El liberal como agitador
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El liberal como agitador

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El liberal como agitador

03/09/2018

Más allá del abrumador resultado del 1 de julio, ¿qué puede aportar el liberalismo a la escena política de nuestros días?

No es poco lo que se ha conseguido hasta ahora. El liberalismo “ha hecho progresar en las sociedades libres los derechos humanos, la libertad de expresión, los derechos de las minorías sexuales, religiosas y políticas, la defensa del medio ambiente y la participación del ciudadano común y corriente en la vida pública”·, escribe Mario Vargas Llosas en La llamada de la tribu (Alfaguara, 2018).

A juicio de José Ortega y Gasset, la democracia “es la forma que en política se ha representado la más alta voluntad de convivencia”. La más tolerante también. Para Ortega, el liberalismo “es el derecho que la mayoría otorga a la minoría”, es decir: “la decisión de convivir con el enemigo”.

Ortega y Gasset es uno de los siete pensadores que Mario Vargas Llosa invoca, con espléndidas semblanzas sobre su vida y su obra, en La llamada de la tribu. Los otros seis: Adam Smith, Friedrich von Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean Francois Revel. Justo ahora que una ola populista recorre el mundo, Vargas Llosa reúne este conjunto de retratos liberales, para dejar muy en claro que, frente a esta manifestación de la mayoría tras líderes carismáticos, frente a esta deposición de la voluntad para entregarla a “una especie de santón religioso de palabra sagrada”, la doctrina liberal postula que la libertad es el valor supremo del individuo y de la sociedad.

“Todo liberal debe ser un agitador”, dijo Hayek poco antes de morir. “México es una dictadura perfecta”, expresó, en su papel de agitador liberal, Mario Vargas Llosa en un encuentro de intelectuales celebrado en México en 1990. En su papel de agitador, en un contexto de ascenso del populismo al poder, Mario Vargas Llosa repasa estas vidas liberales para mostrar una vía alternativa. Una propuesta liberal contra “la llamada de la tribu”. Una apuesta a favor del espíritu crítico, en contra del individuo “esclavizándose a una doctrina o un caudillo”, renunciando con ello al compromiso de la libertad y su soberanía de ser racional.

Frente a la irresponsabilidad colectiva y el despotismo político, el liberal se planta como un escéptico, como alguien que no tiene todas las respuestas, “que tiene por provisionales incluso aquellas verdades que le son más caras”. Para un liberal, la tolerancia y el pluralismo son más que imperativos morales, “son necesidades prácticas para la supervivencia del hombre”.

Ese escepticismo no quiere decir que el liberal no tenga un conjunto de certezas, siempre abiertas al debate. Para Isaiah Berlin, “mientras menor sea la autoridad que se ejerza sobre mi conducta, sin interferencias de voluntades ajenas, más libre soy”. El individualismo es otro de los pilares de la doctrina liberal, importante sobre todo en los tiempos gregarios por venir; indispensable ahora que desde el poder se afirma que su principal enemigo es “la mancha negra del individualismo”. Otro: que el Estado pequeño es generalmente más eficiente que el grande, ya que “mientras más crece el Estado más disminuye el margen de libertad de los ciudadanos”.

Quienes creen que todos los problemas encuentran solución a través del libre mercado, más que liberales son “mercantilistas”. El liberal cree que es necesario cierto grado de participación del Estado, que a decir de Popper es un mal necesario. Lo ideal sería encontrar un sistema que solucionara el conflicto permanente entre justicia y libertad. Se aproximan a ese ideal los socialistas suecos y los partidos socialdemócratas, formaciones que, al abandonar sus recelos sobre el libre comercio y la propiedad, están mucho más cerca del liberalismo que del socialismo. El liberalismo defiende el carácter laico que debe tener el Estado en una sociedad democrática y, sobre todas las cosas, el derecho a disentir, la libertad de expresión.

El liberalismo, sostiene Vargas Llosa, “es, primero que nada, una actitud ante la vida y ante la sociedad, fundada en la tolerancia y el respeto, en el amor por la cultura, en una voluntad de coexistencia con el otro, con los otros, y en una defensa de la libertad como valor supremo”.

En una sociedad democrática, los partidos de oposición en el Congreso constituyen indispensables equilibrios y contenciones al poder. Lo que ahora tenemos en México son débiles y divididos. El nuevo Congreso desde el primer día ha dejado muy clara su decisión de someterse al Ejecutivo. No serán los partidos los que enfrenten al poder –mayoritario y en busca de la hegemonía– de Morena. Ese papel deberán ejercerlo las organizaciones de la sociedad civil y los ciudadanos. Importantes reservas de pensamiento liberal serán necesarias para hacer frente al pensamiento único y al nuevo sistema hegemónico. “Todo, todo es posible en la Historia –escribió Ortega y Gasset–, lo mismo el progreso triunfal e indefinido que la periódica regresión”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.