El regreso liberal
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El regreso liberal

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El regreso liberal

06/08/2018

En Estados Unidos la izquierda liberal perdió el “nosotros” a manos de un demagogo que supo leer el mensaje del descontento. En México, la derecha liberal perdió el “nosotros” a mano de un demagogo que supo leer el mensaje del descontento. En Estados Unidos esa derrota la ha descrito de forma magistral Mark Lilla en su reciente libro El regreso liberal (Debate, 2018). En México esa derrota no encuentra todavía su relator.

Qué es el “nosotros” y cómo se perdió: el “nosotros” es una noción imaginaria que congrega y conjunta una idea de bien común gracias al esfuerzo compartido, un sentido común de justicia y solidaridad, una narrativa incluyente. Había un “nosotros” cuando Roosevelt instrumentó el New Deal, cuando Kennedy lanzó el desafío de “¿Qué puedo hacer por mi país?”, cuando Lázaro Cárdenas expropió el petróleo en 1938. La idea central del “nosotros”: que nadie se quede atrás. Ese “nosotros” se extravió para la izquierda liberal estadounidense, ocupada en el regodeo minucioso de la política de la identidad. De la pregunta-reto de Kennedy se pasó al reclamo: “¿qué me debe mi país en virtud de mi identidad?” “El liberalismo de la identidad –dice Lilla– expulsó la palabra ‘nosotros’”.

No pocas analogías se pueden trazar entre la situación de la izquierda liberal estadounidense y la derecha liberal mexicana. El primero y más obvio: figuras populistas –nacionalistas antisistémicos– la arrollaron en las urnas.

Antes se consideraba de mal gusto político mencionar los paralelos entre Donald Trump y López Obrador, hasta que éste tuvo el buen tino de sintetizar esos paralelos en una carta: “Ambos sabemos cumplir lo que decimos y hemos enfrentado a la adversidad con éxito. Conseguimos poner a nuestros votantes y ciudadanos al centro y desplazar al establishment”. Ese “centro” es el “nosotros”. Una narrativa común. Durante la campaña: contra los migrantes allá, contra la corrupción y la mafia del poder acá. En ambos casos: ese nosotros, ese centro, se construyó por fuera de los medios convencionales, principalmente a través de las redes sociales.

En Estados Unidos, luego de la victoria de Trump, se despertó la energía de liberales y progresistas (la izquierda americana) con marchas, concentraciones, diversos tipos de resistencia. La prensa tradicional, que parecía ir de salida ante el embate del Internet, recuperó su papel de informador confiable en la era de la postverdad.

Esa energía va a tener su gran prueba de fuego en las próximas elecciones intermedias. El panorama es incierto. Aunque se logren importantes victorias demócratas, el mal del liberalismo (la política de la identidad) seguirá mermando fuerzas a la construcción de ese nuevo nosotros con el que el liberalismo tiene que enfrentar a la visión de supuesta grandeza que enarboló Donald Trump.

Para que el liberalismo estadounidense pueda, no sólo vencer en las urnas, sino volver a ofrecer una idea de futuro común, tiene que imaginar algo que sustituya a la política identitaria. Lilla propone la noción de “ciudadanía”. Sólo con el arma de la “ciudadanía” se podrá enfrentar al ilusorio “pueblo” que construyeron Trump allá y López Obrador acá.

Para Lilla, el desprecio al liberalismo como doctrina política quedó muy claro en las elecciones que llevaron a Trump al poder. El regreso liberal de Mark Lilla es la historia de cómo el liberalismo abdicó de tiempo atrás en su tarea de imaginar una idea colectiva atrayente. Es, también, una propuesta política que postula la revaluación del ciudadano en contra de los movimientos de la identidad. Todo acto de resistencia, toda idea de movilizar un “nosotros” alternativo, tiene que ir acompañado de una muy definida política electoral.

Tanto la izquierda liberal en Estados Unidos como la derecha liberal en México deben encontrar nuevas narrativas contra la política de la identidad allá, contra la tentación del pensamiento único acá. Si allá la palabra clave es ciudadanía, acá debe ser pluralidad. Frente a lo Uno, las muchas voces. Así como en Estados Unidos supo Trump, y en México López Obrador, leer el mensaje de la mayoría, situada en el centro, el liberalismo de izquierda y derecha debe tratar de encontrar esos mensajes que van quedando fuera del discurso omniabarcante del nuevo poder.

En Estados Unidos, y en México, entre demócratas y republicanos, entre priistas y panistas, emergió una tercera fuerza, populista, que supo capitalizar el enojo ciudadano con una oferta vaga de regreso al tiempo en que América fue primero y al tiempo en que el populismo de los setenta (el de López Portillo fue “el último gobierno de la Revolución”) tenía vocación social. Tendremos que encontrar la manera de controlar esa tercera fuerza basada en el carisma, ya que, según Lincoln, “quien moldea el sentir público va más allá que quien promulga leyes o pronuncia decisiones judiciales.”

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.