La derrota liberal
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La derrota liberal

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La derrota liberal

09/07/2018

Morena ganó de forma contundente las elecciones del 1 de julio. ¿Qué conclusiones sacamos de este resultado quienes no votamos por esta opción?

La primera y más importante, porque va más allá de la coyuntura política, es que la democracia funciona. Que los votos cuentan. Que una campaña, con imaginación y tenacidad, puede ganar una elección a otras opciones con mayores recursos económicos y con apoyos oficiales. Que se puede cambiar el rumbo –político, económico, social– de forma pacífica. Que la democracia (“formal”, “burguesa”) es un medio efectivo de transformación.

La segunda conclusión, es que las ideas liberales no ofrecen hoy soluciones atractivas para la mayoría. No las tiene frente a la corrupción, la desigualdad, la inseguridad y la pobreza. La ola liberal que comenzó con la caída del Muro de Berlín, en 1989, terminó con la crisis financiera de 2008.

Del mismo modo que la crisis del capitalismo, en 1929, llevó al poder a gobiernos populistas en la década de los treinta, el mundo vive ahora una nueva ola populista, lo que de paso viene a confirmar que no hay victorias permanentes en política. Más aún: que la rotación en el poder (la alternancia) es consustancial a una sana vida democrática.

En abril de 2013 la revista Letras Libres convocó a una reflexión colectiva a la que tituló Autocrítica Liberal. En ese número, coordinado por el historiador Carlos Bravo Regidor, hicimos un esfuerzo por examinar algunos problemas y tensiones de la tradición liberal. La autocrítica suele ser una empresa poco frecuente en nuestro medio, porque siempre es más fácil exigir autocrítica a los demás que practicarla uno mismo. En esa ocasión nos preguntamos: ¿El liberalismo debe acotar al Estado o a los poderes fácticos? ¿Son los derechos del hombre una expresión masculina o universal? ¿Desde qué valores, si no los religiosos, pueden las democracias sancionar conductas? Sin duda nos faltó plantear muchas preguntas, sobre todo aquellas relacionadas con los problemas inmediatos y concretos de las mayorías. En esa ocasión, tuvimos la humildad de reconocer nuestras insuficiencias.

Es necesaria ahora una reflexión aún más profunda acerca de las limitaciones liberales, renovar la tradición, sacudirnos ideas hechas, despojarnos de la arrogancia de quienes creen detentar la verdad histórica. Convendría también, aunque en este momento de euforia es muy complicado hacer el ejercicio, que los que se creen “en el lado correcto de la historia” se den cuenta de que, lo que hoy parece definitivo, es sólo una estación de paso. No existe “el fin de la historia”, ni de un lado ni del otro. Lo que parece sólido y eterno termina por desvanecerse en el aire. Sólo lo fugitivo –los ríos, el viento– permanece y dura, como escribió Giovanni Vitali y repitió Quevedo.

El próximo 1 de diciembre accederá al poder un populismo oportunista y de principios nada firmes, como lo hemos podido atestiguar en esta primera semana luego de su triunfo electoral. La tentación de señalar las estrategias populistas para llegar al poder como las responsables de la derrota liberal, no deben sustraernos de la responsabilidad de plantearnos con seriedad qué hicimos mal, qué dejamos de hacer, qué es necesario conservar y qué debemos renovar. Es muy fácil decir: “La culpa la tuvo Peña Nieto y su entorno corrupto”; “la gente estaba harta y votó con el hígado”. Estas son formas de escabullir preguntas más esenciales, como ¿cuáles de nuestras ideas ya perdieron vigencia? ¿De dónde vamos a abrevar para renovarlas?

¿Sabremos los liberales examinar con atención las ideas populistas para extraer de ellas elementos que revitalicen el liberalismo? Después de todo, el liberalismo, más que una ideología, es un temple, una disposición de ánimo para aceptar la validez de todas las preguntas. Entre nosotros fue Octavio Paz quien propuso que del liberalismo y el socialismo surgiera una nueva doctrina.

El liberalismo, debo decirlo, dejó de convocar un “nosotros”. No fuimos capaces de ofrecer fórmulas efectivas contra la corrupción, la desigualdad, la pobreza y la violencia. Las elites económicas y culturales tenemos en ello una gran responsabilidad que debemos asumir si queremos aspirar, en el mediano plazo, al regreso liberal al poder.

De forma lenta y sistemática se han ido erosionando los valores de la democracia liberal. Somos una sociedad obsesionada por lo trivial y lo inmediato. Perdimos de vista que el objetivo más alto de la democracia es la educación, enseñar a los jóvenes a vivir en la verdad y respetar la dignidad de las personas.

Hay quienes consideramos que el populismo utiliza la democracia como escalera y una vez en la cima destruye ese mecanismo para aferrarse al poder. Me parece una preocupación legítima. Pero si los liberales no somos capaces de reconocer nuestras limitaciones y ofrecer ideas que congreguen una nueva noción del “nosotros”, nos quedaremos paralizados en el lamento. Es un buen momento para arremangarnos la camisa y reflexionar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.