las víctimas), más tarde los novios (el 41% de las mexicanas de 15 años o más han sido agredidas por sus parejas), y finalmente por los esposos y por los jefes en el trabajo. Las redes sociales son otro ámbito donde campea la violencia machista. Las respuestas agresivas que las mujeres reciben en Twitter es, con mucho, superior a la que reciben los hombres. Basta con que una mujer se pronuncie sobre un tema de interés público para que una horda misógina la descalifique, la rebaje y la agreda con comentarios sexuales. Todo esto ocurre frente a nuestra indiferencia.

Los hombres hemos limitado, y es un fenómeno universal, la voz de las mujeres. “En lo relativo a silenciar a las mujeres, la cultura occidental lleva miles de años de práctica”, afirma la gran historiadora del mundo clásico Mary Beard, en un libro de verdad imprescindible: Mujeres y poder (Planeta, 2018).

Beard sostiene que, tradicionalmente, parte del desarrollo del hombre ha consistido en aprender a controlar el discurso público de las mujeres. Ejemplos abundan, desde los primeros clásicos de la literatura hasta nuestros días. Las mujeres en nuestra sociedad tienen que pagar un precio muy alto para hacerse oír. El discurso público (es decir, político) desde tiempos inmemoriales ha sido un atributo de la virilidad. “Una mujer que hablase en público no era, en la mayoría de los casos y por definición, una mujer”, sostiene Beard. Para que una mujer se haga escuchar tiene que revestirse de atributos masculinos: tiene que hacer que su voz adquiera un tono grave, usar pantalón o traje sastre, etc. Pero sobre todo, para que una mujer sea escuchada tiene que hablar de temas “femeninos”: equidad de género, aborto, adopción... “El discurso público de las mujeres ha estado ‘encasillado’ en este ámbito durante siglos”. Los hombres solemos no prestar atención a las mujeres cuando hablan de temas que atañen a la comunidad en su conjunto. Miles de años de educación prejuiciada han logrado que no las escuchemos.

“¿Cómo hago para que escuchen mi punto de vista? ¿Cómo consigo que me hagan caso? ¿Cómo consigo formar parte de la discusión?”, se pregunta Beard. Hasta hoy, para que una mujer se haga oír tiene que adoptar el discurso masculino dominante. Sin embargo, “que las mujeres pretendan ser hombres puede ser un apaño momentáneo, pero no va al meollo del problema”, sostiene la historiadora.

La premisa central que sostiene Mary Beard es que el modelo cultural y mental de lo que consideramos una persona con poder sigue siendo masculino. “No tenemos ningún modelo del aspecto que ofrece una mujer poderosa, salvo que se parece más bien a un hombre”. El patrón cultural bajo el que nos regimos despoja de poder a las mujeres. “¿Qué haría falta –se interroga Beard– para resituar a la mujer dentro de la esfera de poder?”

La respuesta que da Beard a esta pregunta es en verdad revolucionaria. “Lo que tenemos que redefinir –dice– es el poder, no a las mujeres”. Son importantes, pero no se gana mucho con congresos o gobiernos equitativos. Lo que hay que cambiar es la estructura de poder.

“Hay que considerar el poder de forma distinta: separarlo del prestigio público, pensar de forma colaborativa, tomar en cuenta el poder de los seguidores y no sólo de los líderes. Significa, sobre todo, pensar en el poder como atributo o incluso como verbo (empoderar), y no como una propiedad”.

A estas alturas ya no podemos permitirnos prescindir del conocimiento de las mujeres en la política, la ciencia, la economía, y en general en ningún área. Ya no.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.