Fondos removidos
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Fondos removidos

05/10/2017
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Gabriel Zaid
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Uno. No estoy en ánimo filológico-psicoanalítico, para examinar el distingo entre cólera, rabia y furia. Otra ocasión será.

Dos. Pero sí para reconocer, en mí, en el pasado por fortuna, fondos coléricos, rabiosos, furiosos. Y su mala obra en cuestiones amorosas (en las políticas, bien me gané lo de Fernando “Furiel”). Me demoro en el primer exceso.

Tres. No padecí, en lo personal, la cólera famosa de Octavio Paz, figura de mi honda admiración, pero a distancia, y presente en todo momento su intolerancia intelectual y política. Del tipo de la de André Bretón. Monarcas en lo suyo. No la hubiera permitido.

Cuatro. Sí, en cambio, viví en carne propia, momentos coléricos de otras dos figuras, también de mi admiración profunda: Rubén Bonifaz Nuño y Gabriel Zaid.

Cinco. En un tercer caso, el de Ricardo Garibay, la amistad, si nació (sí nació), no alcanzó su piedra de toque: lo cotidiano.

Seis. Rubén separaba, tajo de espada, el usted y el tú. Merecer el segundo trato, pasaba por arduas pruebas: grados académicos, vocación humanista contra viento y marea.

Siete. Acababa yo de conocerlo, a través de Henrique González Casanova, apenas desempacado de Londres, frescas mi renuncia a la Suprema Corte y mi modesta incorporación laboral a la UNAM.

Ocho. Nos topamos en una exposición en el Museo de Ciencias y Artes, pegadito a Arquitectura, campus Neo-viejo (digo, 1952). Quebrantando las formas, me dirigí a él, confianzudo, de tú. Su respuesta, colérica, me marcó distancias.

Nueve. Recuerdo haberme escabullido, perro apaleado. Con el tiempo me ganaría el tú y una amistad que extraño, lo digo, desesperadamente estos días de catástrofe.

Diez. Caso diverso fue el de Gabriel Zaid. Lo conocí vía Tito Piazza. Simpatizamos. Por años intercambiamos libros, saludos. Solía visitarlo en su oficina de Polanco.

Once. Aguantó mi reacción, “llover sobre mojado” la llamé, frente a su terrible artículo “UNAMegalomanía”, en momentos en que la “Máxima” vivía la crisis del segundo CEU, tiempo del rector Carpizo.

Doce. El momento colérico de Gabriel, expresado en una carta que lamento haber extraviado, y que respondí con idéntico tono, lo causó mi relación alfabética (no, todavía, Diccionario), El Ateneo de la Juventud de la A a la Z.

Trece. Aún no acabo de explicármelo. La amistad, de la que me preciaba, terminó (pese a algún intento de mi parte por restañarla).

Catorce. Con Ricardo Garibay, coincido en la recepción, en Colima, de sendos premios literarios. Volamos juntos. Desde el aeropuerto, percibí su malestar. Ya en Colima, en algún momento, se aclara el punto.

Quince. La mayor “bolsa” de mi premio (la biografía documental de Alfonso Reyes), se debía a su condición de texto inédito. El suyo, menor, correspondía a una novela ya publicada.

Dieciséis. Conocer a la persona (del autor, de su “oído”, era yo adicto), fue toda una revelación. Figura recia, acostumbra a la enrarecida atmósfera donde confluyen poder y arte. Siempre lamenté que el “clic”, pasada la tormenta, no hubiera dado frutos en el tráfago de nuestras vidas.

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.