El miedo a decir la verdad
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El miedo a decir la verdad

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El miedo a decir la verdad

28/05/2018
Actualización 28/05/2018 - 9:52

Durante décadas el priismo nos acostumbró a vivir en la mentira y la simulación. Aparentemente vivíamos en un país democrático, con elecciones libres y libertad de expresión. Pero era falso. Se simulaban los contrapesos republicanos, la contienda electoral era una farsa y la crítica en los periódicos era pagada por el mismo régimen. Se ocupaban cientos de miles de personas para crear una escenografía espectacular, pero mentirosa.

En la elección de 1976, José López Portillo recorrió esforzadamente el país en avión, tren, lancha, helicóptero, a caballo, sin darse cuenta de que todos sabíamos que era el único candidato y que a la postre ganaría con el 100 por ciento de los votos, como de hecho ocurrió. Así estábamos hasta que a Mario Vargas Llosa, en un encuentro de intelectuales convocado por la revista Vuelta, se le ocurrió señalar lo evidente: que el rey iba desnudo; es decir, que México era una dictadura perfecta.

Ese prolongado comercio con la mentira es una de las causas de que hoy temamos llamar a las cosas por su nombre.

Tememos, por ejemplo, señalar que el populismo es un movimiento que exalta el culto al líder carismático, que se vale del discurso del odio, que manipula a las masas y emplea la fuerza para presionar a quienes se le opongan. Tememos señalar que el movimiento populista que encabeza Andrés Manuel López Obrador es un movimiento fascista.

Sus seguidores piden que le concedamos el beneficio de la duda. Es cierto que como candidato ha sido brutal contra la prensa, cubriéndola de insultos y epítetos pero, según dicen, cuando sea presidente se corregirá. No nos engañemos: el poder no modera, el poder estimula. Si ahora ha sido grosero con la prensa, no hay que esperar que una vez en el poder actúe como el demócrata que no es: arremeterá contra la prensa, tratará de controlarla. Intentará (ya lo dijo) reactivar los canales oficiales para contar su 'propia versión' de los hechos, su Foxs News. Ahora las televisoras lo quieren aplacar con actitudes sumisas. No lo lograrán. Cuando se les ocurra salirse del libreto irá contra ellas. Tememos decir que López Obrador intentará controlar los medios de comunicación.

Tampoco señalamos el peligro latente que existe en la mezcla de política y religión. A los antiguos defensores del laicismo, hoy convertidos a la fe morenista, ahora los vemos despreocupados con los besamanos, los arrebatos, las estampitas, el tono religioso del movimiento de López Obrador, el movimiento de Morena (como la Virgen de Guadalupe). Nos dicen: la alianza con los evangélicos y los católicos es una mera estrategia electoral. No se dan cuenta, no quieren ver que va más allá: se trata de una afinidad espiritual. El diagnóstico de López Obrador es que México atraviesa una grave crisis de valores, y que para enfrentar esa crisis debe utilizar valores religiosos para formar una nueva moral cívica. La conjunción de religión y poder es explosiva. No está de más recordar que México fue de los pocos países que en el siglo XX sostuvieron una sanguinaria guerra civil religiosa.

No vamos a un cambio de gobierno sino a un cambio de régimen. Para lograr transformarlo, López Obrador tendrá que recurrir a las tres instancias necesarias para ello: el Poder Legislativo, el Poder Judicial y la prensa. Primero intentará negociar desde una posición ventajosa. Hace meses que han sido constantes los ataques y descalificaciones tanto a los dos poderes como a la prensa. Básicamente los acusa de “maiceados”; es decir, de corruptos, de aceptar dinero para moldear sus decisiones institucionales. Con ellos, con “esos corruptos”, se va a sentar a negociar. Lo harán los poderes sometidos a presión. Por un lado, convocará un Congreso para redactar una “constitución moral” (que en algún momento, como ocurrió en Venezuela, podrá sustituir al actual Congreso), y por el otro intentará crear un Tribunal Constitucional, con atributos mayores a los de la Suprema Corte de Justicia (ver Jorge Fernández Menéndez, 'Tribunal Constitucional para apagar a la Corte', Excélsior, 18 de abril de 2018).

Tememos decir que cuando el Ejecutivo supedita a los otros dos poderes –ya sea obligándolos a negociar bajo presión o bien sustituyéndolos por otros órganos paralelos–, a eso se le llama dictadura. Tememos decir que un gobierno populista fascista de López Obrador podría derivar en una dictadura.

Cuando converso sobre estos temas, algunos de mis interlocutores me reprochan: ¿Una dictadura? ¡Ya estamos en una! Y no, no tienen la más remota idea… Queda poco tiempo para modificar la percepción de las cosas. Un primer paso sería llamar a las cosas por su nombre, dejar de tener miedo a decir la verdad.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.