Recuerdo de la Facultad de Derecho
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Recuerdo de la Facultad de Derecho

18/09/2017
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La UNAM y el Tec de Monterrey fueron las mejores evaluadas en México. (Cuartoscuro)
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Uno. Durante largo tiempo, los adictos a las humanidades, en particular a las letras y a la política, nos inscribíamos en la Facultad de Derecho de la UNAM. La otra opción, la Escuela Libre de Derecho, nacida en 1915 como una escisión en el seno de la Antigua Escuela de Jurisprudencia, atendía perfiles diversos. Civilistas puros, aspirantes a Notarios, cripto-corporativistas. En algún sentido, agua y aceite, PRI y PAN hasta que con Salinas se revolvieran las aguas (no tienen por qué asombrarse los que se asombran de las nupcias entre el PAN y el PRD, desdoblamiento del PRI).

Dos. Abogados fueron, por ejemplo, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña y Julio Torri. Estudiantes de Derecho, Octavio Paz, Carlos Fuentes y Sergio Pitol. Abogados, Henrique González Casanova y Rubén Bonifaz Nuño (mis “Prácticos” en la bahía, sólo en apariencia de aguas calmas, más bien arremolinadas, de la política universitaria). No fui la excepción.

Tres. A grandes trazos , el panorama de mi generación de la Facultad de Derecho, la 62-66, se componía de juristas de excepción como Armando Morales y Rolando Tamayo; políticos como Ignacio Ovalle Gabino Fraga y Juan José Bremer, a los que pronto se aliaron figuras de la generación siguiente, como Miguel Limón y Jorge Carpizo (Jorge, además, de inconcusa vena jurídica). Con Ignacio Durán Loera, Miguel Álvarez Gaxiola y, en alguna medida, Enrique Loaza, quedamos entre los “artistas”.

Cuatro. A propósito, ¿qué artes y oficios, resabios de años mejores, enseñaba la Facultad de Derecho? Los del lenguaje. Para leer, argumentar, expresarse, escribir. Cultivo tácito de esas “tres clases de puntos”, signos de puntuación, que sacan de quicio a los propagandistas de la SEP y su Nuevo (¿?) Modelo Educativo. Hecho sobre las rodillas, deudor de experiencias históricas que se ocultan. Punto, punto y coma, punto y aparte: respiración natural del castellano, oral o escrito.

Cinco. Nos toca, a los de la promoción 62-66, varios episodios. La defenestración del PRI del campus (último coletazo, la indignante caída del rector Ignacio Chávez, orquestada ante nuestras barbas por el hijo priista del priista gobernador de Sinaloa, Sánchez Celis), espacio que ocupa hecha la mocha la “Izquierda. La paulatina mudanza de la Ciudad de México, en tierra de nadie, de mediocres gobernantes, especuladores inmobiliarios y partidos políticos capaces de disfrazarse al mismo tiempo, no de uno, sino de los Tres Reyes Magos.

Seis. También asistiremos a la paradoja anticlimática, de una Revuelta Cultural (focos: Casa del Lago, Auditorio Justo Sierra, Radio Universidad, IFAL de Río Nazas), que termina en honda crisis de corte político (el 68); y al nacimiento, ¡oh Luis Echeverría!, de una enfermedad crónica e invasiva y letal, hasta el día de hoy incurable: la Insuficiencia Presidencial.

Siete. Y no puedo menos que traer a cuento lo que internamente se enseñaba y aprendía. En filosofía del derecho, constitucional, derecho agrario y derecho laboral, la noción de un Orden Justiciero por encima del positivo. Ecos del Plan de Ayala, la Ley Agraria de 1915, los Pactos de Torreón, las deliberaciones de la Soberana Convención, las Garantías Sociales y los artículos condignos de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917.

Ocho. También conocimos, quizá una de la últimas generaciones, los principios nodales del Estado Moderno (ese gran invento cultural). Soberanía innegociable, territorio vigilado por el que ofrendar la vida. Población nacional (no dice ramplón nacionalismo patriotero), suma de diversidades. Y ejercicio legal de la violencia. Ahí donde el orden jurídico superior se quebranta.

Nueve. Hoy por hoy recorro, en ocasiones, vivo el pasado sesentero (de la Ciudad de México, del país), parajes de la Facultad de Derecho. Sólo o en compañía. No recuerdo a quien le comenté, leyendo los nombres inscritos en los rótulos de los salones, del edificio principal o de los anexos: “Todos estos salones fueron mis maestros”. Todos o casi todos.

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.