¿Modelo mexicano de universidad?
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¿Modelo mexicano de universidad?

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¿Modelo mexicano de universidad?

09/03/2018
Actualización 08/03/2018 - 22:48

Uno. Más que de una señal, casi metafísica (¿o sobrenatural?), que distinga a los mexicanos del resto de la humanidad (y no faltará quien la considere estigma), yo gusto hablar de “particularidad mexicana”. Aquello de lo que somos causa y efecto, juez y parte, víctimas y victimarios.

Dos. Si toda nación es a la postre obra tanto del acontecer como de la imaginación, y del deseo y de la voluntad, a la Nación Mexicana la caracteriza sin embargo un cúmulo de notas por demás evidentes.

Tres. Físicas como la contrastada geografía de nuestro territorio; raciales como los componentes indígena y criollo y aún afro; históricas como el “encuentro” en el origen de dos teocracias, la aborigen y la española; sociales como la soterrada discriminación, el marcado “bovarismo”, la respuesta solidaria (gregaria) que aflora en medio de las calamidades.

Cuatro. Particularidad mexicana, pues. Particularidad mexicana lo es el todavía no consumado salto al “naufragio efectivo” y la “no reelección”, al binomio parejo de libertad e igualdad, a la plena laicidad, etcétera, etcétera. Aunque a lo negativo se contrapone lo positivo.

Cinco. Por ejemplo, la proclividad innata mexicana estética, patente lo mismo en el Arte que en la Artesanía; nuestra invencible cultura de resistencia; el trato social (claro, el de antaño); la modulación del idioma castellano impuesto; las recetas y utensilios de cocina; algunas instituciones.

Seis. Si, entre nosotros, la televisión, llegada su hora, opta por la férrea razón comercial, del todo opuesta (enemiga) a la pública natural a toda “mass media”, no siempre fue así. Su antecedente, la radio, siguió otro camino. Aún advertible en el cuadrante.

Siete. Tanto así que puede hablarse de un Modelo Mexicano de Radiodifusión (MMR). Conjunto de radioaficionados, radio experimentadores, políticas culturales públicas (Radio Educación, Radio Universidad), radiodifusoras públicas y privadas. Si no, no se entendería el distingo legal entre Concesionario y Permisionario.

Ocho. Otra señalada particularidad mexicana es la de su Universidad, ya republicana. Que a la tradicional enseñanza de profesiones (medicina, arquitectura, derecho, ingeniería), aduna dos quehaceres más: la investigación y la extensión.

Nueve. Término, el último citado, que ha oscilado entre extensión y difusión y aún divulgación.

Diez. La investigación surge con el claro norte de las condiciones y problemas nacionales. Aunque el obligado cotejo de las humanidades y las ciencias planetarias de avanzada.

Once. La extensión, por su parte, fue pensada como la propagación de la cultura, en beneficio de las poblaciones no universitarias, extra muros. En efecto, el rico repertorio de artes, literatura, nuevas prácticas y contenidos culturales intra muros (la “educación estética” del estudiante, del académico, del administrativo), es sólo parte del todo.

Doce. Lo que explica la apertura, en los 30’s del pasado siglo, en la UNAM, de su radiodifusora, su revista y sinfónica; así como el impulso, a partir de los 50’s, a su programa editorial.

Trece. Ningún esfuerzo en la innovación, re-significación, reformulación (estamos en el siglo XXI, y la sociedad mexicana transita en una espiral de decadencia), de la investigación y la extensión, puede, so pena de cambios que no son tales (el cambio es para cambiar), omitir las poderosas fuentes de origen.

Catorce. Una investigación principalmente de condiciones y problemas del país, por lo menos en el contexto hispanoamericano. Una extensión (o difusión o divulgación) extramuros, crítica, sensible a una Nación con no pocas de sus naves al pairo, vaya a la deriva.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.